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Los monjes que han vivido y viven en Cóbreces no han inventado su estilo de vida, ni son los únicos en el mundo. Ellos han recibido un inmenso patrimonio que cuenta ya muchos siglos de existencia, son un retoño, una pequeña rama de ese árbol que podemos llamar “el fenómeno monástico”. El monje es algo esencial en la historia humana. Y la vida monástica es, ante todo, una vida que busca su plenitud.

¡Císter! Una aventura que comenzó sin ruido, como todo lo que está llamado a una gran historia. Era un 21 de marzo de 1098, en Francia, en el corazón de la Borgoña. Un puñado de hombres se deciden a vivir una experiencia que hasta entonces parecía imposible: buscar a Dios radicalmente, como lo había vivido y enseñado Benito de Nursia. La mayor parte de ellos, con su abad Roberto, ya lo habían intentado años antes en Molesmes. Pero quieren más: más autenticidad, menos compromisos ante situaciones que parecen incompatibles con la forma de vida que han profesado. La opinión general los tiene por originales y rebeldes: “Es un ideal demasiado ambicioso, que no durará mucho ni dará frutos”. Sin embargo el fuego prendió y tomó fuerza arrolladora. Nueve siglos después comprobamos que la originalidad de Císter sigue en pie.

Y no sólo en un pequeño rincón sino en todo el mundo. La llama cisterciense prende en hombres y mujeres de todas las lenguas y culturas. Llevan nombres distintos: Cistercienses, Trapenses, Congregación de san Bernardo, Bernardinas, Laicos cistercienses... pero todos tienen una misma raíz: Císter es la fuente de ese gran río de aguas vivas o familia universal. Todos intentan plasmar un mismo arte de vivir, dando la primacía absoluta y real a Dios y respetando las personas y las cosas.

La presencia de los monjes cistercienses en Cóbreces, además de una respuesta a Dios y a la Iglesia como presencia monástica en Cantabria, es también de manera accidental y circunstancial un compromiso de educación y formación profesional según el deseo de los hermanos Quirós. Ellos tenían el firme propósito de que aquí existiera un Instituto Agrícola que diera una sólida formación a los jóvenes de la región. Y para ello acudieron a los monjes del Císter, expertos desde hace siglos en la explotación de los campos y la ganadería. Y la respuesta que dieron ha sido muy satisfactoria. Una vez levantado el edificio comenzaron los cursos teórico-prácticos, dirigidos directa y personalmente por algunos monjes del cenobio.

Cientos y cientos de jóvenes han pasado por sus aulas, han conseguido títulos, se han capacitado para la explotación de granjas o han logrado un puesto digno en la vida social Esta labor docente de los monjes se continuó hasta el año 1975, en que los cambios sociales aconsejaron ceder gratuitamente el uso del edificio al Ministerio de Educación y Ciencia, que lo utiliza como Centro de Concentración Escolar del Ayuntamiento del Alfoz de Lloredo. Los tiempos cambian, pero la finalidad es la misma: cooperar de manera activa y real al bienestar de la región por medio de la cultura.