Domingo XXV del Tiempo Ordinario - Ciclo B


“El Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres, y lo matarán y después resucitará”. Jesús anuncia a sus discípulos por segunda vez lo que le espera en Jerusalén, es decir su pasión, muerte y resurrección. La forma verbal pasiva que utiliza el evangelista permite entender las palabras de Jesús desde la perspectiva de que es Dios mismo, al que Jesús llama su Padre, que entrega a su Hijo en manos de los hombres, como única posibilidad para salvarlos.

    Dios entrega a su Hijo a los hombres sabiendo bien como acostumbran a actuar los hombres. Una muestra de este modo de comportamiento lo ha descrito el apóstol Santiago en la segunda lectura. Quién está privado de la Sabiduría que viene de Dios, y se deja llevar por el espíritu del mal, se enzarza en envidias, peleas, luchas y conflictos, desórdenes y toda clase de males. “¿No son acaso los deseos de placer, decía el apóstol, que combaten en vuestro cuerpo? Codiciáis lo que no podéis tener, y acabáis asesinando. Ambicionáis algo y no podéis alcanzarlo: así lucháis y peleáis”. Un humanismo que pretenda bastarse a sí mismo, prescindiendo de Dios es terrible y cruel en sus consecuencias.

    El autor del libro de la Sabiduría, en la primera lectura, haciendo hablar a los impíos, es decir a quienes prescinden de Dios y se dejan llevar por sus propios instintos, subraya la incomodidad que supone para ellos la presencia del “justo”. Quien obra el bien, quien intenta seguir a Dios y a su voluntad es causa de molestia por su misma existencia: “Se opone a nuestras acciones, dicen los impíos, nos echa en cara nuestros pecados, nos reprende nuestra educación errada, es un reproche para nuestras ideas, su conducta es diferente; sólo verlo da grima”. Y así los impíos deciden someter a tortura al justo para comprobar su moderación, hasta condenarlo a muerte ignominiosa. Esto hicieron con Jesús los que materialmente lo clavaron en la Cruz, los cuales, de alguna manera, representaban a toda la humanidad.

    Dios entrega a su Hijo en las manos de los hombres para salvarlos y Jesús deja hacer, acepta con conciencia y libertad el designio salvador de Dios, aunque suponga su propia muerte, dando así muestra de su voluntad de dar su vida por nosotros, haciéndose el último, el servidor de todos. Este discurso no es fácil y los apóstoles no lo entienden, o no quieren entenderlo. Y Marcos, con acerba ironía, recuerda que los apóstoles, después de oir a Jesús, sólo se preocupan de quien es el más importante, de quien ocupará el mejor puesto en el reino mesiánico de Dios que Jesús anuncia. Marcos subraya el contraste que existe entre la voluntad de Jesús de dejarse entregar para ser fiel a la voluntad del Padre con la preocupación de los discípulos de buscar los mejores lugares del escalafón. Después de más de veinte siglos de Iglesia, la lección aún no la hemos aprendido como demuestra la experiencia cotidiana.

    Podría parecer fuera de lugar en este contexto el gesto y las palabras de Jesús sobre el niño. Jesús está tratando de recordar: el niño representa aquí aquel que no cuenta, el que a menudo se descuida, el que no puede imponer su voluntad, sino que está a merced de los mayores. Jesús, sometiéndose al Padre y aceptando la pasión se muestra como el siervo, el último, el más pequeño. Ser discípulo de Jesús requiere imitarle en su gesto de aceptar el designio salvador de Dios, aunque lleve consigo el pasar a ser siervos de los demás, a quedar en el último lugar, en vez de ocupar los primeros puestos.

    Santiago, criticando a los que se dejan llevar por la sabiduría de este mundo, ha recordado que pedimos y no obtenemos porque a menudo pedimos mal. Pidamos con insistencia la Sabiduría que viene de arriba, que es amante de la paz, comprensiva, dócil, llena de misericordia y buenas obras, constante y sincera. Esta Sabiduría nos permitirá entender a Jesús y su Evangelio, nos permitirá ser sus discípulos y tener parte con él en su Reino.

P. Jorge Gibert, OCSO


Domingo XXIV del Tiempo Ordinario - Ciclo B


“¿Quién dice la gente que soy yo? ¿Quién decís vosotros que soy yo?”. Jesús plantea a sus discípulos unas preguntas de indudable importancia, dado que, con su enseñanza y con sus signos había suscitado, entre los que le seguían, una cierta inquietud, un deseo de saber exactamente quién era en realidad.

La respuetsta de Pedro: “Tú eres el Mesías”, refleja el sentir de los discípulos y podría parecer la solución del enigma, pero sin embargo no resuelve del todo la cuestión. Si por una parte Pedro afirma reconocer a Jesús como Mesías, por otra aparece claro que esta afirmación no corresponde aún a la realidad misma de Jesús. En efecto, cuando, después de la confesión, Jesús empieza a anunciar su pasión, muerte y resurrección, Pedro no duda en reprenderle. Pedro confiesa a Jesús como Mesías, pero tenía su propia idea de cómo había de ser el Mesías, idea muy distinta de como la concebía y aceptaba Jesús. Porque Jesús es el Mesías, el Salvador, pero no según las aspiraciones populares que esperaban un Mesías liberador político, que debía reivindicar el orgullo nacional de Israel.

Jesús es ciertamente el Mesías: sus obras y sus enseñanzas quieren suscitar la fe y la adhesión a él, o mejor, al plan dispuesto por Dios para la salvación de los hombres. Pero este plan de Dios había sido anunciado ya por el Antiguo Testamento y debía de realizarse con toda fidelidad, plan que incluía también el aspecto del Mesías siervo doliente, que no duda en ofrecer su vida para el bien de todos, como ha recordado la primera lectura. El personaje del que habla el libro de Isaías se encuentra ante sus enemigos y no opone resistencia ni se aleja de sus insultos y desprecios, porque está convencido que tiene a Dios consigo para llevar a cabo su obra. Este texto, con toda probabilidad, era conocido por los discípulos, pero a pesar de todo se muestran reticentes a la hora de aceptar el planteamiento de Jesús.

Esta es la tentación de los discípulos y de Pedro, y esta es la tentación constante de la Iglesia: confesar el mesianismo de Jesús sin aceptar la Cruz con todo lo que significa. La historia enseña que los cristianos, muy a menudo, imitando a Pedro, nos lamentamos de la Cruz y de sus exigencias. Sorprende realmente el modo como responde Jesús a Pedro: “¡Quítate de mi vista, Satanas! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!”. Quien no acepta todo el mensaje de Jesús, incluida la cruz, no sigue a Dios sino a Satanás.

Y si los discípulos en el momento de la Pasión se hicieron atrás, se escondieron y huyeron, en el fondo es porque no se habían decidido a aceptarlo como el Mesías querido por Dios, el Mesías que conoció el fracaso que lleva consigo la cruz. Aceptar la Cruz es algo difícil y no se puede asumir sin la intervención del Espíritu. Sólo a la luz de la Pascua, al asegurarnos que el crucificado está vivo se puede creer hasta el fondo, superando todos los obstáculos. La luz de la Pascua es la única que permite contemplar cara a cara la cruz.

Pero Jesús no se detiene en subrayar la importancia de la Cruz para sí mismo, sino que, reuniendo a la multitud, les dice: “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a si mismo, que cargue con su cruz y me siga”. Jesús durante toda su vida ha demostrado cómo ha cargado con la cruz, aceptando la voluntad de Dios y llevándola a término. Por lo tanto quien quiera seguirle ha de hacer lo mismo. Una vez más la palabra de Jesús es dura, pero no no admite paliativos: hemos de aceptar de Dios la propia cruz hasta la consumación.

El apóstol Santiago completa el mensaje del evangelio al afirmar que la fe no puede quedar reducida a una adhesión mental a ciertas formulaciones abstractas. La fe debe traducirse en obediencia práctica a Jesús como Él se ha hecho obediente al Padre. Las obras de la fe que el apóstol pide están en la misma línea de renunciar a la propia vida y cargar con la cruz para seguir a Jesús. Y Él concluye el discurso afirmando: “El que pierde su propia vida por mi y el Evangelio, la salvará.

P. Jorge Gibert, OCSO


Domingo XXIII del Tiempo Ordinario - Ciclo B


“Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos”. El evangelista Marcos recuerda como presentaron a Jesús un sordo que apenas podía hablar, pidiéndole que le impusiera las manos y, al hacerlo se le abrieron los oídos y se le soltó la traba de la lengua. Los signos que Jesús obró durante su ministerio sorprenden y provocan una cierta inquietud. En primer lugar porque no estamos acostumbrados a ver milagros en la vida normal de cada día. En segundo lugar, resulta incómodo el modo como los evangelistas hablan de cojos que andan, de ciegos que ven, de leprosos que quedan limpios o de muertos que resucitan. Es fuerte la tentación a considerar estos relatos como género literario, o incluso como simples leyendas, construidas con más o menos buena fe para enaltecer la figura de Jesús y suscitar la fe en él.

El relato del evangelio de hoy, además de las dificultades comunes con otros milagros, ofrece unas características particulares. En primer lugar no se nos dice quién es el presenta el sordomudo a Jesús. No hallamos trazas de diálogo entre Jesús y aquel hombre y la única insinuación a la fe podría descubrirse en el mismo hecho de acercar el pobre hombre a Jesús. Además, Marcos describe los gestos que Jesús realiza para sanar a aquel hombre, gestos que quizás hieren nuestra sensibilidad: se separa de la multitud, le mete los dedos en los oídos y le toca con la saliva la lengua, después eleva los ojos al cielo, suspira y pronuncia finalmente una palabra en arameo: “Efeta, ábrete”. Se podría entender estos gestos como un modo para indicar al sordomudo las intenciones que animan a Jesús: quiere devolverle el uso de los oídos y de la lengua. Jesús solicita la ayuda del Padre del cielo para que mande su Espíritu y realice el signo, mediante una breve plegaria, expresada en el suspiro del que habla el evangelista.

Sin embargo, el hecho de abrirse los oídos y soltarse la lengua de aquel hombre puede ser considerado desde una perspectiva más profunda: anuncian el sentido real de toda la obra que Jesús, con su encarnación, muerte y resurrección ha venido a realizar: dar a los hombres la capacidad de escuchar la Palabra de Dios y de proclamar sus alabanzas, al recibir la salvación que se ofrece a todos. Y el clamor de la multitud que presenció el prodigio: “Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos”, expresa esta misma convicción. De alguna manera, la multitud entiende que en la persona de Jesús encuentran su realización las promesas de salvación que anunciaron los profetas, cómo recuerda la primera lectura de hoy.

En efecto Isaías invita a la esperanza a cuantos se sienten oprimidos por las dificultades de la vida, del dolor y del sufrimiento, de la contradicción y de la lucha. Pero Dios mismo en persona, decía el profeta, vendrá para salvar. El miedo que esclaviza los corazones quedará disipado ante la actuación de Dios: a los ciegos, a los sordos y a los cojos se les anuncia un cambio radical, su curación. La imagen del agua que hace revivir el desierto requemado, la estepa y el páramo áridos trata de ilustrar los efectos de esta venida de Dios que se nos anuncia. Esta promesa ha encontrado su realización en la salvación operada por Jesús.

Pero no podemos olvidar que hemos sido salvados en la fe, pues aún no gozamos de la plenitud de los dones que Jesús nos ha prometido y quiere darnos. Hoy, el apóstol Santiago invita a traducir la fe en obras. Si creemos que Dios ha escogido a los pobres del mundo para hacerlos ricos en la fe y herederos del reino que prometió a los que le aman, hemos mantenernos a cubierto de los falsos criterios de la sociedad en que vivimos. El apóstol apremia a no dejarnos guiar por el egoísmo, el poder, la fuerza, el dinero, el prestigio, valores que se usan normalmente para juzgar a las personas, sino más bien, adoptando los criterios de Dios, evitando la acepción de personas y poniéndonos al servicio de los desheredados, de los que sufren. Que el Señor nos conceda ajustar nuestros caminos a los criterios de Dios, que nos han sido manifestados con toda claridad en la persona de su hijo amado, Jesucristo nuestro Señor.

P. Jorge Gibert, OCSO


Domingo XXII del Tiempo Ordinario - Ciclo B


“Por propia iniciativa, Dios, el Padre de los astros, con la Palabra de la verdad nos engendró, para que seamos como la primicia de sus criaturas”. En los momentos actuales en que abunda la confusión y el desánimo, estas palabras del apóstol Santiago ofrecen una visión optimista de la realidad de la persona humana. En efecto, tanto el hombre como la mujer somos criaturas de Dios, obra magnífica de su amor. Conviene además recordar que Dios, una vez realizada la obra de la creación, no se ha desentendido de la humanidad, abandonándola a su suerte. Es una verdad recordada a lo largo de la sagrada Escritura que Dios llama al hombre por su nombre, para invitarle a llevar a cabo un papel concreto en esta representación que es la vida de la humanidad sobre la tierra. La misma palabra que nos engendró permanece en nosotros como semilla de vida, pero que no actúa de modo mágico. La palabra de Dios es fuerza de vida en la medida en que la aceptamos, y colaboramos con ella, permitiéndole ser luz y guía, alimento y sostén. Por esto insiste el apóstol: “Llevadla a la práctica y no os limitéis a escucharla, engañandoos a vosotros mismos”.

En la primera lectura, un texto del libro del Deuteronomio, Moisés recordaba cómo Dios ha dado a su pueblo mandatos, decretos y preceptos. Para el hombre de hoy resulta difícil compaginar la imagen de un Dios justo y bueno con la de un Dios legislador. La dificultad para aceptar al Dios legislador nace de la no aceptación por parte nuestra de la condición de criaturas. La Escritura recuerda desde sus primeras páginas que al hombre siempre le ha costado obedecer y que se rebeló contra el primer mandato que se le impuso, comiendo del árbol prohibido por escuchar una voz le repetía que desobedeciendo sería como Dios, no dependiendo de nadie ni de nada. Y la Escritura concluye que esta trágica ilusión termina en el drama de la muerte de la que nadie puede escapar.

Los preceptos, normas, leyes o mandatos que puede dar Dios no son expresión de falta de respeto a la personalidad del hombre o de la mujer: son indicaciones que enseñan cómo evitar el mal, cómo hacer del mundo un espacio habitable, cimentado en el respeto mutuo, en la verdad, en la justicia y en el amor. Porque, como Jesús advierte en el evangelio de hoy, el peligro no viene de fuera, acecha dentro de nosotros mismos: Dentro del corazón del hombre nacen los malos propósitos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad.

No sería justo deducir de estas palabras de Jesús que todo es negativo en la realidad de la humanidad. Lo que hace Jesús es constatar una triste realidad: es decir los límites, las miserias de la humanidad, pero al mismo tiempo afirma que ha venido para ayudar, para darle la mano y hacerle salir a flote, e iniciar así un cambio de ruta que aleje de la muerte y conduzca a la vida. Por eso conviene estar atentos a la Palabra que se nos comunica y que puede salvarnos.

Pero Jesús advierte de otro peligro: “Dejáis a un lado los mandamientos de Dios para aferraros a la tradición de los hombres”. Lo que Dios propone es principio de vida. Los mandamientos de los hombres, aunque aparezcan como signo de libertad, a la larga esclavizan, no ayudan al hombre a crecer humana y espiritualmente. Jesús nos invita a abrirnos a su Palabra, a comportarnos en la vida según su voluntad, demostrando con nuestro obrar la fe que arde en nuestro interior. Por eso Santiago no duda en afirmar: “La religión pura e intachable a los ojos de Dios Padre es visitar a los atribulados y no mancharse las manos con este mundo. Como dice la Escritura: “Observa los mandamientos y vivirás”.

P. Jorge Gibert, OCSO


Domingo XXI del Tiempo Ordinario - Ciclo B

“Este modo de hablar es inaceptable, ¿quién puede hacerle caso?”. El evangelista Juan ha recordado que no sólo las multitudes que escucharon el discurso sobre el pan de vida, sino también los mismos discípulos empezaban a vacilar y a criticar a Jesus, poniendo en duda sus palabras. Todos nosotros hemos tenido momentos de desconcierto, de duda, de vacilación. Más de una vez nos hemos sentido tentados a decir: Las exigencias de la fe y del Evangelio son duras; vale más echarlo todo por la borda y tratar de vivir tranquilos, olvidando a Dios y a sus palabras.

Cada vez que rezamos el «Padre nuestro» pedimos a Dios que no nos deje caer en la tentación, en la gran tentación que nos acecha constantemente, la tentación de abandonarle, de no depender de él, de no sentirnos atados por sus mandamientos, de ser libres, de respirar sin constricciones, de construir el mundo y la vida a nuestro antojo, a nuestra medida, no a la de Dios. Pero los simples criterios humanos no bastan para hacer que el mundo sea más justo, más pacífico, para que los hombres sean menos egoístas, para que la miseria, la enfermedad o la muerte puedan ser vencidas.

Si no nos cerramos a la llamada que el Padre hace resonar en lo más íntimo y recóndito de nuestro interior como cascada de aguas cristalinas, tendremos que aceptar lo que afirma Jesús: “El espíritu es quien da vida; mis palabras son espíritu y son vida”. Por esto conviene que consideremos como dirigida a cada uno de nosotros la pregunta que Jesús hace a sus íntimos, a los doce apóstoles, al ver que muchos de sus discípulos se alejaban de él: “¿También vosotros queréis marcharos?”.

La primera lectura evocaba la doble propuesta que Josué hizo al pueblo, en el momento de entrar en la tierra prometida: la de creer en Dios y servirle o la de entregarse al culto de las divinidades de los pueblos que acababan de ocupar, divinidades menos exigentes que el Dios de la revelación. “Yo y mi casa serviremos al Señor”, proclama solemnemente Josué, y el pueblo, al menos con sus labios, dice que también escogen servir con fidelidad al Dios de los padres, porque tiene conciencia de todos los beneficios recibidos de la mano de Dios.

Cada uno de nosotros tiene su propia historia personal, ha sido objeto del amor de Dios, ha experimentado de alguna manera sus signos y maravillas. Lo importante es tener conciencia de que nos ha rescatado de alguna manera de esclavitudes y dependencias, que nos ha mostrado señales de su benevolencia y nos ha protegido en los momentos difíciles. En este sentido san Pablo, en la segunda lectura, recordaba a nivel de la Iglesia, es decir del cuerpo que formamos los que hemos aceptado creer en Jesús, Señor y Cristo, que Él ha amado a su Iglesia hasta entregarse a sí mismo por nosotros para purificarnos con el baño del agua y la palabra, es decir nuestro bautismo, para colocarnos ante sí llenos de gloria, sin mancha ni arruga, sino santos e inmaculados.

Desde esta perspectiva, adquiere todo su urgencia la pregunta de Jesús a los doce: “¿También vosotros queréis marcharos?”. Como en otras ocasiones, el evangelista hace hablar en nombre de los demás a Pedro, que ha experimentado ya repetidas veces y que en el futuro experimentará aún más su propia miseria y el amor de Jesús: “¿A quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna. Y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios”. Creer en Jesús no es una fórmula mágica que resuelve sin esfuerzo nuestros problemas. Es una apuesta para tratar de dar un sentido a nuestra existencia, para no perder inútilmente nuestro esfuerzo de cada día, para que, perdiendo las pequeñas libertades que nuestro egoísmo nos dicta, alcancemos la verdadera libertad que sólo Dios nos ofrece. Escuchemos pues como dirigida a nosotros la pregunta de Jesús: “¿También vosotros queréis marcharos?”, y tratemos de responder con Pedro generosamente desde el fondo de nosotros mismos.

P. Jorge Gibert, OCSO


Domingo XX del Tiempo Ordinario - Ciclo B


“Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este pan vivirá para siempre”, afirmaba Jesús en los domingos anteriores. Pero hoy añade algo nuevo cuando afirma: “El pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”. Es más que natural la reacción contraria de quienes le escuchaban. Debieron quedar desconcertados cuando el Maestro, admirado por sus enseñanzas y sus milagros, les habla de dar su carne como comida y su sangre como bebida. Para nosotros, cristianos, que desde niños hemos aprendido que el pan que partimos en la Eucaristía es el cuerpo del Señor, sus palabras nos resultan familiares, pero sin duda, fuera del contexto cristiano, son en realidad un escándalo, o mejor un despropósito. Pero Jesús no repara en la oposición que sus palabras suscitan. Y añade: “Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros”. Este pasaje conviene considerarlo atentamente, dándolo por conocido. Es lícito preguntarse qué quiere decir exactamente Jesús con sus palabras.

    El hecho de referirse a su carne y a su sangre ha de entenderse como un anuncio velado de la muerte violenta que le espera en la cruz. Clavado en el madero, Jesús ofrece su vida por los hombres, derramando su sangre para llevar a término el don de si mismo, para asegurar la vida a los que creen en él. A los que han de tener parte en su vida eterna, les invita a comer su carne y a beber su sangre. Esta nueva afirmación es en realidad un anuncio del gesto que realizará en la cena que precedió su pasión. El jueves santo por la noche, sentado con los discípulos para comer la cena pascual, Jesús tomó el pan, lo partió y dijo: “Esto es mi cuerpo”. Y tomando la copa del vino, afirmó: “Este es el cáliz de mi sangre”. Jesús ha dejado a los suyos un banquete ritual, la nueva cena pascual, que nos permitirá participar realmente en el misterio de su muerte y de su resurrección.

    En la Biblia, comer y beber en la presencia de Dios significa participar en plenitud en la comunión con él. Así, Moisés y los ancianos de Israel, cuando subieron al monte Sinaí, después de haber contemplado la gloria de Dios, comieron y bebieron en su presencia. David, al trasladar el arca a Jerusalén, y Salomón, al dedicar el nuevo templo, ofrecieron al pueblo un banquete como culminación de los sacrificios de comunión que caracterizaron aquellas celebraciones. En el libro de Isaías, la inauguración del reino de Dios es descrita como un banquete que Dios mismo prepara con manjares frescos y buenos vinos. Hoy, la primera lectura nos ha recordado el banquete de pan y vino que la Sabiduría prepara para los inexpertos, es decir, los sencillos, los pobres, que acogen su invitación. La sabiduría, atributo divino y fuente de vida verdadera, ofrece un alimento que hace amigos de Dios, que aparta de la inexperiencia e introduce en el camino de la vida. En efecto, Dios ha preparado para los hombres un encuentro de vida sin término, expresado bajo la imagen de un banquete. A lo largo de la historia ha enviado a sus siervos, los profetas, para invitar a los hombres a entrar en comunión con él. La imagen se convierte en realidad en Jesús, que en el sacrificio eucarístico nos hace entrar en comunión de vida con él, en el pan y en el vino nos da su cuerpo y su sangre. Puede ayudarnos a entender el sentido de la Eucaristía el hecho de que cuando los hombres quieren profundizar en la amistad y la comunicación, acostumbran a congregarse en torno una mesa, pues, el participar juntos en la comida y la bebida, crea un clima de cercanía, de intercambio, de fraternidad.

    San Pablo exhorta hoy en la segunda lectura a no ser insensatos, sino sensatos, a no seguir la sabiduría de este mundo, sino a la Sabiduría de Dios, a no emborracharnos de vino que lleva al libertinaje, sino participar constantemente en la Acción de gracias, la Eucaristía, con salmos, himnos y cánticos inspirados, dejándonos guiar por el Espíritu que nos llevará a la plena comunión con Dios y con su Hijo Jesucristo.

P. Jorge Gibert, OCSO


Solemnidad de la Asunción de la Virgen María al Cielo
Madre del Císter desde el S. XII

 “Cristo resucitó de entre los muertos, el primero de todos. Si por un hombre vino la muerte, por un hombre ha venido la resurrección. Si por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida”. La realidad de la muerte es la primera de las pocas certezas indiscutibles que existen, pero la experiencia que los apóstoles vivieron en Pascua, al cerciorarse que Jesús, el mismo que había expirado clavado en la cruz, había vuelto de la muerte a la vida, se transformó en anuncio gozoso, y fuerza capaz de transformar sus vidas y las de muchos otros. Veinte siglos de confesión cristiana de la resurrección, manifestada de palabra y con una vida vivificada por el evangelio, tienen peso, tienen una importancia no despreciable.

    Y hoy, esta proclamación de la victoria del Señor sobre la muerte viene reforzada por la celebración de la Asunción de su Madre, la Virgen María. En efecto, la fe de la Iglesia enseña que María, que vivió íntimamente unida a su Hijo Jesús, terminado el curso de su vida mortal, participó plenamente también en la victoria de su Hijo, resucitando como él y entrando en cuerpo y alma en la vida eterna. Lo que es una promesa para todos los creyentes en Jesús, para María, siempre según la fe de la Iglesia, es ya una realidad, gozando de la vida eterna de modo total y pleno.

Esta fe de la Iglesia tiene su fundamente en la misma Escritura. El evangelio ha recordado las palabras que Isabel, llena del Espíritu Santo, pronunció con gozo: “Dichosa tú, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá”. Ciertamente, el sentido primero de estas palabras se refiere al misterio de la divina maternidad, es decir, que el hijo que había concebido por obra del Espíritu Santo, sería el Hijo de Dios hecho hombre, venido para la salvación de todos. Pero aquella mujer que había sido escogida por Dios para colaborar tan estrechamente con la Palabra de Dios hecha carne hasta el punto de poder ser llamada con verdad Madre de Dios, no podía quedar alejada del triunfo de su Hijo, no podía ser pasto de la muerte y de la corrupción aquel cuerpo que había sido morada de la divinidad, templo de Dios, arca de la verdadera alianza. Por esto la fe del pueblo de Dios ha afirmado que María ha seguido a su Hijo en la victoria de la muerte, sin esperar, como los demás, el momento en que Jesús, aniquilado el último enemigo que es la muerte, entregará a su Padre el Reino de los elegidos. Por esta razón, el cántico que el evangelio pone en labios de María, afirma: “El Poderoso ha hecho obras grandes por mí”.

Pero el triunfo de la Virgen Madre sobre la muerte expresado en el misterio de su asunción a los cielos no es un privilegio de María, colocándola por encima de los demás mortales. El Prefacio que inicia hoy la plegaria eucarística afirma que María, la Virgen Madre de Dios, es figura y primicia de la Iglesia, es decir de la asamblea de todos los creyentes, que, como María, un día será glorificada y en cuerpo y alma gozará de la vida de Dios para toda la eternidad. Junto con María elevada a la gloria del cielo, pidamos al Señor que hace proezas con su brazo, que enaltezca a los humildes de corazón, que colme de bienes a los hambrientos y que, acordándose de su misericordia, nos ayude a nosotros sus siervos para caminar por la vida de tal modo que un día podamos participar plenamente de la glorificación de María, Madre de Dios, Madre de la Iglesia, Madre nuestra.

P. Jorge Gibert, OCSO


Domingo XIX del Tiempo Ordinario - Ciclo B

“Elías se sentó bajo una retama y se deseó la muerte: ¡Basta Señor! ¡Quítame la vida, que no valgo más que mis padres!”. Es consolador ver como aquel profeta que, con sus palabras y sus obras mantuvo en vilo al pueblo de Israel, en un determinado momento de su actividad fue víctima de una depresión hasta el punto de desear la muerte. Todos nosotros hemos experimentado el amargo fruto del desaliento, hemos palpado los límites de la impotencia, y hemos sentido el deseo de escapar del torbellino de problemas e interrogantes que nos acosan y angustian. Esta reacción es propia de la naturaleza humana, pero no por eso es lícito sucumbir a ella renunciando a seguir luchando. De hecho Dios no abandona al profeta en su desánimo. Pero tampoco resuelve sus problemas. Sólo le da de comer y beber para que continúe caminando, señalándole una meta, una alta montaña que escalar, para recibir allí el encargo de volver sobre sus pasos, de continuar su lucha, de defender más aún si cabe el derecho y la justicia, sin temer la contradicción ni espantarse al ver que no siempre su esfuerzo es coronado por el éxito.

Pero junto a este desánimo, es posible que experimentemos también el desgarro interior que supone sentir como se desmorona la fe, como se desvanecen formas o verdades que parecían estables y definitivas. El evangelio habla hoy de algunos discípulos que, ante las afirmaciones de Jesús, se dejan llevar por una crítica acerba, y pasando del entusiasmo por aquel Maestro extraordinario, se entretienen en considerar su origen y su parentela, buscando una justificación para retirarse y abandonar. Jesús les dice que no se dejen llevar por el desánimo, ni por la desilusión, cediendo ante obstáculos imprevistos, para evitar que se hunda definitivamente el esfuerzo realizado.

En este punto de su exposición, el evangelista pone en labios de Jesús una frase que conviene entender de modo justo, pues de lo contrario puede causar un daño enorme. Dice Jesús: “Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me ha enviado”. Más de uno ha abusado de estas palabras y, a la primera dificultad, considera tener licencia para retirarse con la conciencia tranquila, dando por descontado que el Padre no lo ha atraído. Pero una lectura atenta del texto hace ver que estas palabras de Jesús van en una dirección completamente distinta. El Padre ha enviado a Jesús para la salvación de toda la humanidad, y sería una contradicción que se entretuviese en escoger a unos y rechazar a otros. A todos atrae el Padre y les encamina hacia Jesús. Por eso éste puede añadir: “Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí”. Respetuoso hacia su obra, Dios respeta la libertad del hombre y no lo fuerza. Llama, pero no obliga. Invita al diálogo, pero no lo impone. Espera, desea, ansía, porque ama, siempre dispuesto a dar más de lo que puede uno imaginar. Se ofrece como pan, es decir como alimento que sostiene la vida, que da la vida. Está a nuestra disposición, basta alargar la mano, como Elías, tomar el pan, beber el agua, para rehacer nuestras fuerzas y continuar nuestro caminar por la vida, en espera de llevar a término la tarea que se nos ha encomendado, incluida en la gran aventura de este universo.

Pero no es todo fácil, sin tropiezos. La realidad de la vida en este universo lleva consigo límites y contradicciones. La segunda lectura recomienda: “Sed imitadores de Dios, como hijos queridos: Sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros. El apóstol explica que hemos de perdonar como hemos sido perdonados. Es signo de madurez humana saber entender que todos hemos sido perdonados alguna que otra vez. Perdonar como hemos sido perdonados. Somos lo que somos, pero no estamos abandonados. El Señor se nos ofrece como pan de vida, como compañero en el camino, como ejemplo a imitar. No dejemos pasar esta oportunidad.

P. Jorge Gibert, OCSO


Domingo XVIII del Tiempo Ordinario - Ciclo B


“Me buscáis, no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros”. Con estas palabras Jesús acoge a la multitud que, después del milagro de la multiplicación de los panes y de los peces, busca al que ha saciado su hambre. Han comido, se han saciado, sí, pero no han visto, es decir, según el modo de expresarse de san Juan, no han entendido el signo. Jesús no ha venido para resolver problemas materiales sino para llevar a los hombres un mensaje de salvación. Por esto les recomienda afanarse para superar sus puntos de vista demasiado materiales y abrirse a las nuevas perspectivas que el Hijo del hombre ha venido a proponerles.

Es interesante considerar el hilo de la argumentación de Jesús. A aquella gente, que vio en aquel Maestro una solución para poder comer sin trabajar, les propone en cambio trabajar para obtener un alimento que no perece, trabajar en la obra de Dios, es decir, creer en Jesucristo. Jesús no nos propone hacer actos de piedad: oraciones, genuflexiones, abstinencias, mortificaciones u otras prácticas por el estilo. No busca una religiosidad externa, sino que quiere penetrar hasta el fondo de nosotros mismos. El evangelista dice que hay que creer, y que creer es trabajar, es esforzarse.

Si somos sinceros, hemos de reconocer que creer no es fácil. Creer no es simplemente adherir la mente a unas formulaciones abstractas, sino aceptar la persona de Jesús, ponerse en sus manos, renunciar a todo para dejarse iluminar por Él. Sólo puede creer el que es consciente de su propia indigencia, de sus propios límites, de las tinieblas que lo sumergen, y que al encontrar a Jesús, renunciando a los propios parámetros y actitudes, se fía de él, acepta dar un salto en el vacío. Creer es, como ha dicho alguien, dar la mano, fiarse, aceptar que Dios nos ama y que sabe mejor lo que nos conviene y lo que necesitamos. Pero hay que puntualizar porque creer no es renunciar a la razón evitando tomar responsabilidades. Creer es un trabajo y un trabajo que no es fácil. La experiencia personal nos lo enseña.

La respuesta que la multitud da a la invitación de Jesús es reveladora. ¿Qué signo haces? le dicen. Acaban de comer hasta saciarse y piden un signo. Para colmo de la ironía, se refieren al mana, al alimento que Israel recibió de la mano de Dios durante la travesía del desierto, cuando se iba formando como pueblo escogido, y que era signo de la providencia amorosa de Dios hacia aquellos que se fían de él. Es el tema que nos ha sido recordado en la página del libro del Éxodo que hemos escuchado como primera lectura.

Con paciencia, Jesús les explica que el mana, llamado pan del cielo, no era otra cosa que un signo que anunciaba el verdadero pan del cielo, Jesús. Leyendo esta página, espontáneamente uno se siente llevado a juzgar aquella multitud que pide signos. Si nos examinamos, veremos que también nosotros caemos en su mismo error. Tenemos signos, tantos signos que nos invitan a la fe, pero no nos bastan. Queremos algo más tangible, algo que nos convenza. ¿Qué queremos? En el fondo lo que nos pasa es que tenemos miedo de caer en manos de Dios, de dejarnos a nosotros mismos para ser de él, para dejar que conduzca nuestra vida, no según su antojo, sino en la medida de su amor, que por nosotros no ha dudado en entregar a su propio Hijo, al que hemos clavado en la cruz porque alteraba nuestros planes, nuestros proyectos, nuestra comodidad, nuestro falso concepto de la libertad humana.

“Señor, danos siempre de ese pan”. La multitud pronuncia esta magnífica plegaria, que debería ser siempre la nuestra. Pero dudo que aquella gente fuese consciente de lo que decía exactamente.

Si nosotros repetimos hoy la plegaria de la multitud, Él nos invita por boca de S. Pablo, a no seguir comportándonos como gentiles. Urge abandonar el anterior modo de vivir, para renovarnos en la mente y en el espíritu, vestirnos de la nueva condición humana, creada por Jesús a imagen de Dios, según la justicia y la santidad verdaderas.

P. Jorge Gibert


Domingo XVII del Tiempo Ordinario - Ciclo B


“Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados”. El evangelista Juan evoca hoy el gesto del Señor saciando a la multitud que le seguía, un gesto único, que en su materialidad no se repite en la historia de cada día. En efecto, Jesús no ha venido para resolver los problemas que plantea la alimentación de la humanidad sino para salvar a los hombres y llamarlos a formar parte de su pueblo que es la Iglesia.

El relato del evangelista centra su atención sobre la persona de Jesús, de modo que tanto los discípulos como la multitud quedan en una cierta penumbra. En la cercanía de la fiesta de Pascua, sube a un monte y reúne mucha gente para adoctrinarles. El evangelista evoca a la figura de Moisés, que después de celebrar la Pascua, guió a su pueblo al monte Sinaí. Jesús es presentado como el nuevo Moisés, que, puesto al frente de su pueblo, le asegura un manjar espiritual, don de Dios, prefigurado tanto por el mana como por el signo de los panes y peces multiplicados.

La escena llega a su ápice con la pregunta de Jesús a sus discípulos sobre cómo saciar el hambre de la multitud. El evangelista hace notar como, una vez sentados todos en la hierba, Jesús tomó los panes, dio gracias y los distribuyó; haciendo recoger las sobras para que nada se perdiera. El gesto quiere dar a conocer al enviado de Dios, suscitar en quienes fueron testigos del mismo la fe profunda en la Palabra de Dios que se ha hecho carne y ha acampado entre nosotros para ser luz y vida. Jesús espera de las multitudes una actitud de fe sincera, una entrega confiada a su amor, una voluntad de seguirle.

Pero la multitud no comprende el signo. Piensan solamente en proclamar rey a Jesús, para asegurarse que no les falte nada materialmente, y no comprenden que se les está invitando a ponerse en sus manos por la fe. Ante esta incomprensión, Jesús se retira a la montaña. Esta página es una seria advertencia para todos nosotros. ¿De que nos serviría participar materialmente en el banquete de la eucaristía si la fe en Jesús no ilumina y sostiene toda nuestra vida? El sacramento de la eucaristía ha de ser signo de nuestra fe, de nuestra adhesión real y personal a Jesús, que debe animar toda nuestra existencia. De lo contrario nuestras celebraciones no serían otra cosa que representaciones escénicas, vacias de contenido.

La fe que Jesús reclama no es simple adhesión a una serie de verdades, de dogmas, de principios teóricos, sino una conversión sincera. S. Pablo, en la segunda lectura, traducía ésto a un lenguaje más casero cuando invita a ser humildes, amables, comprensivos, sobrellevandonos mutuamente con amor, manteniendo la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. No son simplemente piadosas recomendaciones. Pablo muestra la motivación de sus palabras: estamos ante un solo Dios, un solo Señor, Jesús, un solo Espíritu, una sola fe, un solo bautismo, un solo cuerpo, una sola meta, la esperanza a la que hemos sido llamados. Abramos nuestra mente y nuestro corazón para saber entender los gestos que Jesús ha multiplicado a lo largo de la historia de modo que sepamos acoger por la fe a Jesús, el enviado del Padre, de modo que encontremos en él la fuerza que necesitamos para alcanzar la plenitud de comunión con Dios por la fe y el amor.
P. Jorge Gibert, OCSO


Domingo XVI del Tiempo Ordinario - Ciclo B

“Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco”. Con esta propuesta, según el evangelista Marcos, Jesús acoge a los discípulos que regresaban para dar cuenta de su primera misión. Las palabras de Jesús no son una invitación a la pasividad, a un descanso egoista sino a hacer un alto en el camino para tratar de profundizar la experiencia realizada, en el silencio, la reflexión, la escucha y la plegaria, de manera de poder dedicarse después con nuevo ímpetu a la misión que les está reservada.

Pero todo se precipita y tanto Jesús como sus discípulos en lugar de hallar un lugar tranquilo para conversar con calma, se encuentran de nuevo ante una multitud, ávida de ser enseñada, ansiosa de ser conducida por el camino de la salvación. Y ante aquella multitud, Marcos afirma que Jesús “sintió compasión de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor, y se puso a enseñarles con calma”.

Marcos, al hablar de la lastima o mejor de la compasión que Jesús experimenta ante el espactáculo de la multitud que lo busca, no intenta expresar un sentimiento fugaz, fruto de una circunstancia concreta, de la emoción del momento, sino más bien la actitud que explica el abajamiento del Hijo de Dios que se hace hombre y se muestra obediente hasta la muerte para salvar al hombre del pecado y de la muerte. Dios, siempre fiel a sus promesas, no ha ahorrado nada para atraer a los hombres de todos los tiempos. La expresión «andaban como ovejas sin pastor» aparece en diversas ocasiones en el Antiguo Testamento para designar a Israel privado de jefes, descuidado por sus reyes, abandonado a merced de sus enemigos, privado de una guía segura y estable.

Este tema ha sido presentado en la primera lectura. El profeta Jeremías arremete contra los pastores que, olvidando su cometido, han hecho posible la dispersión y la pérdida de las ovejas que se les habían confiado. Dios que ama sobremanera a su pueblo, se ocupará él mismo de reunir a las ovejas, de hacerlas volver a sus dehesas para que crezcan y se multipliquen. Para esta obra, Dios se sirve de pastores escogidos, fieles a su deber, entre los cuales destaca el vástago de David, el Mesías, que es el Buen Pastor, como ha recordado el salmo responsorial.

Como ha dicho san Pablo en el fragmento de la carta a los Efesios, en la segunda lectura, Jesús ha derramado su sangre por las multitudes, para constituir un único rebaño, reconciliando a judíos y gentiles, estableciendo la paz entre todos los pueblos y razas, entre sí y con Dios mediante su cruz. La Iglesia, este nuevo rebaño que Jesús ha formado, no ha de ser un ghetto cerrado, un club para gente selecta y clasista; ha de permanecer abierta a todos, ha de vivir la misma compasión que Jesús sintió ante la muchedumbre que se le acercaba y ha de dedicarse con generosidad y constancia, con paciencia y amor, a enseñar con calma el camino de Dios, la buena nueva del Evangelio.

La Iglesia que Jesús ha querido formar ha de evitar la tentación de encerrarse en si misma, de caer en un legalismo esteril e inútil. La legítima satisfacción de ser cristianos no ha de llevarnos a un orgullo que a la larga o a la corta lleva a considerar como ignorantes o incluso malvados, a quienes no comparten nuestro punto de vista. La Iglesia de Jesús no ha de ser intolerante en nombre de la verdad que ha de anunciar y defender, más bien ha de trabajar para hacer caer las barreras que separan a los hombres, ha de suprimir el odio, comunicar el único espíritu para crear la paz, tanto para los que están cerca como para los que están lejos. Sintiéndonos pecadores perdonados por el gran amor de Jesús, hemos de sentir el ardiente deseo de comunicar a los demás este mismo amor del que hemos saboreado las positivas consecuencias. Hagamos los posibles para que arda en nosotros y se comunique a todos el amor de Jesús que hemos recibido.
P. Jorge Gibert, OCSO


Domingo XV del Tiempo Ordinario - Ciclo B

“Llamó Jesús a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Ellos salieron a predicar la conversión”. Con estas afirmaciones inició la realidad del fenómeno humano y religioso que conocemos como cristianismo y que tuvo lugar en los primeros años de nuestra era, gracias a la acción de un pequeño grupo de hombres, que, no parándose a considerar sus propios límites, se lanzaron a una obra, que hoy consideramos ingente. Aquellos doce hombres, que llamamos apóstoles, fueron escogidos por Jesús para ser enviados. Y enviados para anunciar. Y para anunciar un mensaje humanamente poco atrayente como puede ser la conversión.

Continuamente recibimos mensajes insistentes de los medios de comunicación, que repiten invitaciones, propuestas, ideas o proyectos de parte de quienes se sienten poseedores de soluciones más o menos acertadas para los problemas que aquejan a la humanidad, y, sobre todo para prometer un bienestar que esté por encima de las dificultades que la misma vida entraña. Esta realidad de la información es parte de la esencia misma del hombre llamado a vivir en sociedad. Precisamente por esta razón, también Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, no dudó en escoger a unos personajes de su entorno para confiarles la tarea de hacer llegar a todos el mensaje de salvación que el Padre le había encomendado. Tarea nada fácil, dado que supone un esfuerzo notable acercarse a los demás, solicitar y obtener su atención inicial, con la esperanza de llegar a convencerles, y obtener de ellos la aquiescencia y la aceptación del mensaje transmitido.

Pero, como dice el proverbio, no hay peor sordo que el que no quiere escuchar. En la primera lectura se nos recordaba el rechazo que encontró, sobre todo en los responsables religiosos de su tiempo, el profeta Amós. Pastor y cultivador de higos, este hombre sencillo y rudo, fue llamado por Dios para levantar la voz y sacudir el espíritu de quienes reposaban en un cómodo y pacífico bienestar, fruto de la injusticia social y de la insensibilidad del espíritu. Amós sólo tiene en su favor el mandato y la fuerza del Señor, y con generosidad responde a la llamada y ejerce su ministerio a pesar de las dificultades. La figura de Amós representa un ejemplo del misterio de la llamada de Dios y la respuesta del llamado, que no se deja amedrentar por la oposición encontrada o el desánimo ante los obstáculos.

Hoy Jesús advertía a sus apóstoles del peligro del desánimo que podía surgir al encontrar oposición en la transmisión del mensaje. Suscita admiración contemplar a distancia de veinte siglos la acción evangelizadora de aquellos hombres, poco preparados desde el punto de vista humano, que asumieron la árdua tarea de dirigirse al mundo greco-romano, rico y potente cultural y espiritualmente, y al mismo tiempo poco dispuesto al mensaje centrado en la cruz y la resurrección de Jesús.

Una primera consecuencia conviene sacar de esta realidad: El mensaje que Jesús ha confiado a sus apóstoles y enviados, y que ahora ha de comunicar la Iglesia de los creyentes, es demasiado importante para dejarse vencer por pequeños fracasos. Se puede perder una batalla sin perder la guerra. Hay que insistir, una y repetidas ocasio-nes, pues la llamada divina de la conversión de por sí no es agradable y aceptable, y es fácil entender la oposición que supone su anuncio. Por eso entristece constatar como hombres preparadísimos en el campo de la evangelización, no han sabido resistir la crítica, la oposición o el rechazo, y se han retirado, renunciando a la lucha.

Otra consideración que la historia propone es que el anuncio del evangelio no puede reducirse a un ejercicio de oratoria, a una exposición teórica. Ser evangelizador supone asumir la realidad pura y dura de una coherencia extrema entre la palabra anunciada y la vida de cada día. Hoy se habla mucho de nueva evangelización. Y ésta está condenada de antemano al fracaso si los apóstoles del momento no viven lo que predican y enseñan. Dice el proverbio: Obras son amores y no buenas razones. Porque vivieron lo que enseñaban los primeros apóstoles convirtieron el mundo de entonces. Queda claro el camino a seguir para la tarea que nos espera en el mundo de hoy.
P. Jorge Gibert, OCSO


Domingo XIV del Tiempo Ordinario - Ciclo B


“No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa”. Estas palabras dejan entrever la tristeza que pudo producir en Jesús la actitud negativa que encontró en su visita a la ciudad de Nazaret, que san Marcos nos ha recordado hoy. Llegado el sábado, Jesús, como de costumbre, se puso a enseñar en la sinagoga y el evangelista constata como sus palabras asombraban a sus conciudadanos, que no entendían como aquel paisano, del que conocían la profesión – para ellos era el carpintero - y también a los demás miembros de su familia, hablase como hablaba, y hubiese sido capaz de realizar los milagros que se oían contar de él. Quedaron admirados pero no creyeron en él; más aún se escandalizaron. Marcos puntualiza que Jesús quedó sorprendido y extrañado por su falta de fe. En consecuencia, añade el evangelista, no pudo hacer milagros. Jesús se muestra dolido y apesadumbrado por el modo de comportarse de sus conciudadanos, cerrados ante el mensaje que Dios les hacía llegar por medio de su Hijo.

El párrafo del libro de Ezequiel, de la primera lectura, puede ayudar a entender mejor este episodio evangélico En él Dios avisaba al profeta, al comienzo de su misión, de que su actividad, su predicación, encontraría con toda seguridad oposición y rechazo, pues es enviado a un pueblo de dura cerviz, de corazón obstinado. La Biblia informa que las intervenciones de Dios a favor de su pueblo provocan muy a menudo reacciones negativas en lugar de obtener la aceptación que se podía desear y esperar.

La Palabra de Dios, penetrante y afilada, quiere provocar en nosotros un cambio, una conversión. Personajes como los cobradores de impuestos Leví y Zaqueo. la adultera, la samaritana o la Magdalena e incluso el mismo Pablo, muestran una capacidad de apertura de espíritu que hace posible la regeneración interior del individuo. En cambio, otros muy seguros de sí mismos, convencidos de gozar del favor de Dios, como los fariseos, escribas y sacerdotes que aparecen a lo largo del evangelio, permanecieron incapaces de conversión. Aunque de entrada pueden sorprenderse, su corazón no es receptivo y la sorpresa fácilmente se transforma en escándalo y al final concluye en rechazo.

Marcos ha conservado esta página del evangelio porque el rechazo de Nazaret no ha terminado, sigue de alguna manera hasta nuestros días. No faltan hoy, como lo hicieron en su momento los ciudadanos de Nazaret, quienes contemplan a Jesús y a su mensaje desde puntos de vista que hacen difícil sino imposible creer en él. A veces nos quejamos de que Dios no interviene en nuestra época, que ya no realiza signos para fortalecer nuestra fe. Pero seguramente es nuestra actitud la que explique el Señor no haga ya milagros. Jesús ha venido para anunciar el reino y lo hace mostrando su fidelidad al Padre y a su mensaje, aunque ello lo lleve hasta la muerte y la muerte de cruz. En el fondo tocamos aquí la esencia misma del misterio pascual: la vida viene sólo a través de la muerte y esto por culpa de la dureza de corazón de los hombres. Lo importante es creer en Jesús y en su mensaje, aunque ello suponga romper nuestros esquemas, para entrar en el plan de Dios.

Hoy hemos escuchado el testimonio de uno los que creyeron: Pablo. Aceptó la Palabra, se dejó formar por ella, creyó de verdad y por eso anduvo por el camino del Señor. Pero, el gran apóstol, sin rubor, no duda en proclamar su propia debilidad: “Muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo. Porque cuando soy débil entonces soy fuerte”. Pablo ha entendido el ejemplo de Jesús. Con Pablo pongámonos en la escuela de Jesús y dejando de lado nuestra suficiencia esforcémonos en creer en el evangelio que se nos propone, dejándonos llevar por el mismo camino por el que él paso, seguro que más allá de la cruz, de la contradicción, de la prueba, nos espera la gloria y el descanso en el Reino de Dios.

P. Jorge Gibert, OCSO


Domingo XIII del Tiempo Ordinario - Ciclo B


“Dios no hizo la muerte ni goza destruyendo a los vivientes. Todo lo creó para que subsistiera; las criaturas del mundo son saludables: no hay en ellas veneno de muerte, ni el abismo impera en la tierra”. De las pocas certezas indiscutibles que existen para todos nosotros, la primera de todas es la realidad de la muerte. El gran don de la vida que disfrutamos, con todas las posibilidades que ofrece, tanto a nivel material como a nivel espiritual, guste o disguste, tiene fijado un término que no puede ser superado. Junto a esta realidad de la muerte aparece también otra certeza que es la enfermedad, con el dolor y el sufrimiento que la acompañan y que tiñen de sombras el paso del tiempo. Desde que la humanidad existe estas realidades han jugado, juegan y continuarán jugando a pesar de todos los adelantos de la ciencia, un papel importante en el esfuerzo que el hombre desarrolla por crecer, dominar la tierra y contribuir de alguna manera en la evolución de la misma creación. La historia de la cultura muestra los intentos enormes que el hombre ha realizado para afrontar, desafiar o superar el misterio de la muerte.

Ante estas realidades hay quienes se rebelan ante lo que consideran una ley inaceptable y cruel. Otros aceptan con más o menos serenidad que todo es pasajero y caduco, y que no queda más remedio que asumir que todo terminará. Por esta razón intentan aprovechar el tiempo puesto a su disposición para disfrutar de cuanto está a su alcance, Otros, cimentados sobre creencias religiosas, a veces muy dispares en sus formulaciones, no se resignan a perderlo todo y esperan, más allá del umbral de la muerte, una nueva realidad, que asegure una supervivencia, una continuidad.

Las lecturas de este domingo invitan a reflexionar sobre este aspecto de la realidad humana, desde la perspectiva de la revelación cristiana contenida en la Sagrada Escritura. En la primera lectura, el autor del libro de la Sabiduría, un judío del siglo primero antes de Cristo, que conocía bien a la vez tanto el contenido de la revelación como la cultura elenística, no duda en afirmar categóricamente que Dios no hizo la muerte, que no goza destruyendo a los vivientes, sino que creó al hombre para la inmortalidad.

Hay que reconocer que a menudo la mentalidad popular interpreta la muerte y la enfermedad como castigos impuestos por Dios. Pero nuestro Dios no es Dios de muerte, de sufrimiento, de dolor y angustía, sino un Dios de vida. Y esta verdad la proclama la imagen de Jesús clavado en la cruz: para vencer a la muerte, se dejó crucificar a fin de darnos una esperanza segura de vida, que no puede ser destruída por la muerte.

San Marcos, en el evangelio recuerda hoy cómo Jesús llevó a cabo dos signos extraordinarios: cura a la mujer que padecía flujos de sangre y devuelve a la vida a la hija de Jairo, el jefe de la sinagoga de los judíos. Jesús se proclama el mensajero de Dios que anuncia a su pueblo la superación de la enfermedad y de la muerte. Muchos enfermos continuan sufriendo y muchos se hunden cada día en la muerte. Pero el mensaje de Jesús permanece válido para todos los que creen. Pero ¿quién nos asegura que todo eso es verdad?

Tocamos el tema delicado de la fe. Fijémonos en la mujer del evangelio, que está convencida que tocando el vestido de Jesús se curará. Y así sucede. Y Jesús le dice claramente: “Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y con salud”. Al padre angustiado por la muerte de su hija, Jesús le dice: “No temas, basta que tengas fe”. Y pudo abrazar de nuevo a su hija. Creer es darse, entregarse, hacer confianza, lanzarse al vacío, seguros de que Dios nos recibe en sus manos, nos acoge y nos salva. Quienes celebramos hoy el día del Señor, su victoria sobre el pecado y la muerte, se nos pide que con nuestra vida demos testimonio de la fe que profesamos y que digamos al mundo que Jesús ofrece la vida que no acaba, más allá de la muerte y de la enfermedad.

P. Jorge Gibert, OCSO


Solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista

“Estaba yo en el vientre, y el Señor me llamó; en las entrañas maternas y pronunció mi nombre”. Estas palabras del profeta Isaías las utiliza hoy la liturgia para presentar la figura de Juan el Bautista, el Precursos del Señor. La Iglesia cristiana normalmente acostumbra a celebrar la memoria de los santos en el día aniversario de su muerte, para indicar que su santidad queda consagrada en el momento de participar con Jesús en el misterio de la muerte. Sin embargo Juan el Bautista ha merecido que se celebre también su nacimiento gracias al relato de san Lucas de la visitación de la Virgen María a su prima Isabel, esposa de Zacarías y madre de Juan, durante la cual Juan fue llenado por el Espíritu de Dios estando aún en el seno materno.

    El evangelio de hoy recordaba que Juan, siendo aún joven se retiró al desierto de Judea, y llamado por Dios, predicaba junto al Jordán, invitando a los hombres a recibir un bautismo de agua como signo de conversión de los pecados, en la espera del juicio de Dios. Por medio de Juan, desde el desierto, Dios mostró a los hombres su designio de salvación. El desierto, para los antiguos, era la antítesis de la ciudad, obra de los hombres y construida según un determinado orden, que podía ofrecer seguridad y bienestar. Pero la salvación que Dios ofrece no es fruto del esfuerzo humano, sino don gratuito de Dios y por eso el desierto es el lugar más idóneo para anunciar la generosidad del Señor. Con su predicación Juan dispone a sus oyentes a fin de que puedan acoger al Mesías ques está por llegar, al enviado de Dios que dará en plenitud la salvación anunciada.

    La misión de Juan no fue nada fácil, pues fue llamado a ser el precursor de Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, el salvador de todos los hombres. No es fácil ser precursor. A Juan un día le preguntaron: ¿Eres el Mesías, o uno de los profetas? Y con una enorme dosis de sensatez y de honestidad reconoció que no lo era. Al insistirle para que dijera quien era, contesto con palabras entresacadas del libro de Isaías: “Una voz grita en el desierto, preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y colinas, porque todos verán la salvación de Dios”. Juan es voz que anuncia, precursor, no Mesías ni profeta. En esto radica su grandeza.

Juan, en el ejercicio de su misión, conoció momentos de zozobra, de oscuridad, en la dificil tarea de preparar el camino de Jesús. Su misión terminó, pero su mensaje de conversión para poder recibir a Jesús permanece actual. Juan es como un vigía, un centinela que advierte, que invita a estar preparados para que, cuando llegue el momento, podamos aprovecharnos de la salvación que ofrece Jesús. Juan, con su vida, con su fidelidad a la misión recibida continua indicando a Aquél que salva, a Jesús, que está ya en medio de nosotros. Ciertamente sabemos quién es Jesús, hemos oído hablar de él, somos sus discípulos, recibimos sus sacramentos, pero todavía no le conocemos de modo suficiente, hemos de aprender a conocerle mejor. Que el ejemplo de Juan, el Precursor nos lleve a Jesús, nos enseñe a ser fieles a la vocación recibida, a trabajar sin desanimarnos hasta participar plenamente en la redención que Jesús nos ofrece, en la vida que no tiene fin.

P. Jorge Gibert, OCSO


Domingo X del Tiempo Ordinario - Ciclo B


“Caminamos sin ver al Señor, guiados por la fe”. Estas palabras del apóstol Pablo ayudan a entender, de alguna manera, la vida de los creyentes en este mundo concreto y por lo tanto obligado a asumir las responsabilidades que incumben a todos los humanos. Lo que ha de distinguirnos de los demás hombres es nuestra fe en el Señor, nuestra esperanza en sus promesas, mientras nos dirigimos hacia el encuentro definitivo, que nos aguarda al final de nuestro caminar. Todos sabemos que llegará el momento en que, como dice Pablo, dejaremos el destierro de este cuerpo para vivir junto al Señor. El pensamiento de la muerte y del juicio debería despertar en nosotros, como decía el apóstol, la voluntad de esforzarnos en agradar al Señor, la fuerza necesaria para ser responsables y coherentes con nuestras ideas, nuestros deberes, y sobre todo con nuestra fe, y así poder alcanzar la satisfacción de haber aprovechado nuestra existencia y de no haber perdido nuestro tiempo.

San Marcos, en el evangelio, ha recordado que Jesús exponía a sus oyentes su mensaje con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado. En su ministerio, Jesús escoge imágenes vivas, entresacadas de la vida cotidiana, para conducir a sus oyentes al misterio del Reino de Dios que había venido a anunciar. Hoy son dos las parábolas que invitan a entender como actua el Reino de Dios.

En la primera, habla de la semilla que ha sido echada en la tierra y que, mientras los humanos, y con ellos el mismo sembrador, siguen los avatares de la vida cotidiana, en el silencio y en la aparente ineficacia, sigue el curso natural su desarrollo y crecimiento, que le lleva a su total perfección, a pesar de las dificultades y resistencias que puedan presentarse. En el momento oportuno la mies estará preparada para que la hoz pueda entrar en acción. Así ocurre con la Palabra de Jesús, sembrada primero por él mismo, después por los apóstoles y ahora por los ministros de la Iglesia, va germinando en cada hombre mientras se espera el juicio que vendrá un día y que demostrará el resultado. Dios no va en busca de hechos portentosos o de movimientos espectaculares de masas, sino corazones dóciles, capaces de acoger la sencillez de la Palabra, para dar fruto en el momento oportuno.

La segunda parábola subraya la desproporción que existe entre la semilla y el desarrollo que alcanza luego. La semilla de mostaza, la más diminuta, a pesar de su pequeñez crecerá y llegará a ser más alta que las demás hortalizas y los pájaros podran cobijarse bajo sus ramos. El Reino de Dios, la obra que Él quiere realizar en nosotros, tiene una apariencia y unos principios humildes, pero su desarrollo, se nos asegura, será sorprendente. La realidad cristiana se presenta como algo pequeño, débil, aparentemente ineficaz dentro de nosotros mismos y dentro de la misma sociedad humana; pero detrás de ella está el poder del Señor que trabaja en el silencio, sin prisas.

Como ha dicho Ezequiel en la primera lectura, Dios coge el ramito insignificante y olvidado, el que los hombres han dejado de lado, y se convierte en un árbol noble, que humilla a los árboles altos, que seca a los árboles lozanos y hace florecer a los árboles secos. La palabra de Dios invita pues a la esperanza. Las dificultades que podemos encontrar en nosotros mismos y en las circunstancias que nos rodean no han de atemorizarnos. Con humildad, con generosidad, abrámonos a la acción de Dios y, tratemos de colaborar en cada momento, esperando confiados que, en el momento oportuno, podamos recoger el fruto que anhelamos.
P. Jorge Gibert, OCSO


Domingo X del Tiempo Ordinario - Ciclo B


Teniendo el mismo espíritu de fe, según lo que está escrito: “Creí, por eso hablé”, también nosotros creemos y por eso hablamos; sabiendo que quien resucitó al Señor Jesús también con Jesús nos resucitará. San Pablo, en el momento de escribir esta carta a los Corintios, experimentaba que su organismo, - su hombre exterior, como él dice -, se iba deshaciendo, por la fatiga y el desgaste; presentía que se acercaba cada vez más el momento en que su morada terrena se desmoronaría, es decir, que llegaría la muerte y podría pasar a obtener el sólido edificio construído por Dios que tiene duración eterna en el cielo. El apóstol se encara a esta realidad de la vida humana con absoluta tranquilidad, por razón de su fe profunda, fe que le ha asistido en toda su vida y que ahora, hacia el ocaso de la existencia, le llena de confianza, convencido de que quien resucitó a Jesús, también con él nos resucitará a todos nosotros.

La reflexión optimista del apóstol no vale sólo para él. A la luz de nuestra fe en Jesús muerto y resucitado, deberíamos contemplar toda nuestra existencia para vivirla en la esperanza. Nada de lo que hemos hecho, soportado o sufrido, deja de tener valor. Todo contribuye a la gloria que el mismo Dios ha prometido y que, sin duda, un día nos dará. Conviene asumir con fe vigorosa y decidida la realidad de nuestra existencia, realidad que está lejos de ser algo pacífico o entusiasmante, dado que por doquier encontramos huellas de dos realidades negativas que pesan sobre la vida humana: el pecado y la muerte. Para librarnos de ellas Jesús ha llevado a cabo su misterio pascual de muerte y resurrección.

La primera lectura ha evocado la escena del paraíso en que Dios impone al hombre y a la mujer el castigo por su pecado. No es fácil entender esta página de la Biblia. Para el hombre de hoy hablar de un Dios que sale a pasear por el jardín, o de un hombre que se esconde por temor de ese mismo Dios porque está desnudo, o de una serpiente que habla y que con su discurso arrastra a Eva y a Adán hasta un castigo, castigo impuesto por Dios por algo que parece tan poco importante como el haber comido el fruto de un árbol, puede parecer poco serio, como una fábula para niños. Y sin embargo, esta página encierra un mensaje sumamente importante para quien acepte creer en Dios.

El autor del relato bíblico, bajo la inspiración de Dios y sirviéndose de imágenes muy atrevidas desde el punto de vista teológico, intenta decirnos que la tragedia del hombre radica en haber desobedecido a Dios. Al decir «no» a Dios ha desencadenado una alteración del orden primitivo que conduce hasta la muerte. El autor sagrado afirma también que la triste suerte de la humanidad, que experimentamos también cada uno de nosotros, no es toda culpa del hombre. Ha intervenido en esta historia el mal, una potencia maligna, representada por la serpiente en la primera lectura, y a la que Jesús se refiere en el evangelio llamándola Beelzebú o Satanás. Esta fuerza del mal no es un adversario de Dios a su mismo nivel, pero actúa constantemente para tratar de desbaratar la obra de salvación que Dios quiere llevar a cabo. Por esto el Hijo de Dios se ha hecho hombre y, en la persona de Jesús, no duda en entablar combate para vencer el mal.

Esta realidad negativa del mal y del pecado, influye sobre nosotros, nos lleva a relativizar la voluntad de Dios expresada en los mandamientos, nos hace dudar de la misma existencia de Dios, nos induce a contender con nuestros hermanos, apartándonos de la verdad y de la justicia, conculcando la libertad y la dignidad de los hombres. Pero Dios nos da fuerza para saber mantener con firmeza nuestra fe, cumpliendo en todo la voluntad de Dios, y hablando, es decir confesando cuanto creemos. De esta manera podemos debelar el mal en nuestra propia vida y en la vida de los demás, en la medida en que nos sea posible. De esta manera, como nos decía el evangelio, contaremos para el mismo Jesús, seremos algo para él, seremos su madre y sus hermanos.

P. Jorge Gibert, OCSO


Solemnidad del Cuerpo y la Sangre del Señor "Corpus Christi"

“Tomad, esto es mi cuerpo. Ésta es mi sangre derramada por todos”. Las palabras del evangelista Marcos han evocado la cena que Jesús celebró con sus discípulos en la noche que precedió a su pasión, y en la cual llevó a cabo unos gestos significativos. El pan que se fraccionaba y distribuía en todo banquete adquiere una nueva dimensión al afirmar Jesús que es su cuerpo. Del mismo modo, la copa de vino que los comensales bebían al final de la cena, se convierte en la copa de sangre del Maestro, de la sangre de la nueva alianza.

Sin duda alguna, los discípulos, en aquel momento debieron recordar la escena en que Jesús, después de multiplicar panes y peces para satisfacer el hambre de sus seguidores, prometió que daría su cuerpo como comida y su sangre como bebida. Semejante afirmación suscitó entre sus oyentes primero sorpresa, después indignación, y, en consecuencia, muchos de ellos optaron por retirarse, convencidos de que aquél Maestro había ido demasiado lejos en sus pretensiones. Lo prometido en aquel entonces, adquiere realidad en esta cena.

Pero para llegar a entender el sentido real de las palabras de Jesús, fue necesario que los apóstoles pasaran por la dura experiencia de la cruz, del sepulcro y de las apariciones pascuales y comprender así el sentido exacto de lo que el pan y el vino anunciaban, es decir el cuerpo de Jesús desgarrado sobre la cruz y su sangre derramada como signo del amor de Dios a la humanidad, que Jesús había venido a anunciar, sobre todo con su obediencia hasta la muerte, y todo para restaurar la alianza de Dios con su pueblo.

El concepto de alianza es un tema importante que aparece a menudo en la Biblia. Dios, creador del universo, se encontró con que su obra preferida, el hombre, se estaba apartando de él, engreído de su propia realidad, sin darse cuenta que todo era pura gracia del amor de Dios. Éste, sin embargo, no cejó y, a través de los avatares de la historia se acercó al hombre, proponiéndole un pacto de amistad para procurar así su salvación. La Biblia habla sobre todo de las alianzas selladas sucesivamente entre Dios y Noé, Dios y Abrahán, Dios y Moisés. La primera lectura ha recordado la alianza del Sinaí: Dios comunicó los mandamientos a Israel por medio de Moisés y el pueblo se comprometió a obedecer. La aspersión con la sangre del sacrificio que se había ofrecido selló aquella alianza.

Sin embargo el pueblo volvió a ser infiel, olvidándose de los beneficios recibidos, pero Dios se mantuvo fiel y no cejó en sus esfuerzos. Y así el mismo Hijo de Dios se hizo hombre para anunciar los pensamientos de paz y de salvación que el Padre ha tenido siempre. Y como ha recordado la lectura de la carta a los hebreos, Jesús se convierte en mediador de la nueva y definitiva alianza. Con la sangre derramada en la cruz, cancela nuestros pecados y nos hace capaces de poder ofrecer el verdadero servicio al Dios vivo, que puede disponernos a recibir la herencia eterna.

El rito celebrado por Jesús y sus apóstoles en la intimidad del cenáculo, después de Pascua se convirtió en el signo característico de la nueva comunidad de los creyentes, que, asiduos a las enseñanzas de los apóstoles y a la oración, partían el pan con alegría.   Pero recibir materialmente la Eucaristía, comulgar con el sacramento del cuerpo y la sangre de Jesús reclama una respuesta concreta que ha de manifestarse en la vida de cada día. Comulgar no es un gesto mágico que produce efectos especiales. Comulgar es un signo que reclama un esfuerzo personal de cada uno de nosotros. Comulgar significa buscar la unión con Dios, unión que pasa necesariamente por los hermanos. Todo signo reclama la realidad, y ésta no es otra cosa que llegar a ser comunidad, vivir como hermanos, sin reticencias ni limitaciones, sin exclusiones ni discriminaciones. Tarea nada fácil, pero a la que no podemos renunciar si queremos ser fieles a Jesús y a la Eucaristía que nos ha dejado.

 

P. Jorge Gibert, OCSO 


Solemnidad de la Santísima Trinidad
Jornada "Pro Orantibus" por los contemplativos y las contemplativas

“Reconoce hoy y medita en tu corazón, que el Señor es el único Dios, alla arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra; no hay otro”. El libro del Deuteronomio pone en labios de Moisés esta afirmación que propone un mensaje que ha dejado huella no solamente en la historia de Israel sino también en la de toda la humanidad. En efecto, Moisés es el hombre que hizo salir de Egipto a unas pobres tribus esclavizadas por el Faraón; éstas, en la soledad del áspero desierto fueron formando el pueblo hebreo, el pueblo de Israel, que, a pesar de su pequeñez y fragilidad, pudo y supo superar los repetidos ataques y persecuciones de naciones mucho más fuertes y potentes, para llegar hasta el día de hoy, como heredero y portador de una rica tradición espiritual, en cuyo seno apareció Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, venido para salvar a la humanidad entera.

    La fuerza de Israel, la razón que explica su supervivencia, es precisamente su fe en el Dios único, el Dios que le escogió, le guió, lo protegió. La Biblia ha conservado los avatares de esta relación entre Dios y su pueblo escogido, relación hecha de rebeliones, pecados y apostasías, junto con muestras de perdón, de amor y de misericordia. Israel llegó a conocer a Dios, no a través de teológicas formulaciones expuestas por maestros del saber, sino que su fe surgió de la experiencia, ya que ha sentido a Dios junto a sí, en el bien y en el mal, y desde esta realidad vivida ha creído, se ha fiado de Dios. Y esta fe, esta confianza en Dios no quedaron en palabras que arrebata el viento, sino que revisten la decisión concreta de observar los mandamientos, que han entenderse no como imposición de dominio por parte de Dios y de sujección de parte del hombre, sino como respuesta amorosa y libre del hombre a este Dios que se le hace vecino y compañero, con el que mantiene un diálogo de vida.

    Este Dios único, amante de los hombres, ha querido, en la plenitud de los tiempos, hacerse presente en la tierra en la persona de su Hijo Jesús. Por él anuncia con inusitada insistencia su deseo de ser reconocido como Padre amoroso, su voluntad de que los hombres sean en verdad hijos y herederos suyos, participando en la misma vida divina. Y comunica con generosidad su mismo Espíritu, para que enseñe a los hombres a llamar sin miedo a Dios con toda confianza: “Abba, Padre”.

    Pero la historia se repite. Una vez más, el hombre de hoy a menudo cierra los oídos de su corazón y no deja que entre en él la Palabra que salva. Poco a poco, los individuos primero, la sociedad después, vamos marginando al Dios que se ha manifestado en la historia. Podemos constatar como cada vez más se considera inútil e innecesario el Dios que se nos ha revelado. El hombre, para no estar sometido al Dios que le ha dado la vida, la inteligencia y la libertad, en nombre de la libertad que le corresponde como rey de la creación, no duda en escoger otros dioses, ante los cuales se postra, para rendirles homenaje y servicio, para dedicarles su atención, su tiempo y sus energías, ante los cuales no duda en sacrificar incluso su vida y la de los demás. Los nuevos dioses que han suplantado al Dios de la Biblia se llaman dinero, poder, placer, diversión, negocios. Y estos dioses, aunque prometan mucho, al fin de cuentas no son capaces de proporcionar la verdadera vida, la verdadera libertad, que en cambio ofrece el Dios de la revelación.

    Nuestro Dios, el Dios de la revelación, no pide que salgamos de este mundo. Fue él que nos dijo que creciéramos, que llenáramos la tierra y la sometiéramos. A la humanidad le espera una gran labor, la de colaborar con Dios en la promoción del mundo, para que sea cada vez más justo, más humano, pero esta gran obra hemos de hacerla como hijos de Dios, sin renegar de aquel que ha querido ser llamado Padre y hacernos hijos y herederos. Quizás no estará de más que hoy, en la intimidad del corazón, nos examinemos y nos preguntemos con toda sinceridad: ¿a qué Dios adoramos? ¿En qué Dios creemos? ¿a qué Dios servimos?

P. Jorge Gibert, OCSO


Solemnidad de Pentecostés


“Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envio yo. Recibid el Espíritu Santo”. En la tarde del día de Pascua, Jesús se dejó ver por sus apóstoles, que, después de los días de la pasión y muerte de su Maestro, permanecían escondidos en el cenáculo. Fue un encuentro muy distinto de los que habían tenido lugar durante el ministerio por tierras palestinas. El Jesús que se les presentó en aquel atardecer era el vencedor de la muerte, que, después de haber cumplido la voluntad del Padre, iniciaba una nueva forma de estar con los suyos, para hacer llegar a todos los hombres y mujeres el mensaje de paz y vida que el Padre le había confiado. En este primer encuentro con Jesús resucitado, constituido Señor y Mesías, da a los suyos el Espíritu como don pascual. Lo recibieron los apóstoles en el cenáculo aquella tarde de Pascua, y después, de modo oficial, abiertamente, el día de Pentecostés, que hoy conmemoramos.

El libro del Génesis, que abre la historia de nuestra salvación, cuenta que, en el momento de la creación, el Espíritu de Dios aleteaba para suscitar vida en el caos primordial. Este Espíritu de Dios dejó sentir toda su potencia en los patriarcas y profetas, enviados por Dios para ir educando a la humanidad. Este Espíritu descendió sobre la Virgen María para que el Hijo de Dios se hiciera hombre y acampara entre nosotros. Fue este Espíritu que bajó sobre Jesús en el bautismo del Jordán y que le acompaño mientras pasaba haciendo el bien, enseñando y curando. Y ahora, resucitado de entre los muertos entrega este Espíritu a los que creen en él para que continuen su obra en el mundo. Y este Espíritu se ha ido transmitiendo hasta nosotros, que lo hemos recibido por los sacramentos de la iniciación cristiana: bautismo, confirmación y eucaristía. Es este Espíritu que nos hace de verdad hijos de Dios, que, cuando nos dirigimos a Dios, nos hace clamar: “Abba, Padre”.

Si el Espíritu fue el origen y el principio de la encarnación del Hijo de Dios en el seno de la Virgen María, es también principio y origen de la presencia de Jesús en todos y cada uno de los creyentes. En la sobremesa del jueves santo por la noche, Jesús dijo a sus discípulos: “El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él”. Y esta promesa la lleva a cabo precisamente el Espíritu, como dijo: “El Paráclito, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho”. La presencia del Hijo de Dios entre los hombres no ha terminado con la Ascensión de Jesús a los cielos. Está presente en todo aquel que se abra a la acción del Espíritu, pero en el día de hoy, Pentecostés, el Hijo de Dios por su Espíritu permanece entre nosotros, en nosotros, nos hace portadores del Espíritu.

Los relatos de los Hechos de los apóstoles reseñan las maravillas que el Espíritu llevaba a cabo en los comienzos de la predicación evangélica: el don de lenguas, que permitía a los hombres entenderse por encima de las barreras de la existencia de tantos idiomas y modos de expresarse; curaciones de enfermos, resurrecciones de muertos y tantos signos que movían a las gentes a confesar a Jesús, a hacerse bautizar y formar parte de la familia de los creyentes. Y podemos preguntarnos: ¿Existe aún el Espíritu? ¿No se habrá olvidado de nosotros?

No. El Espíritu existe y continúa actuando en nuestro mundo. Es obra del Espíritu que, en un mundo en el que deja sentir su fuerza el neopaganismo del consumo, del edonismo, de las ambiciones y fanatismos, haya tantos creyentes que viven su fe diariamente, hasta llegar a gestos de auténtico heroísmo. Es obra del Espíritu la fidelidad de tantos obispos, sacerdotes, religiosos, padres y madres de familia, educadores, personal sanitario, para citar algunos, que no desmayan ante la tarea que se les pide. El Espíritu existe, y, si hacemos atención, podemos descubrir su actuación en nuestra historia personal, con la misma energía que demostró al comienzo de la Iglesia. El Espíritu está a la puerta y llama, a nosotros toca abrirle la puerta y dejarle que entre y transforme nuestro yo para configurarlo a Jesús, que por nosotros murió y resucitó.

P. Jorge Gibert, OCSO 


Solemnidad de la Ascensión del Señor al Cielo

“Después de hablar a sus discípulos, el Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios”. Con estas palabras el evangelio de Marcos pone punto final al relato de la vida y la actividad de Jesús, el Maestro de Nazaret. Para nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI, estas afirmaciones pueden parecernos poco normales, por lo que se impone una relectura de este texto a fin de entender el mensaje que la Palabra de Dios quiere ofrecernos hoy. Aunque los términos del vocabulario utilizado los conocemos por haberlos escuchado al aprender el catecismo, no estará de más analizarlos de nuevo.

En primer lugar está el término cielo. En la Biblia aparece con dos acepciones distintas: Una es la del firmamento, es decir lo que vemos por encima de nuestras cabezas, por donde discurren, para usar un modo muy primitivo de hablar, el sol, la luna y las estrellas. La segunda acepción entiende por cielo el ámbito reservado a Dios, el cual, aunque no seamos capaces de ubicarlo, supone algo por encima de la realidad en la que vivimos, y en este sentido podemos entender que se diga que Jesús sube al cielo. El sentido de la frase del evangelista es que Jesús de Nazaret, que fue crucificado y que los discípulos vieron resucitado, ha entrado en la intimidad de Dios.

Desde esta perspectiva, la ascensión de Jesús es un aspecto más del misterio pascual, que vincula su victoria sobre la muerte con su glorificación final. En efecto, al vencedor de la muerte le corresponde estar junto al Padre, que lo ha enviado y que, después del aparente fracaso de la cruz, lo ha resucitado. El Hijo de Dios antes de hacerse hombre y estar con nosotros estaba en Dios, junto a Dios. Y mientras vivió entre los hombres no dejó de estar con el Padre. Es justo pues que Jesús regresase junto al Padre.

Pero al regresar junto al Padre, Jesús no da por terminada su obra. No abandona a los suyos. Cierto, han terminado los días en que Jesús pasaba predicando, enseñando, haciendo el bien y curando por tierras de Palestina. Esta función la deja ahora a sus discípulos. Los envía para que pregonen el evangelio por todas partes. Pero no les deja solos, no los abandona. Ahora, que vuelve al Padre, continua de alguna manera con los suyos, por medio de su Espíritu. El evangelista decía que el Señor coopera con sus apóstoles confirmando su palabra con señales y prodigios. El Señor permanece con nosotros en la Palabra que se proclama constantemente y en el Pan eucarístico, partido y compartido. Permanece junto al que sufre y al que es portador de paz y de justicia. Permanece junto al que trabaja para suscitar vida en el desierto de nuestro mundo egoista y cruel. Permanece en el rostro de todo hombre y toda mujer que le busca, ama y espera. Hemos de estar agradecidos porque se ha fiado de nosotros y ha confiado su obra en nuestras manos, nos ha enviado por el mundo para ser signos y testigos de su presencia y de su evangelio que pretender ser camino de salvación para todos los pueblos.

La primera lectura decía que cuando Jesús dejó de ser visto por los apóstoles, éstos se quedaron mirando fijos al cielo. Fue necesaria la intervención de dos personajes que les dijeron: “¿Qué hacéis ahí plantados, mirando al cielo?” Cuantas veces los creyentes mereceríamos una advertencia semejante. Porque podemos estar mirando al cielo considerando que también nosotros, miembros del cuerpo de Jesús, un día estaremos en el cielo con nuestra cabeza, que nos ha precedido. Pero a menudo miramos al cielo dejándonos llevar por nostalgias de tiempos pasados, lamentando nuestras incapacidades, que, de hecho, son excusas para evadirnos de nuestra llamada dejando tranquilas nuestras conciencias. O simplemente miramos el cielo para no ver cuanto queda por hacer en este mundo en que vivimos. Levantémonos de una vez, volvamos a la ciudad como los apóstoles y pongámonos al trabajo, confortados por el Espíritu de Jesús que nos acompaña, para que el mensaje del evangelio llegue a todos y obtenga el fruto que Dios espera.

P. Jorge Gibert, OCSO


IV Domingo de Pascua

“Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando”. Es testimonio unánime que una amistad auténtica es uno de los mayores tesoros de que se puede disfrutar en esta vida. Por esta razón es una sorpresa gratificante que el Hijo de Dios hecho hombre no dude en llamar amigos a aquellos que él mismo escogió para hacer de ellos sus discípulos, sus testigos, destinados a transmitir el mensaje de salvación al resto de los hombres. Con esta afirmación, Jesús muestra además que la relación entre él y nosotros, entre el Salvador y los salvados, es completamente distinta de la que puede darse entre un gobernante y sus súbditos, entre un amo y sus siervos. La relación que ha de existir entre él y nosotros ha de ser la misma que se da entre amigos de verdad.

Al hablar de amistad, Jesús no se refiere a un cierto tipo de camaradería, superficial, que a la primera dificultad se desvanece, sino a un vínculo estable que busca desinteresadamente el bien del otro. Este tipo de amistad no siempre es fácil incluso entre los humanos. Por desgracia, existen personas que, a causa de anteriores experiencias negativas, se sienten frustrados y desconfiados, incapacitados para una auténtica relación de amistad con sus semejantes, y se limitan a mantener un trato interesado y utilitario, que, precisamente por ser tal, deja de merecer el nombre de amistad. Este aspecto de la realidad hace apreciar mejor la novedad que suponen las palabras de Jeús cuando nos invita a entrar en su amistad real y duradera.

Esta afirmación de Jesús aparece como ápice de un discurso en el que entremezcla con insistencia dos conceptos que, a primera vista, parecerían destinados a excluirse mutuamente, como son el del amor, que dice relación espontanea entre personas libres, y el de la práctica de los mandamientos, que entraña sumisión. Con todo, cabe preguntarse si realmente son compatibles amor y mandamientos. Existen quienes no dudan en afirmar que si Dios es el creador de los hombres, si Dios nos ha hecho libres, si Dios es bueno, si Dios ama, no se entiende que pueda imponer preceptos y normas, que coartan la libertad, que impiden actuar según los propios instintos y tendencias, que trate a los hombres como niños incapaces de ser responsables.

En su discurso, Jesús afirma: “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo. Permaneced en mi amor”. Conviene prestar atención a este razonamiento: el Padre ama al Hijo, el Hijo a su vez ama a los hombres. Y de éstos se espera y se les pide que permanezcan en el amor, que mantengan la nueva realidad que Jesús ha venido a ofrecer a los hombres. Y es en este punto que Jesús introduce la propuesta sorprendente: el que quiera permanecer en el amor, ha de guardar los mandamientos. Guardar los mandamientos aparece como el único modo de permanecer en el amor. Y para salir al paso de posibles objeciones y mostrar que lo que pide no es absurdo o incoerente, Jesús se propone a sí mismo como ejemplo concreto y real, diciendo: “Lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor”. Y si él puede hacerlo, no ha de ser imposible tampoco para nosotros.

Y por si pudiera quedar aún alguna duda, y facilitar la aceptación de sus palabras, da un paso más y dice: “Éste es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado”. Amor y mandamientos en la perspectiva de Jesús no pueden oponerse precisamente porque el contenido de los mandamientos no es otra cosa que el amor. Y termins diciendo: “Nadie tiene un amor más grande que el que da la vida por sus amigos”. Esto es lo que él ha hecho, lo que explica el sentido de la venida del Hijo de Dios hecho hombre entre los hombres. Jesús vive para amar, para amar a Dios, que le ha enviado, para amar a los hombres a los que ha sido enviado. Y pide de nosotros que nos dejemos arrastrar por esta corriente de amor, que nos abramos para recibir y para dar amor.

Reconozcamos, como decía el apóstol Juan en la segunda lectura, la iniciativa de amor que parte de Dios, y esforcémonos en amarnos unos a otros, demostrando así que conocemos de verdad a Dios y que tratamos de agradarle de todo corazón.

 P. Jorge Gibert, OCSO



V Domingo de Pascua

“Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada”. El evangelio que leemos en este domingo, proponiendo la imagen de la vid y de los sarmientos, invita a comprender a la Iglesia como comunidad de los creyentes. Jesús se sirve, como en otras ocasiones, de una imagen sacada de la vida real de su pueblo, la imagen de una cepa, algo sumamente familiar a los palestinos del tiempo de Jesús. Para quien la contempla desde el exterior, una vid con sus sarmientos forman una unidad de vida. La vid saca de la tierra la savia vital que comunica a sus sarmientos, para que estos puedan dar el fruto que se espera de ellos. Los sarmientos tienen vida en la medida en que están unidos a la vid. Sólo hay posibilidad de dar fruto: permanecer unidos a la vid. Permaneciendo unidos a Jesús se nos promete la vida, vida que se manifiesta en el dar fruto abundante.

En cambio, si el sarmiento se separa de la vid, ya sea por propia voluntad, ya por la intervención del agricultor que corta y aparta aquellos sarmientos que no producen fruto, a ese sarmiento no le espera otra cosa que la destrucción: el sarmiento inútil se deja secar, y termina en el fuego. Saliéndose un poco de los límites de la comparación, Jesús termina su discurso afirmando que, en la medida en que permanecemos unidos a él, podemos dirigirnos al Padre por la oración y ser escuchados. Si somos sarmientos de la verdadera vid, tenemos libre acceso al Padre, al labrador, que nos conoce y nos ama en la medida que formamos una sola cosa con su Hijo, el predilecto.

El eco de estas palabras de Jesús relativas a la oración se encuentra también en la segunda lectura en la que el apóstol san Juan recuerda que, en la medida en que guardemos sus mandamientos y hagamos lo que le agrada, cuanto pidamos en la oración lo recibiremos de su generosidad. Esta insistencia en el valor de la plegaria tiene una enorme importancia. Creer que Dios nos ha salvado pero dejar el resultado de esta salvación sólo para después de la muerte a la larga podría llegar a desanimarnos. En cambio, cuando Jesús insiste que con la oración podemos pedir cuanto necesitamos, sin miedo, con el atrevimiento propio de los hijos, acerca de alguna manera a nosotros el resultado del misterio pascual del Señor. Éste no queda lejos, está junto a nosotros, podemos acceder a él por la oración hecha en su nombre.

Pero esta oración no es un medio que tenemos para servirnos de Dios según nuestros caprichos y obtener de él lo que nos plazca. La verdadera oración, la plegaria hecha al Padre en nombre de Cristo sólo será tal si brota de una vida de amor profundo que vincule a los hermanos. Conviene entender que nuestra unión con Jesús, en virtud de la cual podemos dirigirnos al Padre en la plegaria, exige una unión real con los hermanos: No amemos de palabra ni de boca, nos decía el apóstol san Juan, sino con obras y según la verdad. Si nos amamos así, si guardamos de este modo sus mandamientos, daremos el fruto abundante que se espera de los sarmientos unidos a la vid.

Hoy, la lectura de los Hechos de los Apóstoles ha recordado cómo Pablo, que en un primer momento fue perseguidor de los discípulos de Jesús, después de que viera al Señor en el camino a Damasco, pasó a ser un ardiente propagador de su evangelio. Pero, como se nos decía, al principio no todos se fiaban de él: sólo cuando su actividad fue aprobada por los apóstoles, cuando no quedaron dudas de que era un sarmiento unido a la vid se le reconoció la misión que había recibido y que mucho contribuyó a la edificación de la Iglesia en la fidelidad al Señor por obra del Espíritu Santo.

La fe en el Resucitado nos vincula con Dios, pero ciertamente también entre nosotros, en cuanto formamos parte, por voluntad de Jesús, de un cuerpo, de un pueblo, la Iglesia. Como los discípulos, después de la experiencia de la Pascua, supieron mantener esta unidad del espíritu en el vínculo de la paz y convertir en realidad la Iglesia, como reunión de todos los creyentes de Jesús, también nosotros debemos esforzarnos para permanecer unidos a Aquel que nos ha llamado y ha salvado por su muerte y su resurrección.

P. Jorge Gibert, OCSO


IV Domingo de Pascua - Domingo del Buen Pastor


“Yo soy el buen Pastor. El buen pastor da la vida por las ovejas”. En la sociedad de la técnica, quizás pueda parecer poco conveniente esta afirmación de Jesús, pero no se puede olvidar que nuestra fe hunde sus raíces en la Biblia, que ésta ha sido escrita precisamente en el pueblo de Israel, un pueblo de pastores. Jesús, para hacerse entender utilizó el lenguaje y las figuras que respondían a su su pueblo, y por esta razón conviene tratar de entender lo que Jesús quiere decir cuando afirma: “Yo soy el buen Pastor”. Un pastor que quiera vivir de su rebaño, ha de vivir para su rebaño. En este interés del pastor por sus ovejas es donde Jesús pone el acento. Un mal pastor, un asaliariado, cuando ve el peligro, huye, piensa antes en si mismo que en las ovejas. Jesús, en cambio no busca un interés material sino una relación personal con cada una de las ovejas, que desemboca en el amor, en la amistad. Y por esto afirma: “Conozco a las mías y las mías me conocen igual que el Padre me conoce y yo conozco al Padre”.

Cuando existe esta relación, llegado el caso, el pastor no duda en sacrificar su propia vida. Dar la vida no es un juego de niños. Y Jesús afirma que él da su vida, la entrega libremente, sin dudar, y la entrega por nosotros, porque nos ama. He aquí el mensaje que Jesús quiere comunicarnos. El misterio de la cruz es un misterio de amor. Porque nos ama se dejó crucificar. Es ley de vida amar y ser amado. Todos deseamos que haya alguien nos ame, alguien en quien descansar, alguien para quien seamos algo más que un número o una cosa. Cuanta gente va por el mundo mendigando amor o amistad sin lograr saciar esta ansia. Y he aquí que el Hijo de Dios, Jesús, nos hace esta confesión: nos conoce, nos ama y por nosotros, dio su vida, libremente, sin dudar. Conviene reflexionar sobre esta afirmación.

Precisamente por este amor que Jesús nos profesa, san Pedro ha podido decir a los judíos que le cuestionaban por haber curado a un enfermo, como ha recordado la primera lectura: “Ningún otro puede salvar; bajo el cielo no se nos ha dado otra posibilidad de salvación sino en Jesús”. Al margen de Jesús de Nazaret, la humanidad puede formular infinidad de teorías, sistemas, ideologías o doctrinas para mejorar el mundo y la sociedad. Pero solamente Él es la piedra que a menudo han desechado los arquitectos del mundo mejor en el que sueña la humanidad, no queriendo reconocer que Dios lo ha puesto como piedra angular, sobre la cual todo tiene que descansar.

Tratando de precisar un poco más el plan de Dios para con el género humano, san Juan, en la segunda lectura, ha recordado que somos hijos de Dios. Casi saliendo al encuentro de las objeciones que una tal afirmación puede suscitar, el apóstol añade que la realidad que comporta ser hijos de Dios, por ahora no podemos comprenderla, se nos escapa, porque aún no se ha manifestado lo que seremos. En efecto, afirma que seremos “semejantes a Dios, porque le veremos tal cual es”.

Cabe preguntarse si es posiblke repetir estas palabras a la gente que vive sin tener un trabajo, a quienes mueren de hambre por el egoismo de unos pocos, a quienes les falta un techo donde cobijarse, a los que mueren cada en tantos lugares del planeta, a quienes son víctimas de discriminaciones por razón de raza, de lengua o de religión. La religión es el opio del pueblo, se ha dicho. Muchos son los que han naufragado ante este mensaje, que aparece difícil de entender.

La respuesta puede encontrarse recordando que Jesús es la piedra angular, fuera de la cual no hay salvación, por quien hemos sido hechos hijos de Dios, que se declara el buen pastor que da la vida por los suyos, a los que conoce y ama, es el mismo que nos invita a dar la vida por los hermanos siguiendo su ejemplo, que nos recomienda practicar la justicia y la verdad, dar de comer al hambriento, de beber al sediento, acoger al forastero, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y a los presos. Es el mismo que nos invita a trabajar por la paz, a tener el corazón limpio, a ser pobres de espíritu.

 P. Jorge Gibert, OCSO


III Domingo de Pascua

“Se presentó Jesús en medio de ellos y les dice: Paz a vosotros. Llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un fantasma. Él les dijo: ¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona”. San Lucas, al recordar la primera aparición del Señor resucitado en medio de sus discípulos, constata que su primera reacción fue de miedo, que se transformó después en sorpresa, porque no acababan de creer en la realidad que tenían ante sus ojos a causa de la alegría. Jesús ayuda a los incrédulos, y no le basta mostrar sus llagas, se deja tocar, e incluso come con ellos. La realidad de Pascua no fue una simple reanudación de la experiencia que habían vivido antes del Calvario. Supone el comienzo de un cambio, una conversión que había de transformar a aquellos hombres, apocados y a menudo reacios a dejarse convencer, en testigos de la voluntad de Dios de salvar al mundo por medio de su Hijo Jesucristo.

En efecto, las experiencias pascuales son la habilitación de los discípulos para la obra que les estaba reservada. Los apóstoles han sido escogidos por Dios para ser testigos de la resurrección de su Hijo, y para poder llevar a término esta misión de modo conveniente era necesario que estuviesen convencidos de la realidad pascual, es decir de la identidad entre el crucificado y el resucitado. Jesús ha resucitado para llevar a cumplimiento todas las promesas que Dios ha hecho a su pueblo para asegurar la vida a aquellos que habían merecido la muerte por causa de sus pecados. Por lo tanto el mensaje de los apóstoles no es simplemente que Jesús vive a pesar de haber muerto, sino que vive para dar vida a todos los que, arrepintiéndose de sus pecados, se conviertan y crean en él.

Hoy, el apóstol san Pedro recuerda que el Dios de Israel, el Dios de los Padres es el autor de la glorificación de su Hijo, el Siervo fiel y obediente, que los suyos habían negado como Mesías y lo habían entregado a la muerte. Si mataron al autor de la vida y dieron libertad a un homicida, lo hicieron por ignorancia pero precisamente su ignorancia sirvió para que se cumplieran los designios de Dios. Ahora se ofrecen los frutos de la redención, y Pedro invita al arrepentimiento y a la conversión, prometiendo el perdón de todos los pecados, incluso el de haber matado al autor de la vida.

Es posible que sorprenda, en medio de la alegría pascual, la insistencia en el recuerdo de los pecados de los hombres, de nuestros pecados. Pero precisamente ahí está la importancia del mensaje pascual. La resurrección de Jesús, su victoria sobre la muerte no es una evasión de la realidad en que vivimos. Cada uno de nosotros conoce su propia historia, sus contradicciones interiores, sus combates entre el bien y el mal. Y si consideramos el mundo en el que vivimos no podemos dejar de constatar el cúmulo de egoísmos, ambiciones, injusticias y violencias que oprimen a los hombres, que arrancan lágrimas y quejas, que son fuente de dolor y sufrimiento. Y toda esta realidad, nos dice la Escritura, es consecuencia de esta actitud del hombre que llamamos pecado, de su desobediencia a Dios. Y el único remedio es Jesús, muerto y resucitado.

Por esto, san Juan, en la segunda lectura, ha recordado que Jesús, el resucitado, víctima de propiciación por nuestros pecados y por los de todo el mundo, está ante el Padre intercediendo por nosotros. Si aceptamos como auténtica esta realidad, si confesamos que conocemos a Jesús, se impone una decisión: hemos de evitar el pecado, hemos de guardar los mandamientos. Aceptar a Jesús, el resucitado, lleva consigo una unión estrecha entre fe y acción. Únicamente así sabremos que conocemos a Dios y que permanecemos en él en íntima comunión.

P. Jorge Gibert, OCSO


II Domingo de Pascua - Domingo de la Divina Misericordia

“Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: Paz a vosotros. Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado”. El evangelista Juan recuerda hoy la iniciativa de Jesús de presentarse en medio de sus discípulos, para ofrecerles el don de la paz, el don mesiánico por excelencia, que Jesús ha obtenido con su victoria sobre el pecado y la muerte. Este encuentro impulsa la fe de los discípulos presentes, los cuales se llenaron de alegría al ver al Señor, una alegría que va más allá del hecho de encontrar de nuevo al Maestro. Jesús, que había sido enviado por el Padre, envía ahora a los discípulos para que convenzan a los demás de la victoria pascual, confortados por el Espíritu que les acompañará en su misión y les capacitará para otorgar el perdón de los pecados, reconciliar a la humanidad con Dios e introducirla en la verdadera paz.

Pero este anuncio suscita la reticencia de Tomás, que no estaba presente en aquel momento. No le basta el testimonio del resto de los discípulos, y afirma que sólo creerá cuando, personalmente, haya podido experimentar lo que afirman sus compañeros. La duda de Tomás ha tenido un valor apologético en la historia de la Iglesia y lo tiene aún para nosotros. El reto de Tomás es aceptado por el Señor, que ocho días más tarde se ofrece a la experiencia del discípulo incrédulo. Éste no sólo acepta el hecho de la resurrección, sino que proclama la dignidad mesiánica de Jesús, al proclamar: “Señor mío y Dios mío”.

El anuncio cristiano descansa sobre el testimonio de los que han visto al Resucitado. La fe pascual de los discípulos es fruto de la experiencia concreta: han visto y han creído. La fe de los que después de ellos han de creer sin haber tenido tal experiencia tiene como fundamento el testimonio de los apóstoles, que reciben del Resucitado la misión de anunciar la experiencia pascual. Estos tales, que somos nosotros, son declarados dichosos. Sin duda habrá muchos que les pasará como a Tomás, que tendrán dificultad en creer sin haber visto. La auténtica fe cristiana se basa no sobre las pruebas sensibles sino sobre la palabra del Señor transmitida de generación en generación. Esta es la realidad que como Iglesia hemos de vivir y testimoniar, en la convicción de poseer el mismo Espíritu comunicado por el Resucitado a sus discípulos la noche de Pascua.

La segunda lectura habla también de la fe. San Juan afirma que el que cree ha nacido de Dios, posee la vida. Esta fe es creer en Jesús, que ha demostrado ser el Hijo de Dios por medio del agua y de la sangre, es decir en el bautismo del Jordán y en la Cruz. Pero la fe en Jesús, la fe que puede vencer al mundo, no es una fe abstracta referida a hechos pasados, sino una fe que anima la vida, que nos lleva a observar los mandamientos, y, sobre todo, que nos lleva a amar a los hermanos con un amor semejante al que Jesús ha demstrado con su vida y su muerte.

Nuestra fe en Jesús ha de manifestarse, no solamente con las palabras, sino en la vida de cada día de todos nosotros, que formamos la comunidad de los creyentes. Lucas, en la lectura de los Hechos de los Apóstoles, describe cómo ha de ser la comunidad cristiana, y el primer criterio es el de la comunión en el vivir, pensar y actuar, que llega hasta poner en común todo lo que poseían: vivían todos unidos y lo tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y lo repartían entre todos. Tal modo de actuar, que va más allá de las tendencias de la naturaleza humana es fuente de alegría para los que la viven, y para los demás motivo de admiración y testimonio que convence a los que aún no creen.

Aunque celebrar la Pascua quiere decir recordar cuanto ha hecho por nosotros el Señor Jesús, también es una llamada a responder con generosidad, para asegurar la vocación que hemos recibido y aceptado en el bautismo, y a trasmitirla con nuestro testimonio a los demás hombres, nuestros hermanos.

P. Jorge Gibert, OCSO



Domingo de Pascua

“El primer día de la semana, María Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo, a quien quería Jesús, y les dijo: Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto”. El evangelio ha hablado simplemente de una tumba vacía y de unos hombres que sólo ven unos lienzos dónde había sido depositado el cuerpo de Jesús. El evangelista afirma: “Vieron y creyeron”. ¿Creyeron en qué? Afirmar la resurrección de Jesús, creer en ella, plantea muchos más problemas de lo que podría parecer a primera vista. Y por otra parte, es el fundamento esencial de nuestra condición de cristianos. San Pablo lo dijo claramente: “Si Cristo no ha resucitado, nuestra fe es vana y somos los más desgraciados de los hombres”.

    Creer en Jesús y en Jesús muerto y resucitado no es fácil. En una ocasión, Pablo de Tarso, se permitió hablar de la resurrección de Jesús ante el Areópago de Atenas, pero sólo cosechó risas e indiferencia. Y con todo, esta es nuestra fe, y no podemos ni debemos de avergonzarnos de proclamarla. A los primeros discípulos se les concedió poder ver al resucitado: “Hemos comido y bebido con él después de su resurrección”, decía Pedro en la primera lectura. Los demás, los que no hemos tenido esta posibilidad, hemos de imitar a Pedro y a Juan, cuando visitaron la tumba vacía en la mañana de Pascua. Vieron sólo el lugar vacío y unos lienzos abandonados. Pero, como dice el evangelista, vieron y creyeron.

    Hemos de ser muy realistas y darnos cuenta de que este cuadro tiene también sus sombras. Pueblos que fueron ejemplares en recibir y vivir la fe de Cristo, como el próximo oriente y el norte de Africa, han dejado de ser cristianos hoy día, o sólo conservan reducidas minorías. Entre naciones que, por su fe profesada y vivida, escribieron páginas gloriosas de la historia, hoy día va decayendo el espíritu cristiano, dejando espacio al escepticismo o a la indiferencia, cuando no a un rechazo de Jesús, de su evangelio, de su resurrección.

    Porque creer en el resucitado no es una cuestión de carácter únicamente intelectual. Jesús resucitado exige un cambio de vida. Exige buscar los bienes de arriba, no los de la tierra, exige morir al pecado, al egoísmo, echar fuera la levadura vieja, la levadura de la corrupción de que habla el apóstol Pablo. Y es aquí donde empiezan las dificultades. Es fácil, o al menos es menos difícil aceptar ideas, principios, afirmaciones. El problema se complica cuando estas ideas reclaman actitudes, tomas de posición, cuando piden que uno se comprometa e inicie un nuevo modo de vida.

    Quienes nos hemos reunido hoy para confesar nuestra fe en Jesús resucitado, lo hemos hecho en fuerza del Espíritu de Dios que él mismo nos ha comunicado, pues sin él no podemos confesar que Jesús es el Señor victorioso. No permanezcamos sordos a la acción del Espíritu, dejémonos llevar por él para vivir una vida nueva como Jesús espera de nosotros.

P. Jorge Gibert, OCSO


Misa de la Vigilia Pascual

“Pasado el sábado, María Magdalena, María la de Santiago, y Salomé compraron aromas para ir a embalsamar a Jesús. Y muy temprano, el primer día de la semana, al salir el sol, fueron al sepulcro”. La fidelidad que demostraron esas mujeres al Señor, permaneciendo junto a él en la tarde del viernes santo, cuando los discípulos se habían dispersado, es la que les lleva a prestar este homenaje al que murió en la cruz. Pero al entrar en la sombra del sepulcro se encuentran con un persnaje vestido de blanco que les dice que el crucificado no está aquí, que ha resucitado y las envía a comunicar a los demás discípulos que va por delante de ellos a Galilea. Buscaban el cuerpo de Jesús y se les dice que ha resucitado. Esperaban encontrarlo en el sepulcro y resulta que les va por delante a Galilea. En lugar de embalsamar un cadáver reciben el nuevo encargo de anunciar la resurrección de Jesús.

Marcos deja entrever la sorpresa, más aún, el espanto y el miedo que tal noticia produce en aquellas mujeres, que salen corriendo, sin tan sólo cerciorarse de que el sepulcro está realmente vacio. En efecto, la buena nueva pascual no es algo que el espíritu humano puede aceptar sin quedar profundamente desconcertado. Para superar esta sorpresa es necesario permanecer en silencio y esperar que Dios ilumine para alcanzar la verdad, y poder después actuar de acuerdo con ella. Esta noche la Iglesia invita a escuchar el anuncio pascual en el ambiente de fiesta y de alegría.

Con los signos de la nueva luz y del cirio, saludamos a Aquel que ha destruído definitivamente las tinieblas y la muerte, que es la luz verdadera que brilla en la tiniebla y alumbra a todo hombre. A la luz de, Resucitado, la liturgia de la palabra ha subrayado algunos momentos y aspectos de la historia de la salvación. Estas lecturas no son una nostálgica mirada dirigida a tiempos pasados, sino una toma de conciencia de la voluntad salvadora de Dios, que a través de los tiempos ha ido preparando la victoria pascual de Jesús.

El relato de la primera creación evocaba la Palabra creadora de Dios, que por su Espíritu fecunda contínuamente el universo; el hombre con sus valores y límites; la intrínseca bondad de la obra de Dios, la cual, no obstante el pecado del hombre que trata de deformarla sin cesar, merece una nueva y definitiva intervención divina, que es precisamente nuestra redención.

La figura de Abrahán, que creyendo en la palabra de Dios, esperando contra toda esperanza, incluso cuando las promesas que se le habían hecho parecía que estaban para ser anuladas por el mismo que las había hecho, es el modelo para nuestra fe personal en la vida de cada día.

El paso del mar Rojo, típica intervención de Dios en la historia para salvar a los que creen en él, es también al mismo tiempo imagen de lo que se realizado en el bautismo que todos hemos recibido.

Los fragmentos del libro de Isaías, del profeta Baruc y del profeta Ezequiel aseguran que Dios no cesa nunca de manifestar su amor, que se ha concretado en la alianza ofrecida a los hombres por Dios y que en Jesucristo ha llegado a ser la alianza nueva y eterna.

Finalmente Pablo explica la relación que existe entre la resurrección de Jesús y nuestro renacimiento espiritual por el bautismo, que nos dispone a vivir una vida nueva por la fuerza del Espíritu Santo que hemos recibido.

Adoctrinados por estas enseñanzas, renovamos las promesas bautismales, para responder con decisión a la llamada de Dios e iniciar una vida nueva.

A nosotros no se nos concede como se concedió a los apóstoles ver con nuestros ojos al Señor resucitado, pero conviene acoger el anuncio de la resurrección con agradecimiento y silencio, de modo que, con el espíritu renovado, con una fe ardiente, podamos ser testigos de la victoria del Señor, anunciando con nuestra palabras y sobre todo con nuestra vida, que el Señor ha resucitado realmente.

P. Jorge Gibert


Viernes Santo


“Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado, traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes.

Nuestro castigo saludable vino sobre él, sus cicatrices nos curaron”. Esta página del libro de Isaías fue objeto de atenta meditación para las primeras generaciones cristianas para entender el escándalo de la Cruz. En efecto, la muerte de Jesús de Nazaret plantea una serie de cuestiones no fáciles de resolver. Sabemos muy bien por experiencia el abismo que existe entre el hablar del triunfo de la Cruz y la realidad de la persecución, del sufrimiento, del fracaso, de la enfermedad, de la muerte, cuando nos tocan de cerca y los experimentamos en nuestra propia carne. Pero el sufrimiento del Siervo de Yahvé no es algo morboso, un complacerse en el dolor y en la contradicción sin más. El texto lleva hacia una visión positiva, anuncia una luz, una salvación para tanta gente, la eficacia de un gesto inaudito, que nuestra sensibilidad acepta con dificultad.

En esta misma línea, la segunda lectura ofrece la descripción de la muerte, no ya de un personaje desconocido, sino del hombre Jesús, el cual, en los días de su vida mortal, ofreció ruegos y súplicas, con poderoso clamor y lágrimas, y, experimentando la obediencia con lo que padeció, fue escuchado por su actitud reverente. El autor de la carta a los Hebreos propone a nuestra contemplación a Jesús, que para llevar a término la propia misión, se comportó como un hombre sujeto a la angustia, al dolor, como el Pontífice definitivo, que entrando en el santuario del cielo, obtiene la salvación eterna para todos los que le obedezcan.

El relato de la Pasión según san Juan ha subrayado el aspecto glorioso de Jesús, que exaltado en la Cruz, atrae a todo el mundo, para manifestar la gloria que el Padre le ha reservado. En la escena del huerto de los Olivos, la afirmación YO SOY, alude a la teofanía del Sinaí, y aunque puede hacer caer en tierra a sus mismos perseguidores, libre y generosamente abraza la suerte que le espera. En su coloquio con Pilato, el Señor no duda en afirmar su realeza mesiánica, cambiando así los papeles, demostrando que es él, Jesús el verdadero juez, y que los juzgados, pero no condenados, son todos los demás, incluído el procurador romano.

La presencia de María al pie de la Cruz y las palabras que el Hijo dirije a su Madre, evocan que ha iniciado el reino de Jesús, la nueva creación, en la cual no falta una mujer, llamada a ser la Madre de todos, y que, al contrario de Eva, será fiel a su vocación. Y Jesús, desde la Cruz anuncia que su obra está cumplida y entrega su Espíritu. En la mente del evangelista, la muerte de Jesús adquiere una dimensión teológica: desde la cruz devuelve al Padre el Espíritu que estuvo presente en su concepción, que se posó sobre él en el bautismo de Jordán, que le acompañó en su ministerio para realizar sus signos, y que, después de su resurrección, dará a todos los que crean en él, como signo de que han llegado los tiempos mesiánicos, anunciados por el profeta Joel.

Hoy, como Iglesia, elevamos nuestras oraciones para acoger a todo el universo, creyentes e incrédulos, cristianos y miembros de otras religiones. La solemne plegaria del Viernes Santo ha de hacernos sentir en verdad católicos, universales, superando los estrechos límites de nuestro habitual egoísmo. Y después de haber orado, veneramos la Cruz, signo de nuestra salvación. La Cruz es  intrumento de la Pasión del Señor y nos invita a recordar su significado. El beso que daremos a Cristo clavado en la Cruz ha de ser un beso que nace del corazón y de la mente, es decir del amor y de la fe. Ha de ser como un compromiso aceptado con seriedad, no una ficción, y menos aún un beso como el de Judas, en el huerto de getsemaní, beso de traición y de muerte.

P. Jorge Gibert, OCSO


Jueves Santo

“Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo”. Hoy, la primera lectura evoca el sentido de la Pascua hebrea, que es un rito antiquísimo, nacido entre pastores nómadas, y que después fue recogido por Moisés como signo de la nueva intervención de Dios en la historia de su pueblo, como fue la liberación del yugo egipcio y el inicio del camino de la libertad. Jesus, en la noche en que iban a entregarlo, sentado en la mesa con sus discípulos, repitió aquel rito pascual dándole un nuevo significado. El pueblo continua necesitado de liberación, Dios está dispuesto a intervenir de nuevo; pero ahora no será la sangre de un cordero el signo que protegerá al pueblo sino la sangre del Hijo del hombre que será inmolado en la cruz. San Pablo, en la segunda lectura, ofrece la versión cristiana del rito pascual, en el cual el pan y el vino son signos del cuerpo y de la sangre de Jesús, que anuncian y hacen presente la salvación que Dios nos ofrece, hasta el momento en que participaremos con Jesús en la gloria del Padre y la salvación será realidad para cada uno de nosotros.

El evangelio de san Juan, en lugar de recordar el rito pascual cristiano, describe la escena del lavatorio de los pies de los discípulos por parte de Jesús, el cual sabiendo que “el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y se pone a lavar los pies a los discípulos”. El gesto de Jesús de lavar los pies de los discípulos significa que ha venido hasta nosotros para servirnos, no para ser servido, ha venido para asumir nuestras miserias, para participar en verdad de nuestra vida humana. Dios, el Creador, ha amado tanto al hombre, al hombre pecador, que se ha puesto a su servicio, ha dado la vida por él, hasta morir clavado en la cruz. “Si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vsotros debéis lavaros los pies unos a otros: os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis”. Jesús no invita simplemente a repetir el gesto material de lavarnos los pies unos a otros. Jesús pide mucho más. Nos pide que le imitemos en su gesto de dar la vida por los hermanos.

San Juan, al substituir, en la narración de la última cena, la institución de la eucaristía por el lavatorio de los pies, quiere indicarnos la exigencia que comporta reunirnos para participar del sacramento del Cuerpo y de la Sangre del Señor. En efecto, ¿de qué sirve asistir a la misa, participar en los cantos, escuchar las lecturas, sumir el pan consagrado, si, al salir de la celebración, continuamos siendo como antes de entrar? A modo de ejemplo: si seguimos pretendiendo ser el centro del universo, imponiendo a los demás nuestro punto de vista o nuestr capricho, si tratamos de continuar medrando en bienes temporales aprovechándonos de la debilidad o de la candidez de los demás, si usamos a los demás como objeto para saciar nuestras pasiones, si no nos damos cuenta que los bienes que la vida a puesto a nuestra disposición han de ser administrados para el bien común y no sólo para nuestro provecho, si nos desentendemos de las obligaciones sociales y políticas, para permanecer en una cómoda traquilidad, qué sentido tiene participar del pan partido que es el cuerpo de Jesús? Que esta celebración del Jueves Santo deje grabadas en nuestro corazón las palabras que Jesús nos ha dicho hoy: “Os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vovotros lo hagáis también”.
P. Jorge Gibert, OCSO

Domingo de Ramos en la pasión del Señor - Ciclo B

“Muchos alfombraron el camino con sus mantos, otros con ramas cortadas en el campo. Los que iban delante y detrás, gritaban:

Viva, bendito el que viene en nombre del Señor. Bendito el reino que llega, el de nuestro padre David. ¡Viva el Altísimo!”.

Ya a finales del siglo IV, el domingo anterior a la Pascua, el pueblo de Jerusalén, con palmas y ramos en las manos, repetía la entrada solemne de Jesús en la ciudad santa, antes de iniciar su pasión. Esta costumbre ha llegado hasta nosotros y, en la procesión, aclamamos a Jesús como Rey y Mesías, tal como lo hicieron las muchedumbres de Jerusalén que le saludaron como Hijo de David, Rey de Israel, entonando jubilosos el Hosanna. Todos ellos habían seguido sus enseñanzas y admirado sus milagros. Pero el triunfo de aquella entrada tuvo un carácter efímero y pasajero. El entusiasmo de los que aclamaron a Jesús el domingo de Ramos no duró, ya que aquellas mismas multitudes, hostigadas por las autoridades del pueblo, solicitaron el viernes santo  su crucifixión. El domingo de Ramos recuerda que Jesús entra en Jerusalén para ofrecerse a sí mismo, humilde y obediente, a la voluntad del Padre. Jesús es Rey, Mesías, Hijo de David, no porqué lo aclaman como tal las muchedumbres, sino porque libremente, por amor, dará su vida en el madero de la cruz.

            El fragmento del libro de Isaías de la primera lectura describía a un personaje del que no se nos da el nombre y que la tradición, tanto judía como cristiana ha decidido llamar “Siervo de Dios”. Hombre notable por su rectitud y su fuerza de ánimo aparece siempre dispuesto a cumplir voluntad de Dios, aunque esto le acarree dolores y ultrajes. La razón de su aguante no es otra que la confianza amorosa que ha puesto en Dios y que le asegura que Dios no abandona nunca a los que él ama. El “Siervo de Dios” ayuda a entender el misterio de Jesús, que se entrega por amor.

            Lo que anunciaba de modo velado la profecía de Isaías, Pablo lo describe con incisivas palabras: Jesús, a pesar de ser Dios y tener conciencia de serlo, no ha dudado en rebajarse, hasta hacerse hombre, pasando por uno de tantos. Sometiéndose a la muerte como cualquier mortal, permaneció fiel hasta dar su vida clavado en la cruz, el ignominioso patíbulo que los romanos habían impuesto. Pero precisamente por esto el Padre lo ha exaltado, le ha dado un nombre que está por encima de cualquier otro nombre y toda la creación se postra ante él.

            Finalmente, la palabra del evangelista Marcos permite seguir paso a paso los últimos momentos de la vida terrena de Aquel que, por amor nuestro, se ofreció al Padre. El texto sagrado invita a seguir los diversos momentos del drama: como se fraguó la traición de Judas, uno de los doce; la cena pascual que anticipa litúrgicamente el misterio de la cruz; la agonía en el huerto y los detalles del prendimiento, juicio y pasión del Maestro hasta llegar al grito angustiado del crucificado, haciendo suya la oración del salmo 21: Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Las lecturas de este domingo nos ayuden a comprender cual ha de ser nuestra actitud, para no entregarlo como Judas, para no negarlo como Pedro, para no abandonarlo como los demás discípulos, para no imponerle la pasión y muerte como las autoridades judías y romanas, para no limitarnos a ofrecer servicios póstumos a un cadáver. Más bien, que como el centurión pagano lleguemos a confesar: Realmente este hombre es Hijo de Dios. La Pasión de Jesús terminó ciertamente para Jesús de Nazaret, el Hijo de Dios hecho hombre,  pero continua teniendo lugar en tantos de aquellos pequeños que él mismo reconocía como hermanos suyos. Sus palabras:”Lo que hicísteis a uno de estos pequeños, a mí me lo hicistéis”, podrían entenderse en el sentido de que lo que me hicisteis un día, hoy continuáis haciéndolo en mis pobres hermanos.


P. Jorge Gibert OCSO

V Domingo de Cuaresma-Ciclo B


“Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo, pero si muere, da mucho fruto”. El texto evangélico que se proclama en este domingo nos sitúa en los días que precedieron a la pasión y muerte de Jesús, y ayuda a conocer los sentimientos que embargaban su ánimo. Seguramente puede sorprender que hable de sufrimiento, de dolor y de muerte. Aunque cueste aceptarlo, dolor, sufrimiento y muerte los encontramos en nuestro mundo, malherido por las injusticias, por el mal reparto de los bienes, los encontramos en los hospitales, cárceles y campos de concentración, en todos los lugares dónde el hombre explota a sus semejantes sin misericordia. A menudo nos preguntamos por qué Dios permite tantas desgracias, y a veces le culpamos a Él de ello, sin darnos cuenta que son nuestro egoismo y nuestra ambición los que causan el mal y el dolor que oprimen el mundo. Hemos nacido para la vida y en nosotros surge imperioso el deseo de la felicidad y del bienestar, pero si no encauzamos debidamente este mismo deseo, en lugar de ser fuente de vida lo será de muerte y desolación.

Sólo desde la perspectiva de la fe es posible comprender y aceptar este misterio de dolor, sufrimiento y muerte. Hoy Jesús intenta explicarnos este aspecto de la existencia, con el simil del grano de trigo que aparentemente muere y se descompone, pero que se convierte en principio de vida, y que alude claramente a su propia experiencia. En efecto, Jesús habla de la próxima glorificación del Hijo del hombre, es decir de sí mismo, y así conduce a sus interlocutores al significado real de los acontecimientos que está para vivir en la Pascua. Para llegar al triunfo de la Pascua Jesús ha de pasar necesariamente por la prueba de la muerte. Por eso proclama: “Cuando yo seré elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí”. La muerte que le espera en la cruz será victoria para él y para todos los que creerán en él.

Pero a pesar de esta visión optimista que Jesús tiene de su propia muerte, el evangelista muestra el aspecto humano de Jesús, sensible a la realidad del dolor y del sufrimiento. Las palabras que pone en sus labios dejan entrever la angustia que embargaba su espíritu: “Ahora mi alma está agitada, y, ¿qué diré?: Padre líbrame de esta hora. Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre”. Vemos a Jesús sumido en una angustia atroz que le desgarra, pero al mismo tiempo, su amor al Padre y a nosotros, le mantiene fiel a la plegaria, para poder ser dócil en el cumplimiento de la voluntad de aquel que le ha envíado.

En este mismo sentido van las palabras de la carta a los Hebreos, que recordaba a Jesús orando a gritos y con lágrimas, presentando oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte. Y se nos dice que Dios le escuchó ciertamente, pero sin ahorrándole la muerte, pues para eso había venido, sino dándole la posibilidad de superarla con la resurrección gloriosa. El autor de la carta se complace en insistir que “aprendió, sufriendo, a obedecer”. Jesús no desmayó ni se hizo atrás, aguantó hasta la consumación: por eso es autor de salvación eterna para todo el que cree en él. El dolor, el sufrimiento y la muerte sólo podemos asumirlos desde la perspectiva de la fe en Jesús. Pero creer significa vivir lo que él vivió y con el mismo espíritu con que él lo vivió. Por eso hoy el evangelio concluye diciendo: “El que quiera servirme, que me siga. El que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna y estará dónde estaré yo”.

Decía Juan que algunos no judíos, venidos a Jerusalén para celebrar la fiesta de Pascua. deseaban ver a Jesús. Ojalá que quienes celebramos hoy esta Eucaristía tengamos también el deseo de ver y conocer mejor al Jesús, en quien creemos, y que es el fundamento de nuestra esperanza, y nos esforcemos en vivir en comunión con sus padecimientos, hasta hacernos semejantes a él en su muerte y en su resurrección.

P. Jorge Gibert, OCSO


IV Domingo de Cuaresma-Ciclo B

“Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él, tenga vida eterna”. La historia de Israel recuerda que cuando cruzaban el desierto hacia la tierra prometida, sufrieron la modedura de serpientes venenosas, y que Moisés, por indicación de Dios, hizo una serpiente de bronce, que colocada sobre un palo, curaba a los que la miraban con fe. La intención de Jesús, al recordar este episodio bíblico, es preparar a los suyos a entender la muerte que le esperaba sobre el leño de la cruz, no insistiendo tanto en lo que suponía para él mismo, sino en lo que signiificaba para nosotros, es decir la promesa de vida y de salvación que nos obtiene. Quién contemple con fe a Jesús elevado en la Cruz, obtendrá la salvación, tal como los israelitas que miraban la serpiente de broce, alcanzaban su curación.

El evangelista nos informa que este signo es manifestación del gran amor que Dios siente por la humanidad, por cada uno de los hombres y de las mujeres, porque Dios no quiere la condenación de nadie, sino la salvación de todos. Conviene insistir en este aspecto, porque, a menudo, debido a una catequesis mal planteada, se ha propuesto una imagen falsa de Dios, descrito como un juez riguroso siempre dispuesto a descargar sobre los pobres humanos su castigo. Este no es el Dios de los cristianos. Hay que repetir con fuerza que Dios ama, que Dios nos busca, que nos ofrece el perdón y la vida. Y si ha de haber condenación para alguien, el evangelista afirma con énfasis, que no será Dios que la imponga. Sólo se condena quien se cierra en si mismo, quien no quiere dejarse iluminar por la luz, quien prefiere las tinieblas a la luz que se nos ha manifestado en Jesús. Quién obra el mal, dice san Juan, se esconde, no quiere que la luz muestre sus obras, y con esto se pone a sí mismo fuera del camino que conduce a la via.

Hoy, la primera lectura invita a recordar que el universo entero es obra del amor de Dios, que en repetidas ocasiones ha buscado el bien de todos. Pero los humanos no queremos escuchar a Dios, preferimos dejarnos llevar por nuestros intereses, por nuestras pasiones, olvidando los bienes recibidos y haciendo el mal. Cuando cosechamos los frutos de tal actitud, nos volvemos hacia Dios, pidiendo ayuda, y Dios vuelve de nuevo a hacer el bien para convencer de una vez. En este forcejeo entre Dios y la humanidad, Dios ha dado la máxima prueba de su voluntad poniendo en nuestras manos a su propio Hijo, al cual hemos clavado en la Cruz, cual gesto de desesperación para ver si, por fin, Dios nos dejaba en paz, si nos abandonaba a nuestra suerte.

Abundando en lo dicho por el evangelista, Pablo insiste en recordar que Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando muertos por los pecados, nos ha hecho revivir con Jesús, y así estamos salvados por pura gracia. Al tema del amor de Dios que salva, que hace lo imposible para atraerse al hombre y hacerle participar de su vida, Pablo añade la dimensión de gratuidad ligada a la salvación. No son nuestras obras que nos salvan, no tenemos ningún título para exigir algo de Dios: sólo el amor libre de Dios, busca sólo perdonar, establecer nuevos lazos de unión y de amor, a pesar de nuestras continuas deficiencias. Salvados por gracia y mediante la fe, Dios espera de nosotros que nos dediquemos a demostrar con hechos la fe que decimos profesar, a cumplir con las buenas obras nuestro agradecimiento por haber sido salvados.

Hay quien piensa que los cristianos, con nuestra fe en el Dios que salva, demostramos tener poca confianza en el hombre, en sus posibilidades. Y en consecuencia se hacen esfuerzos por construir una sociedad en la que Dios queda marginado, sino desterrado. Pero el hombre, dejado a sí mismo, acaba por sucumbir a su egoísmo, y los resultados los podemos ver constantemente en el mundo en que vivimos. Los cristianos no somos pesimistas en relación con la humanidad, sino más bien realistas. En esta fe continuemos nuestro peregrinar, llenos de alegría y confianza, hacia la Pascua ya cercana.

P. Jorge Gibert, OCSO


III Domingo de Cuaresma - Ciclo B


“Yo soy el Señor tu Dios, que te saqué de la esclavitud. No tendrás otros dioses frente a mí”. La primera lectura de este domingo del libro del Exodo, ha recordado los diez mandamientos que Israel recibió de Dios por medio de Moisés, el núcleo de la Alianza que Dios estableció con su pueblo, y sobre el cual descansa tanto la fe de los judíos como la de los cristianos. La Biblia narra cómo Dios, en su misericordia, se fijó en un grupo que gemía esclavizado en Egipto, para hacerle salir al desierto. En su peregrinar, junto a la montaña del Sinaí, y por medio de Moisés, Dios hizo con ellos un pacto para que se convirtieran en un pueblo libre, dedicado al culto de Dios. El decálogo era la norma de este culto deseado por Dios de aquella gente. Es decir Dios esperaba de aquellos hombres y mujeres que viviesen según los principios contenidos en el Decálogo.

Los diez mandamientos era el marco que aseguraba la estructura social del pueblo, la protección de los indefensos y la garantía de la convivencia de la comunidad. El decálogo no es una invención arbitraria que el pueblo habría atribuído a Dios. Los mandamientos contienen los grandes principios de la ley natural, y señalan la base necesaria para que la sociedad humana pueda ser justa y pacífica, y no una selva despiadada bajo la ley del más fuerte. Hay quien opina que un Dios que dice amar, un Dios que llama a los hombres a la libertad, de hecho se contradice al imponer leyes como los mandamientos. Pero libertad no es sinónimo de anomía ni de anarquía. Se puede decir que, según el mensaje bíblico, Dios quiere ser amigo de los hombres y en los mandamientos ha indicado los límites mínimos para agradarle y permanecer en su amistad.

Pero el hombre, por su manera de ser, necesita signos que le recuerden sus compromisos y así apareció en el pueblo escogido una forma de culto celebrado en un santuario, para recordar que el verdadero culto era una vida según los preceptos de la alianza. Pero poco a poco el culto del templo se fue convirtiendo en signo vacío, al faltar la fidelidad en la vida. Aquel culto mereció la crítica de los profetas, por haber quedado reducido a un gesto que tranquilizaba las conciencias de los que no vivían según la voluntad de Dios. Es desde esta perspectiva que ha de entenderse el gesto anómalo y vehemente realizado por Jesús y que sorprendió a sus paisanos y las autoridades del pueblo.

En efecto, Jesús entra en el templo de Jerusalén y expulsa a los que vendían animales para los sacrificios y vuelca las mesas de los que cambiaban monedas para el pago del tributo. Con su gesto, Jesús anuncia que ha llegado el momento del comienzo de un orden nuevo en el ámbito del servicio a Dios. Los responsables del templo, inquietos, le preguntan con qué autoridad se permetía actuar de aquella manera. Y Jesús les dice: “Destruid este templo y en tres días lo levantaré”. El signo que le piden será dado en la resurrección que sigue a su muerte en la cruz, y que abre definitivamente tiempos nuevos de salvación.

El evangelio de hoy termina con una constatación importante. Jesús dice que no se fiaba de todos los que decían creer en él. Sabía que su fe era muy superficial, demasiado ligada a los signos que hacía, no fruto de una adhesión total de amor y obediencia. Los mismos discípulos, que le seguían de cerca, que decían creer en él, cuando sobrevino la pasión, le dejaron, huyeron. Solo el signo de la resurrección les convenció de la potencia del Señor y convirtió sus corazones. Dios nos propone como único signo y única sabiduría a Jesús crucificado, que si no es contemplado bajo la luz de la fe, es escándalo y necedad. Dispongamos nuestra conciencia para aplicarnos más y mejor a vivir según los mandamientos de Dios, de modo que nuestro culto sea testimonio de una fe que se traduce en obediencia.

P. Jorge Gibert, OCSO

II Domingo de Cuaresma


“Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos”. Si el domingo pasado se nos invitaba a recordar el austero ayuno de Jesús en el desierto, hoy se nos invita a contemplarlo en la gloria de la transfiguración. Los días de oración y árdua lucha con la tentación contrastan con la visión de paz y gozo de la escena del Tabor. Los dos aspectos se complementan, porque la Transfiguración no es una evasión de la misión de Jesús ha asumido en cumplimiento de la voluntad del Padre. La gloria de Jesús entre Moisés y Elías, la Ley y los Profetas del Antiguo Testamento, es la gloria del Hijo Unigénito que el Padre no ha dudado de entregar para la salvación de los hombres, sin ahorrarle ni siquiera la cruenta muerte en la cruz. Las palabras que, desde la nube, oyeron los discípulos recuerdan que la obra iniciada por Jesús tendrá un final glorioso, en la resurrección, pero el camino que a ella conduce pasa por la dureza de la cruz, por la pasión que le espera al Señor en Jerusalén.

En la segunda lectura, san Pablo, escribiendo a los Romanos, ofrece una pista para entender las palabras del Padre. Dios nos ama por pura bondad, gratuitamente, a pesar de que somos pecadores, y porque nos ama, ha dispuesto un plan para permitirnos llegar a ser hijos y herederos suyos. Por esta razón ha enviado a su Hijo, el Unigénito, el amado, para que llevase a término la obra de nuestra salvación. Y el Apóstol subraya que Dios no perdonó a su propio Hijo, sino que lo ha entregado por nosotros en el misterio de Pascua, en la muerte y resurrección de Jesús, constituído Señor y Mesías, que está ahora sentado a la derecha del Padre. Por parte de Dios y de Jesús, nuestra salvación es segura, pero a nosotros nos toca colaborar, para hacer nuestra esta salvación que se nos ofrece, mediante la fe que se traduce en buenas obras.

Cuando Pablo se atrevió a decir que Dios no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte, sin duda tenía presente el episodio que ha recordado la primera lectura, el llamado sacrificio de Isaac, que es, sin duda, una de las páginas más dramáticas de la Biblia. La finalidad original de la narración parece ser el deseo de educar a la humanidad en contra de los sacrifios humanos entonces habituales, en una época religiosamente subdesarrollada. El autor del texto sagrado coloca este mensaje en una narración en la que aparecen en juego la fe y la obediencia de Abrahán. El patriarca, que habiendo creído en la promesa que le hizo Dios, había dejado patria, tierras y familia y se lanza a peregrinar, precisamente en el momento en que palpa, por decirlo así, la promesa de Dios en la carne de su hijo Isaac, es invitado a ofrecerlo en sacrificio. Isaac no es únicamente un hijo de Abrahán: es el hijo, el hijo único, el que ama, el hijo de la promesa, el comienzo de la bendición divina. El texto hace sentir lel drama de aquel hombre, que se siente herido en su propia carne, que se siente desgarrado en su propia fe.

Aquel hombre que un día había renunciado a su pasado, es invitado ahora a renunciar a su futuro. Pero Abrahán no duda, su fe es más fuerte que sus sentimientos de padre, y creyendo en la esperanza contra toda esperanza, porque sabe que Dios no puede ser infiel a su promesa y que puede devolver a la vida incluso los que han muerto, no se vuelve atrás. La fe de Abrahan triunfa y recibe de nuevo al hijo de la promesa. La tradición cristiana, reflexionando sobre esta página ha visto en Isaac la figura de Jesús, ofrecido por el Padre y no perdonado, en un sacrificio que sellará para siempre las promesads divinas y obtendrá la salvación de los hombres. En nuestro caminar cuaresmal, mientras tenemos ante nuestra mirada la victoria de Pascua, sin pretender construir tiendas para gozar de la paz del Tabor, sin miedo a renunciar lo mejor de nosotros mismos, dejemos espacio para que el Espíritu de Dios obre en nosotros la salvación, de manera que podamos participar un día en el triunfo del Hijo de Dios.

P. Jorge Gibert, OCSO



I Domingo de Cuaresma


“El Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días, dejándose tentar por Satanás; vivía entre alimañas y los ángeles le servían”. Esta experiencia que Jesús vivió en el desierto está al origen de la cuaresma cristiana. Lo que en un principio fue un tiempo de preparación para los catecúmenos que debían recibir el bautismo la noche de Pascua, y para los penitentes que debían ser reconciliados el jueves santo, se ha convertido, para todos los que creemos en Jesús, en una invitación a la  reflexión y a la conversión, para tratar de descubrir las exigencias del bautismo que un día recibimos, para invitarnos al arrepentimiento de nuestros pecados, para poder llegar a la Pascua con el espíritu renovado.

El relato de la experiencia de Jesús en el desierto que ha conservado el evangelio de san Marcos, aunque muy sobrio, contiene sin embargo los elementos esenciales para comprender lo que representa en el conjunto de la vida de Jesús. En primer lugar habla de la presencia activa del Espíritu Santo, el mismo Espíritu que se posó sobre Jesús en el bautismo del Jordán. El mismo Espíritu, que en el antiguo testamento había guíado a los patriarcas, a Moisés, a los profetas, empuja ahora a Jesús al desierto, para una prueba. Así como Israel pasó cuarenta años en el desierto, después de salir de Egipto, Jesús, que es el verdadero Israel, va al desierto para sostener la prueba de su fidelidad a Dios y obtener la victoria sobre Satanás. Si Jesús puede vencer la tentación es porque posee la fuerza del Espíritu de Dios.

Jesús, en el desierto, como  nuevo Adán, pero fiel a Dios, asume toda la creación para reunirla de nuevo y ofrecerla, purificada y renovada, al Padre. La prueba de cuarenta días en el desierto prepara el encuentro con el Dios de la alianza, que escoge a sus elegidos y les envía para una misión en vista de la salvación de los hombres. Por esto, después de salir victorioso de la prueba, Jesús empieza a anunciar: “Está cerca el Reino de Dios. Convertíos y creed en la Buena Noticia”.

La escena de la tentación de Jesús en el desierto es imagen de la misión que el Padre le encomendó y llevó a cabo. En la segunda lectura, san Pedro ayuda a entender que la existencia de Jesús entre los hombres fue una tentación continua que culminó con la muerte en la cruz. Enviado por el Padre al mundo, proponía a los hombres el camino justo para dejar el pecado y volver a Dios. Pero la humanidad no acepta su invitación. Más aún, porque su predicación ponía de manifiesto la precariedad de la relación de los hombres con Dios, estos no dudaron en infligirle la muerte. Lo mataron como hombre, - la muerte es la gran tentación a la que Jesús aceptó de someterse -, pero como que poseía el Espíritu, lo que parecía una derrota se convirtió en la gran victoria: fue devuelto a la vida, bajó al abismo de la muerte para dar nueva vida a todos los que estaban retenidos por la muerte y el pecado.

En la primera lectura el recuerdo del diluvio universal, el castigo impuesto a los hombres a causa de sus delitos, termina con un mensaje de esperanza. Dios propone a Noé y a los suyos una alianza de paz, de amistad, de perdón. Y Dios se compromete a no volver a castigar a la humanidad, y pone como señal el arco iris. Tal como el cazador o el guerrero que deciden no usar más su arma y la cuelgan del muro, así Dios pone en medio de las nubes su arco, para que los hombres no olviden que tiene pensamientos de paz y no de aflicción. Este mensaje vale también para nosotros, pues aunque nuestra conciencia nos acuse de pecado, hemos de estar seguros de que Dios está bien dispuesto para con nosotros. Ha suspendido su arco, nos ofrece a su Hijo crucificado por nosotros, nos invita a la conversión, a empezar una nueva vida, nos invita a entrar en el combate con Satanás, como Jesús en el desierto, con la seguridad de que la victoria está de nuestra parte, en la medida que sigamos las huellas de Jesús, que nos dejemos convencer por sus palabras, creamos en el Evangelio y nos dispongamos a entrar en el Reino de Dios.

P. Jorge Gibert, OCSO


VI Domingo del Tiempo Ordinario-Ciclo B


“Se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: Si quieres, puedes limpiarme. Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó, diciendo: Quiero: queda limpio. Este relato del evangelio de Marcos aparece como algo insólito en el mundo occidental que ha logrado eliminar o reducir al mínimo esta enfermedad. Además de las consecuencias físicas que entrañaba y por el temor de contagio, la lepra estuvo penalizada con duras prescripciones, como las que ha recordado la lectura del libro del Levítico. Los leprosos debían andar harapientos, con la cara cubierta, viviendo separados del resto de la población, evitando lugares habitados, y, en consecuencia, también el templo del Señor. A las dolencias físicas se juntaba una marginación de la vida social y religiosa.

            No es difícil comprender el estado de espíritu de aquel hombre que se atreve a acercarse al Jesús. Seguramente habría oído hablar de él y de los beneficios que obtenían quienes se le acercaban. A aquel pobre enfermo, hundido en el abismo de su infierno material y espiritual, le quedaba una sola esperanza, y así se atrevió a arrodillarse a los pies de Jesús. Confiesa su fe en la potencia del Señor al afirmar que puede limpiarle; y al mismo tiempo suplica con humildad, consciente que no tiene derecho alguno a obtener lo que desea, diciendo: “Si quieres”.

            El evangelista recuerda la compasión que sintió Jesús. El término que usa Marcos no indica un sentimiento superficial de lástima, sino una conmoción en lo más íntimo de su ser. Jesús ve en el leproso el drama de tantos hombresy mujeres que sufren en el cuerpo y en el espíritu. Y Él ha venido para salvar a estas personas. Repitiendo el modo de expresarse del enfermo, dice: “Quiero, queda limpio”. A las palabras añade un gesto inaudito, tocando al leproso. Según la mentalidad de entonces, tocar a un leproso equivalía a quedar contagiado. Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, ha venido al mundo para tocar la miseria humana, para ser uno más entre nosotros, para darnos la posibilidad de quedar limpios e iniciar una nueva vida.

            Contrastando con la compasión manifestada por Jesús, aparece dura la severidad con que impone al pobre hombre no divulgar el hecho de su curación entre las multitudes, sino comunicarlo sólo a los sacerdotes que, según la ley, debían certificar la curación. Jesús quiere evitar que se interprete mal su acción. Jesús no es un curandero que resuelve puntuales problemas. Jesús encarga al leproso curado la misión concreta de hacer comprender a los sacerdotes, y a través de ellos a todo el pueblo, que el Reino de Dios ha llegado, que los signos anunciados por los profetas se están realizando. El modo auténtico de agradecer el favor recibido no es deshacerse en palabras vanas, sino demostrar con su vida el don recibido.

            Si nos preguntamos acerca del sentido que puede tener para nosotros, hombres y mujeres del siglo XXI, releer esta página del evangelio, conviene recordar que continuan existiendo miles y miles de personas que sufren en su cuerpo graves enfermedades y en su espíritu se sienten marginadas; personas que no hallan ni aprecio ni compasión entre sus hermanos, ya sea por causa de sus propias acciones, ya sea porque no logran integrarse en los parámetros, no siempre justos, que rigen en nuestra sociedad. Jesús ha venido entre los hombres para salvarlos a todos: quiere curarlos, limpiarlos, reintegrarlos en la comunión fraterna.

            Pero, ante todo, es necesario que queramos dejarnos curar. A menudo nos falta la actitud del leproso. En primer lugar hay que tener conciencia de la propia miseria, para decidirnos a dar el paso y acercarnos a Jesús; después, hay que creer en su poder con humildad, no como si mereciéramos su intervención, sino con el espíritu de pobre del leproso. Solo entonces podremos también oir de los labios de Jesús: “Quiero, queda limpio”. No es fácil pero es necesario esforzarnos en mantener siempre la actitud del leproso del evangelio: acercarnos a Jesús con espíritu humilde, sin exigencias ni pretensiones, manteniendo viva la fe profunda en el amor que Dios nos tiene, este amor que todo lo puede y que ha de ayudartnos, día tras día, a superar las deficiencias propias de nuestra condición humana.

P. Jorge Gibert, OCSO


V Domingo del Tiempo Ordinario - Ciclo B


“El hecho de predicar no es para mí motivo de soberbia. No tengo más remedio y, ¡ay de mí sí no anuncio el Evangelio!”. El apóstol Pablo nos recuerda que su vocación supuso la transformación de un fariseo perseguidor de la primera iglesia en un ardiente heraldo de la buena nueva, del Evangelio que Jesús había anunciado con palabras y signos. Pablo está convencido de que su trabajo apostólico significa dar a conocer el Evangelio para participar él mismo de los beneficios que supone para la humanidad la obra de Jesús. Pero esta disposición de Pablo no es algo que atañe sólo a él, sino que caracteriza a toda la Iglesia, desde Pablo hasta hoy: anunciar el Evangelio con decisión y generosidad, sin buscar compensaciones humanas. Al decir Iglesia no hemos de pensar sólo en el papa, en los obispos o en los presbíteros. Todos los bautizados, si hemos entendido qué significa aceptar el seguimiento de Jesús, estamos llamados a anunciar el Evangelio, la Buena Nueva del Reino, con nuestra vida y con nuestra palabra.

Anunciar el Evangelio de Jesús. Es una frase que se repite a menudo pero que conviene comprender su profundo significado. Jesús vino al mundo para salvar al hombre del pecado y de todas sus consecuencias, la más importante de las cuales es la misma muerte que, queramos o no, angustia y oprime el vivir de los hombres. Hoy escuchamos la lamentación de Job, un hombre que representa a todos los hombres y mujeres que a lo largo de la historia y aún hoy día, están sujetos a la fatiga, a la injusticia, al dolor, al sufrimiento, a la desesperación, a la nostalgia, concientes de la brevedad de la existencia, que se encamina fatalmente hacia la muerte. Job describe con metáforas familiares muy expresivas sus penas para las que humanamente hablando no se vé remedio.

Su problema, como el problema de todos los que le asemejan, sólo encuentra solución en la fe, en la acogida de la Buena Nueva que Jesús ha traído a los hombres. Pues Jesús ha venido para salvar al hombre todo entero, no sólo de las contrariedades de la vida presente sino incluso de la nada que parece esconderse detrás de la muerte: Jesús ha venido a ofrecer la vida y una vida que es más vida que la que vivimos cada día, que no conoce ninguna clase de límite, porque es un don de Dios y en Dios.

El Jesús que delinea el evangelio de hoy ofrece tres rasgos que se complementan mútuamente y señalan cómo interpretar su venida entre los hombres. Marcos habla de la oración de Jesús, que se levanta de madrugada, y se retira en descampado para orar, para orar al Padre, como precisan los otros evangelistas. Jesús, por ser quien es, el Hijo de Dios, tiene necesidad de orar, de estar en comunicación intensa y profunda con el Padre que le ha enviado y que le asiste en todo su ministerio. Es en la oración que Jesús recibe la fuerza de predicar, de anunciar el Reino, de invitar a los hombres a la conversión, a volverse hacia Dios y abrirse a su amor. Éste es el contenido de la Buena Nueva de Jesús, éste es el Evangelio que Pablo anunciaba y que la Iglesia de todos los tiempos ha de continuar haciendo llegar a todos los hombres sin excepción, incluso a aquellos que, por considerarse suficientemente adultos, creen poder prescindir de Dios.

Y para que sus palabras no vuelen con el viento y queden en el corazón de los hombres para dar el fruto conveniente, Jesús se prodiga en favor de los necesitados. Primero es la suegra de Simón Pedro que recibe el beneficio de su presencia. Después de ella son todos los enfermos y poseídos de la comarca. Pero Jesús no se para, continua caminando de aldea en aldea para anunciar el Reino, que es para lo que ha venido. El Señor que constantemente se nos acerca en sus sacramentos, quiere levantarnos de nuestra postración espiritual para que vivamos generosamente al servicio del Evangelio, en bien de todos nuestros hermanos.

P. Jorge Gibert, OCSO


IV Domingo del Tiempo Ordinario - Ciclo B


“Jesús, el sábado, fue a la sinagoga a enseñar, y se quedaron asombrados de su doctrina, porque no enseñaba como los escribas, sino con autoridad”. La autoridad que Jesús mostraba al enseñar, quedó confirmada aquel día concreto con la liberación de un hombre que, según afirma el evangelista, tenía un espíritu inmundo. En el ambiente cultural en el que se movía Jesús, se atribuian a espíritus malignos las enfermedades y disturbios que podía padecer la gente. Con este modo de hablar se intentaba expresar que Dios, el Creador bueno y misericordioso, no puede aprobar las enfermedades y demás miserias que afligen a la humanidad. Pero en realidad lo que conviene afirmar es que estas miserias, estos males, de hecho son consecuencia del pecado, que desde el principio hasta hoy, pesa sobre la humanidad, pecado del que Jesús ha venido a librarnos con su muerte y resurrección.

            El evangelista Marcos recuerda que el espíritu maligno reaccionó con violencia contra la persona de Jesús, al que confiesa como el «Santo de Dios», es decir el que viene a destruir el reino del mal, para dar espacio al Reino de Dios. En efecto, Jesús ha venido para vencer el mal, el pecado, la muerte. La lucha es encarnizada y llegó a su ápice en la muerte del Hijo del hombre en la cruz que le preparamos los hombres. Pero precisamente en aquel momento la potencia del mal fue vencida con la esperanza de la victoria que es la resurrección del crucificado, dando comienzo al Reino de Dios. La curación de aquel endemoniado es un anuncio de esta victoria que se perfila a lo lejos y de la que podemos participar.

            Pero el Reino de Dios exige nuestra cooperación. No basta escuchar y admirarse de la doctrina de Jesús. De nada sirve que Jesús con su muerte haya vencido a la potencia del mal, si nosotros nos dejamos dominar aún por el pecado, sea cual sea su naturaleza: egoísmo, ambición, odio, sensualidad, injusticia, mentira. Como invita hoy el salmo responsorial: “Ojalá escuchemos hoy su voz y no endurezcamos nuestros corazones”, para abrirnos a la verdad, para dejar espacio a la vida.

            San Pablo hoy ha hablado del celibato, o si se prefiere de la virginidad. Se trata de un signo del Reino de Dios, que subraya la dedicación total al Señor. El celibato consagrado es un don de Dios, tal como lo es el matrimonio. Es necesario insistir que lo importante no es ser célibe o casado: el auténtico valor consiste en estar abiertos a la llamada de Dios y responder con generosidad., sea cual sea la senda que escojamos.

            Todo lo que hizo y anunció Jesús durante su ministerio por tierras palestinas no es otra cosa que la realización de la promesa realizada por Moisés cuando comunicó al pueblo de Israel: «Un profeta, de entre los tuyos, de entre tus hermanos, como yo, te suscitará el Señor, tu Dios. A él lo escucharéis», como recordaba la lectura del libro del Deuteronomio. El auténtico profeta en la Biblia es aquel que habla en nombre de Dios, que transmite el mensaje que ha recibido de él. Aunque a veces hayan podido anunciar lo que estaba por suceder, su misión consistió sobre todo en ser portadores fieles de la palabra de Dios.

Los profetas con frecuencia denunciaron y criticaron situaciones que no respondían a la voluntad de Dios manifestada en su ley. Por esta razón, fueron personajes incómodos, portadores de inquietud, en la medida que no dejaban dormir en paz a quienes vivían en la mediocridad que se habían construído. Por esta razón, muchos profetas fueron perseguidos e incluso pagaron con su vida la fidelidad a la vocación recibida. Dios continúa suscitando en la historia de la humanidad personajes que anuncian la Palabra salvadora, que indican el camino a seguir para alcanzar la verdad que lleva a la vida. Pero esta misma promesa reclama, de parte nuestra, disponer nuestros ánimos acoger el mensaje que se nos propone y alcanzar la vida que Dios nos ofrece tan generosamente.

P. Jorge Gibert, OCSO


III Domingo del Tiempo Ordinario - Ciclo B


“Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios: convertíos y creed en el evangelio”. Con estas palabras Jesús inició su ministerio por tierras palestinas, y ahora, después de más de dos mil años de Iglesia, este mensaje continúa siendo proclamado, pues no ha perdido su actualidad. No ha perdido su actualidad por parte de Dios, que continua invitando a los hombres a la conversión para que puedan entrar en su Reino, para ser en verdad sus hijos, pero, sin embargo, por parte de la humanidad este mensaje lo hemos ido relativizándolo, banalizando la cuestión.

Por esta razón, la lectura del libro del profeta Jonás, que evoca el relato de la conversión de Nínive, la capital del imperio asirio, puede sernos de ayuda. Si bien puede parecer difícil de aceptar que todos, desde el rey al último habitante de la urbe, adopten posturas de conversión, planeen y realicen un cambio en su existencia, sólo porque a un buen hombre que se las daba de profeta, se atrevió a anunciar la próxima destrucción de la ciudad, el mensaje es que la llamada de Dios a la conversión es una realidad.

Una llamada a la conversión es algo complejo, más grave de lo que parece a primera vista, pues en el fondo exige nada menos que aceptar la idea de un Dios, creador de todo lo que existe, de un Dios legislador que señala a los hombres unas pautas para su comportamiento en la vida de cada día, de un Dios ante el cual, se quiera o no se quiera, habrá que rendir cuentas un día. Y es esto precisamente lo difícil, lo que se rechaza, lo inaceptable.

Si somos sinceros hemos de reconocer que no es fácil aceptar que dependemos de un Dios que, a menudo permanece demasiado tiempo escondido y sólo hace llegar su palabra por medio de personas que no siempre son testigos fiables, o que incluso a menudo barnizan el mensaje con sus propias preferencias. Pero, queramos o no, toda conversión supone abrirse para dejar espacio a Dios en nuestra vida. He aquí el punto neurálgico de la cuestión.

El hombre de hoy vive en un mundo en el que la técnica intenta resolver todos los problemas, y, en consecuencia, deja poco espacio para Dios, que aparece cada vez menos necesario, e incluso a veces como peligroso. En efecto, a menudo se presenta a Dios como un aguafiestas, que desbarata nuestros planes, que parece envidioso del valor, de la libertad y de la felicidad de los hombres. De ahí es fácil insistir con energía en favor de la autonomía del hombre. Seguir por esta linea, avanzar por esta senda puede conducir muy lejos, puede plantear graves problemas y, al mismo tiempo, aportar pocas respuestas y soluciones.

No hemos de cerrar nuestro corazón a la llamada de Dios. Hemos de acoger la advertencia de Jonás a los ninivitas: Conviene convertirse, reconocer ante Dios nuestro pecado y dar comienzo a un nuevo modo de ser. Como un día lo hicieron los corintios, hemos de aceptar la indicación de Pablo de que el momento es apremiante, porque la representación de este mundo se termina. Y también hemos de hacer nuestra la invitación a convertirnos y creer en el evangelio. De lo contrario, nuestra presencia aquí carecería de sentido, sería un formalismo vacio.

Dios nos llama a la conversión, es cierto, pero nos llama también a ser pescadores de hombres, a trabajar para que la llamada, el mensaje, llegue a todos los hombres. Escuchar la llamada no es difícil. Responder a la misma es más complicado. Pues todos tendemos a interpretar la llamada de Dios, haciendo que se acomode en lo posible a nuestro plan, a nuestra conveniencia, aunque para ello haya que mitigar el sentido radical de la llamada de Dios. ¡Cuántas veces queremos hacer nuestra propia voluntad, barnizada de modo que parezca voluntad de Dios, en lugar de ponernos a disposición de Dios, como nos lo muestran los apóstoles e incluso el mismo Jesús! Hoy por hoy tenemos tiempo. Aprovechémoslo para llevar a cabo cuanto el Señor nos pide, nos propone, cuanto espera de nosotros.

P. Jorge Gibert, OCSO



II Domingo del Tiempo Ordinario - Ciclo B

“El Señor se presentó y le llamó como antes: «¡Samuel, Samuel!» Él respondió: «Habla, que tu siervo te escucha». El joven Samuel vivía en el templo dedicado al Señor, pero como dice el texto, no conocía al Señor, pues nadie le había explicado la palabra de Dios. Quizá también nosotros, que frecuentamos a menudo a la casa de Dios, puede darse que no nos apliquemos a escuchar y a entender su Palabra, con el resultado de que Dios sea un desconocido para nosotros, que no progresemos en su amistad y conocimiento, y que cuando nos llame quizá no mostremos interés en responder a su llamada. Samuel, a pesar de no conocer al Señor, demuestra una actitud disponible y no tiene miedo a responder, para él Dios no es un aguafiestas, que puede hacer fracasar todos sus planes e ilusiones. Y el texto termina diciendo que Samuel crecía y Dios estaba con él y ninguna de sus palabras dejó de cumplirse.

En este ambiente de llamada de Dios conviene leer el texto del evangelio de hoy. Consideremos en primer lugar la idea de movimiento que ofrece la escena: Jesús pasa, hace su camino. Y arrastrados de alguna manera por este pasar de Jesús, los discípulos, incitados por las palabras de Juan, siguen a Jesús; éste les invita a ir dónde estaba él, Andrés lleva a Pedro ante Jesús. Este movimiento va acompañado de otra acción: ver, mirar. Juan se fija en Jesús que pasa, Jesús ve a los que le siguen; éstos ven donde vive el Señor, Jesús mira a Pedro. Al final la escena permite encontrar reposo: se quedaron con él. El juego de estos verbos ayuda a entender el sentido de la vocación. La vocación es, sí, una llamada que Dios dirige al hombre, pero éste no pierde su libertad de acción, ha de prestar atención, fijarse, ha de ver, ha de seguir, ha de convencerse, ha de decidirse, sin volver la mirada hacia atrás. Sólo así podrá quedarse, permanecer con el Señor en la paz.

Jesús es el primer llamado, por decirlo así. La llamada que Jesús ha recibido queda definida en la frase de Juan: “Este es el cordero de Dios”: esta frase hace alusión a una serie de referencias bíblicas: Jesús es el verdadero Isaac, ofrecido en sacrificio, es el cordero pascual que significa la liberación de Israel, es el siervo obediente, que dará su vida por su pueblo. Precisamente porque Jesús ha entendido su vocación no se queda parado, pasa, camina, va hacia el cumplimiento de su misión. Los que quieran ir en pos de él, después que han visto el camino y la meta que el Señor ha mostrado han de imitarle, no pueden perder tiempo, han de seguirle, no podrán pararse hasta que se queden con él, allí donde vive.

A menudo, cuando se habla de vocación se entiende sólo de aquellos que abrazan o el ministerio sacerdotal o la vida religiosa. Es ésta una visión empobrecedora. La llamada de Dios va dirigida a todos los miembros del pueblo de Dios, no sólo a aquellos a quienes, en este pueblo de Dios, se les ha de encomendar una función de servicio. Todos los que hemos sido bautizados hemos sido llamados por Dios, para realizar nuestra propia misión en el cuerpo que es la Iglesia. Y esta misión, esta función no es tanto hacer algo, cuanto ser algo, dar a la propia vida un sentido.

La llamada de Jesús, cuando se recibe con fe viva, toca no sólo la inteligencia o la voluntad, sino todo la persona. Un ejemplo lo hallamos en la segunda lectura de hoy, en la que Pablo intenta resolver la práctica de la fornicación, que entorpecía a la joven iglesia de Corinto y demuestra como la fe en Jesús transforma la situación real del hombre. Quién ha seguido a Jesús y ha decidido permanecer junto a él, sabe que su cuerpo, y no sólo el espíritu, es del Señor, porque ha llegado a ser una cosa con él, porque es miembro de su cuerpo. El hombre que ha creído no puede pecar contra su cuerpo, porque ahora está unido al Señor, forma un solo espíritu con él. Tratemos de dar la respuesta justa a la llamada de Dios.

P. Jorge Gibert, OCSO


Domingo del Bautismo del Señor

“Detrás de mí viene el que puede más que yo. Yo os he bauti-zado con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo”. Hoy la Liturgia invita a recordar el bautismo que, según narran los evangelios, recibió Jesús en el Jordan por manos del Precursor, Juan el Bautista. Y cabe preguntarse: ¿Qué puede significar el bautismo de Jesús, para él, y también para nosotros? ¿Y qué significa el bautismo para cada uno de nosotros?

Juan bautizaba con agua a todos los que, después de escuchar su predicación, aceptaban iniciar un camino de conversión para poder recibir, cuando llegara, el prometido Mesías. Y un día Juan vio venir a su pariente, el Hijo de María, para recibir el baño de agua. Y Juan cumplio el rito una vez más. Pero aquel gesto estaba cargado de significado. Apenas bautizado sobre Jesús se oyó la voz del Padre que le reconocía como Hijo amado, como predilecto, y el Espíritu de Dios se poso sobre él, para significar la obra que estaba para iniciar. En efecto, el acontecimiento del Jordan cambió la vida de Jesús, que pasa de la vida escondida en el ambiente familiar a la misión mesiánica; de la tranquila Nazaret a un transitar sin descanso por caminos y campos, pueblos y ciudades; del silencio relativo que acompasaba la rutina de su trabajo de cada día, a un continuo hablar y discutir para comunicar un mensaje de vida y de esperanza a todos los que quisieron escuchar.

Al recordar aquel acontecimiento, las Iecturas de este día nos invitan a reflexionar también sobre lo que significa ser bautizados. El rito de nuestro bautismo entraña también para nosotros un cambio. La teología dice que pasamos del pecado a la gracia, del las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida, que somos hechos hijos de Dios, hermanos y coherederos de Jesús, templos del Espíritu Santo. Pero hemos de reconocer que a menudo no tenemos conciencia de esta real transformación que Dios mismo opera en nosotros. Si no creemos en Jesús, si no queremos abrazar su evangelio de vida, si no nos tomamos en serio todo lo que supone creer, el rito no pasa de ser un gesto banal e inútil.

En el bautismo comenzamos un nuevo camino, enmarcado por la fe en Jesús y en el compromiso evangélico. El bautismo que recibimos un día exige crecer constantemente en la fe, pide dejarnos evangelizar continuamente por la Palabra de Dios, para que nuestra conversión no se detenga nunca, de modo que podamos después ser evangelizadores de los demás hombres. El bautismo nos hace constructores de una sociedad que tiene como cimientos insustituibles la verdad, la justicia, la libertad y la paz. Quien ha sido bautizado no puede colaborar con culturas que se complazcan en la muerte, en la injusticia, en la esclavitud, en la envidia, en el odio, en la violencia, en la guerra, en la división, en la ambición obsesionante, en la búsqueda desenfrenada del placer y de la satisfacción de los instintos. Ser bautizados es un compromiso y hace estremecer la ligereza con la que tantos cristianos, ministros o fieles que sean, que en la práctica se olvidan de la palabra dada y se comportan, como diría san Pablo, como enemigos de la cruz de Jesús.

En el mundo en que vivimos es fácil constatar que Dios, Jesús, el mensaje de vida y de esperanza que nos ofrecen, quedan a menudo marginados como algo inútil, ya superado, pues el hombre llega a considerarse adulto, emancipado, un pequeño Dios, si se quiere, y en consecuencia tiene cosas más importantes en que ocuparse. Por esto es conveniente que hoy tratemos de reflexionar en el compromiso que adquirimos el día de nuestro bautismo, para tratar de responder, para ser fieles a la palabra dada. Dios no deja de reconocernos hijos suyos, de darnos a manos llenas su Espíritu. A nosotros toca responder a esta llamada a la gracia, a la vida.

P. Jorge Gibert, OCSO


6 de Enero: Epifanía del Señor

Al ver la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después, abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro; incienso y mirra”. El nombre oficial de la presente solemnidad es el de Epifanía del Señor, que quiere decir su manifestación a la humanidad. La Iglesia occidental centra su atención en el episodio de la adoración de los Magos venidos de oriente para adorar al Hijo de María, mientras que las Iglesias orientales ponen el acento en el hecho de que todo un Dios ha querido hacerse hombre con su encarnación para salvar a toda la humanidad.

Jesús, el Hijo de Dios nacido de la Virgen María, ha querido manifestarse a toda la humanidad como su Salvador. Si bien, a lo largo de la historia, Dios se ha manifestado de muchas maneras y muchas veces, lo importante es saber reconocer el momento preciso cuando se acerca a nosotros. El evangelio habla hoy de una estrella, de un signo fugaz y pasajero que, en un determinado momento, apareció en el cielo. Pero, según cuenta san Mateo, unos hombres interpretaron aquel signo como señal de alguien que debía salvar a los hombres. No pierden tiempo, emprenden el camino y no cejan, a pesar de las dificultades, hasta postrarse ante el Hijo de María. Y una vez hallado el niño, dice el evangelista, emprenden el regreso a sus lejanas tierras por otros caminos. Su encuentro con el nuevo Rey les ha abierto los ojos, les ha dispuesto el corazón: saben que algo ha cambiado y que les espera un nuevo modo de seguir peregrinando por la vida.

El texto evangélico, además, deja entender que no todo el mundo es como estos Magos de Oriente. Cuando llegan a Jerusalén y cuentan su aventura, Herodes y con él todo Jerusalén se sobresaltan. El anuncio de un nuevo rey preocupa por muchos motivos. Israel, a pesar de tener las Escrituras, permanece en su ceguedad o al menos en su indiferencia. Más tarde Jesús echará en cada a los judíos que no han sabido entender los signos de los tiempos, a través de los cuales Dios se expresa de alguna manera. Herodes, en cambio, parece tomar en serio el anuncio de los magos y se da prisa para evitar cualquier atisbo de competencia. Herodes, como los Magos intento buscar al Niño per con finalidad muy distinta. Unos quieren postrarse ante él, el otro para desahacerse de él. Por no imitar a los Magos en su forma de buscar al Niño, Herodes no pudo conservar el reino terreno y se expuso a perder incluso el celestial.

El pueblo escogido, el pueblo al que iba dirigido el oráculo del libro del profeta Isaías que hemos escuchado en la primera lectura: «Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz, la gloria del Señor amanece sobre ti», para el habían sido anunciados días de gloria y de triunfo, cuando llega el momento al que apuntaban estos oráculos, queda indiferente, ha perdido la esperanza y la capacidad de acoger la novedad. Le basta la rutina de su vida más o menos presidida por sus prácticas religiosas. Y así pierde su oportunidad. En cambio, los gentiles, aquellas multitudes de gentes que no tuvieron la gracia de una elección especial, de un determinado cuidado amoroso de parte de Dios, de la riqueza de la Escritura, saben entender unos signos mudos, como la estrella y hacen maravillas, demuestran una gran agilidad y perspicacia, una capacidad de inventiva y de entusiasmo, se hacen con la herencia, con el derecho de la primogenitura.

Jesús continua constantemente a manifestarse, a lanzar signos y señales para ver si le reconocemos. Cada uno de nosotros conoce su propia historia y sabe qué señales se le han ofrecido. Pero lo importante es saber cómo hemos respondido. ¿Hemos sido como los Magos, capaces de dejar nuestra cómoda situación para seguir la estrella y llegar a Jesús? ¿Hemos quedado indiferentes como los judíos, contentos y satisfechos con nuestra mediocridad? ¿Hemos imitado a Herodes, tratando de arrancar a Jesús de la vida, para afianzar nuestro pretendido poder, nuestra personalidad, nuestro libre albedrío que no acepta quien le ponga límites y trabas? La respuesta hemos de darla cada uno desde el fondo de nuestro corazón.

P. Jorge Gibert, OCSO


1 de Enero: Solemnidad de Santa María Madre de Dios, Año Nuevo 2018

“Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley y hacerlos hijos de Dios”. Nuestro Dios ha querido que su Hijo, su Palabra, por medio de la cual hizo el universo, se hiciese hombre, naciese de una mujer, para que todos sin excepción pudiésemos llegar a ser hijos de Dios y participar de su vida. El telón de fondo de esta escena es el forcejeo entre Dios y la humanidad, entre la gracia y el pecado, la vida y la muerte. Y Dios venció: la redención llegó a su término con la muerte y la resurrección de Jesús, el Mesías. Ahora toca a nosotros hacer nuestra su victoria, y vivir en plenitud la dignidad de hijos de Dios que nos ha dado.

En esta historia de salvación, un lugar muy importante está reservado a la mujer por medio de la cual Jesús vino al mundo. Hoy hablando de la Madre del Salvador, el evangelista ha recordado que María conservaba todas estas cosas meditándolas en su corazón. Con estas palabras, Lucas ofrece una imagen sugestiva de la Virgen María: Ella es la persona abierta totalmente a la Palabra de Dios, que la recibe con un sí hecho de fe y de amor, que la recibe con tal intensidad que se convierte en la Madre de la Palabra divina hecha carne. Ella, María, es también imagen del pueblo de Israel, aquel pueblo escogido por Dios y preparado pacientemente para escuchar la Palabra de Dios y acogerla. Muchos fueron los patriarcas, profetas y justos que a lo largo de la historia escucharon y trataron de acoger la Palabra pero nadie pudo hacerlo como María. En ella Israel, la raíz de Jessé, el tronco de David, dio su mejor fruto: el Hijo de Dios hecho hombre.

Pero esta actitud receptiva y acogedora de María en relación con la Palabra de Dios, fue también para ella motivo de turbación, de sufrimiento, de dolor. La Palabra de Dios es vida y luz ciertamente, pero a veces esta vida y esta luz tardan en manifestarse con todo su esplendor. María se abrió sin reservas a la Palabra de Dios, pero ya desde los primeros momentos del nacimiento de su Hijo, a pesar de los gozosos anuncios angélicos y de la presencia entusiasta de los pastores que fueron las primicias en saludar al Salvador, María, en su corazón meditaba estas cosas, sopesando las sombras que descubría en el plan del Señor. María, en su meditación de las obras de Dios, iba creciendo, preparándose para cuando llegase el momento del si supremo al pie de la Cruz, dónde su maternidad llegaría a su plena y total realización. Desde aquel momento María, Madre del Dios hecho hombre, empieza también a ser Madre del hombre llamado a ser hijo de Dios por el sacrificio supremo de Jesús. Dios ha enviado a su Palabra hecha carne para rescatar a los que estaban bajo la ley del pecado, para hacerlos hijos de Dios, para que pudiesen decir con Jesús, al dirigirse a Dios: Abba, Padre.

El calendario civil ha fijado para hoy el comienzo de un nuevo año. Lo que significa que hoy, de común acuerdo, empezamos a contar un nuevo año. Un período de tiempo que indudablemente está lleno de deseos y esperanzas, pero que comporta también incógnitas, que puede traer contratiempos o dificultades. Gracias a Dios no podemos preveer el futuro. Lo importante es vivirlo puestos nuestros ojos en Él, aceptando de antemano su voluntad, con una actitud semejante a la de María. Hemos de entender este nuevo año como un don de Dios, como una oportunidad para hacer algo útil, para nosotros mismos, para los demás, para la sociedad, para el mundo, para Dios.

La primera lectura ha recordado el texto de la bendición que el sumo sacerdote pronunciaba sobre el pueblo escogido, en las grandes solemnidades. Hoy ponemos nuestra vida, este nuevo año bajo la bendición de Dios, invocando su nombre, para que nos acompañe. El Señor tiene designios de paz y no de aflicción, él quiere el bien de todo lo creado, si bien el mal que pecando hemos desencadenado, estorba a menudo los planes de Dios. Que el Señor nos bendiga y proteja, que nos mire con benevolencia, que nos conceda su favor y su paz, en esta nueva etapa de nuestra vida que es el año 2018.

P. Jorge Gibert, OCSO


Solemnidad de la Sagrada Familia


“Cuando llegó el tiempo de la purificación de María, según la ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén, para presentarlo al Señor de acuerdo con lo escrito en la ley del Señor”. La lectura de esta página del evangelio según san Lucas ofrece algunos rasgos de la vida que el Hijo de Dios hecho hombre vivió junto con María, su Madre, y José, su padre legal, que permiten reflexionar acerca del valor de la vida de familia, que es el núcleo fundamental de la convivencia humana y que hoy, como resultado de una serie de circunstancia de la sociedad, está pasando un momento de crisis. Por esto, la oración colecta que abre la celebración de este domingo invita a imitar las virtudes domésticas y la unión en el amor que muestran Jesús, María y José.

El Hijo de Dios, al hacerse hombre, entró a formar parte de un núcleo familiar, el hogar formado por María y José, lo que llevaba consigo el hecho de quedar integrado en el pueblo judío tal y como era en aquel momento. Es importante subrayar que Jesús no desdeña encarnarse en aquella sociedad, en asumir las prácticas religiosas y humanas que encuentra. A lo largo de su vida pública irá expresando sus modo de pensar acerca de esta realidad. Baste recordar sus intervenciones sobre el reposo del sábado, sobre su opinión sobre el tema matrimonio-divorcio como lo vivía el pueblo, y sobre otras tantas cuestiones. Pero su crítica de la opinión vigente iba precedida por una integración positiva. Se puede decir que su toma de posición se hace desde dentro, como un esfuerzo destinado a convencer a los demás desde la propia experiencia vivida.

En nuestra sociedad es fácil constatar que existen aspectos que no agradan, situaciones que muchos no pueden aprobar y menos aún asumir. Y en consecuencia se adoptan actitudes de desentendimiento voluntario, y cabe preguntarse si este modo de actuar es positivo y, sobre todo, si conduce a algo, si sirve para mejorar el mundo, para construir una sociedad más justa, más humana. Jesús no se comportó así, sino que asumió la realidad de la vida, frecuentó el templo y la sinagoga, habló con todos, comió con fariseos, con publicanos y pecadores. Y fue su modo de comportarse que daba valor a sus palabras y convencía, arrastrando.

En la escena del templo, Simeón dijo a a María, la madre: “Éste está puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten, será como una bandera discutida: así quedará clara la actitud de muchos corazones”. Jesús vino al mundo para transmitir de parte de Dios un mensaje de salvación. Fue consciente, como reflejan los evangelios, que sus palabras, sus gestos, su misma presencia, planteaba a los hombres un dilema. Fue siempre sumamente acogedor incluso de pecadores convictos de sus graves errores. Pero nunca mitigó la dureza de sus enseñanzas, para ser más popular, para convertirse en un demagogo. La cuestión que está en juego no es la de revisar el evangelio para acomodarlo al modo de pensar y sentir del hombre de la calle. Lo importante es aprender a conocer a Jesús, descubrir exactamente quien es, qué mensaje propone y decidirse, una vez por todas, a seguir su propuesta. Y, ciertamente, ésto no es fácil, pues romper con tantas y tantas realidades que hemos ido forjándonos día a día, para abrirnos a Jesús y permanecer junto a él, dejando de lado nuestra propia concepción de la vida, de la realidad, cuesta. Pero Él está ahí, esperando nuestra respuesta. ¿Cómo responderemos?

Hoy, el apóstol Pablo propone el recurso a la plegaria, a la Palabra de Dios, a la corrección fraterna para mantenernos fieles a Jesús. Los consejos que da san Pablo para nuestra vida familiar o comunitaria son sin duda alguna la realidad de aquel grupo familiar formado por Jesús, María y José. Su ejemplo ha de ayudarnos a trabajar sin descanso, a superar nuestros límites, empezando de nuevo cada vez que constatemos que no hemos sido fieles a la vocación de vivir en común.

P. Jorge Gibert, OCSO


Misa del día de Navidad


“Oh Dios, que estableciste admirablemente la dignidad del hombre y la restauraste de modo aún más admirable, concédenos compartir la divinidad de aquel que se dignó participar de la condición humana”. Celebrar la Navidad de Jesús no significa ceder a un enternecimiento ante un recién nacido, sino ponderar el amor inmenso de Dios para con los hombres y mujeres de todos los tiempos, que le ha llevado a hacerse uno como nosotros, invitándonos así a comprender la dignidad de toda persona humana.

El evangelio que se proclama hoy recuerda que el niño que festejamos es nada menos que la misma Palabra de Dios, que estaba junto a Dios y era Dios desde el principio, y que por ella se hizo todo lo que existe, pues es vida y luz para todos. Esta Palabra, anunciada en distintas ocasiones y de muchas maneras a los padres y profetas, se ha hecho presente entre los hombres: ha puesto su tienda, ha acampado entre nosotros, como dice con frase atrevida el evangelista, para que pudiésemos contemplar su gloria, gloria que redunda en bien de la familia humana.

Pero el acontecimiento salvador que la liturgia propone al celebrar la Navidad puede parecer una evasión, una huída cobarde, en el momento en que miramos el mundo en que vivimos. En efecto, sería un escándalo paladear el ambiente navideño encerrados tranquilamente en el pequeño mundo en el que estamos instalados con más o menos comodidad, cuando podemos constatar el sufrimiento en el que están sumergidos tantos hombres, mujeres y niños. En el mundo actual se dejan sentir las consecuencias de la guerra, del hambre, las epidemias, la discriminación racial, la droga con sus sequencias, la violencia de tan variadas formas. Ante esta realidad, cabe preguntarse si verdaderamente el Señor ha venido para salvar a los hombres, y si todos los confines de la tierra han llegado a contemplar la victoria de nuestro Dios.

Pero el evangelista ha repetido: “La Palabra vino al mundo y en el mundo estaba, y el mundo no la conoció. Vino a su casa y los suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si creen en su nombre”. La salvación que Dios ha venido a traer a los hombres no es una remedio mágico que, sin esfuerzo alguno de parte nuestra, lo arregla todo. Nuestro Dios, para salvarnos, ha querido respetar la dignidad y la libertad de los hombres. Dios se ha hecho hombre para proponer al hombre poder ser hijo de Dios, es decir comportarse según la voluntad de Dios. Pero no siempre hemos sabido comprender este mensaje. La humanidad se entretiene en considerar innecesario depender de Dios y de su ley, lo que la lleva a no respetar la dignidad de los otros, a los que trata de someter a su antojo, conculcando el derecho y la justicia. Actuando de esta manera no podemos pretender que la salvación de Dios opere en el mundo.

Si queremos acoger y vivir el mensaje de Navidad, hemos de ponernos con humildad ante el Dios hecho hombre y pedirle que nos ayude a aceptar su voluntad, que nos enseñe a hacer a cada uno de nuestros hermanos lo que deseamos que se nos haga, lo que él mismo hizo por todos y cada uno de los que encontró durante su paso por este mundo y que plasmó en su precepto: amaos como yo os he amado. En efecto, la Navidad recuerda dos cosas que conviene tener presentes: en primer lugar, el amor que Dios tiene a los hombres, hasta el punto de hacerse él mismo hombre, para que el hombre llegue a ser hijo de Dios; en segundo lugar, la dignidad de la persona humana, ante la cual Dios ha manifestado siempre un respeto y una delicadeza extraordinarias.

Tratemos de convertirnos, es decir, de abrirnos para acoger la Palabra que viene a nosotros y dejar que esta palabra acampe entre nosotros, en nuestra vida, que nos dirija en nuestro quehacer cotidiano, que nos haga sus colaboradores para promover todos los días las condiciones de justicia y derecho que permitan ser una realidad la salvación que Dios nos ofrece, en su hijo hecho hombre como nosotros.

P. Jorge Gibert, OCSO


Misa de Nochebuena

“Oh Dios, que has hecho resplandecer esta noche santísima con el resplandor de la luz verdadera, concédenos gozar tanbién en el cielo a quiene hemos experimentado este misterio de luz en la tierra”. La liturgia romana, desde hace siglos, recuerda en esta noche el nacimiento del Hijo de Dios hecho hombre. Aquel nacimiento fue un acontecimiento único e irrepetible. En efecto, para nosotros, cristianos, el tiempo es una realidad lineal que comenzó con la creación del universo y terminará con la segunda vuelta de Jesús, y en esta línea, que es la Historia de nuestra salvación, muestra en su punto central el hecho de un Dios que se hizo hombre para salvar a toda la humanidad.

San Lucas ha recordado a unos pastores que, mientras guardaban sus rebaños, vieron como la ocuridad de la noche se rasgaba para dar paso a una inusitada claridad, con un ángel que anunciaba el nacimiento del Salvador del mundo. A estos pastores se les anuncia que ha nacido el Salvador del mundo, su Salvador, pero al mismo tiempo se les indica que sólo hallarán un niño envuelto en pañales y acostado en el pesebre. A menudo, las promesas que Dios hace, en un primer momento causan desilusión, porque solamente vemos unos signos, unas señales que, en su pequeñez, simplemente preludian la gozosa realidad que en su momento nos será concedida.

Dios, fiel a su palabra, ofrece este nacimiento como el comienzo de una nueva etapa de la historia de la humanidad. Pero este don reclama la fe, para evitar el escándalo de ver únicamente los comienzos humildes de la gran obra de Dios. En brazos de María los pastores vieron sólo un recién nacido. Pero aceptan el signo, creen que él será realmente el Salvador de los hombres, y dan gloria a Dios por lo que habían visto y oído. Así iniciaba con gran sencillez la realidad de la Iglesia, toda ella hecha de signos y señales, que constantemente reclaman la fe, una fe que no quedará confundida y que alcanzará su pleno cumplimiento.

Como aquellos pastores también nosotros recibimos el mensaje del ángel; como ellos, aún sólo vemos signos: los dones del pan y del vino que están sobre el altar y que para nosotros son el cuerpo y la sangre de Aquél cuyo nacimiento como hombre saludamos. Y de este modo sencillo nos unimos a la fe de los pastores y damos gloria a Dios por todo lo que ha prometido, ha realizado y realizará aún hasta llegar a su cumplimiento definitivo.

San Pablo decía en la segunda lectura que esta gracia de Dios que saludamos con el corazón henchido por la alegría de la fiesta de Navidad, está destinada a nuestra salvación y la de todos los hombres. Este don que Dios nos hace en su Hijo hecho hombre nos pide renunciar a una vida que deje de lado a Dios y a su voluntad y nos sumerja en los deseos y exigencias de un mundo configurado de espaldas a Dios. Y el apóstol nos apremia para que comprendamos, dado que urge, que Dios lo espera, que nuestra fe, si es auténtica lo exige: de ahora en adelante conviene que nuestra vida sobria, en relación con nosotros mismos, sin dejarnos llevar por el mal que anida en nuestro interior; una vida justa y honrada, con respecto a todos nuestros hermanos los hombres, buscando lo que es bueno, justo y noble; finalmente una vida piadosa con respecto a Dios, dándole el espacio, el lugar que le corresponde, presidiendo nuestro ser y nuestro hacer. Es así como podremos esperar con confianza y con alegría el cumplimiento de lo que significa realmente el nacimiento de Jesús, es decir la manifestación gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo, que vendrá un día para hacernos participar de su vida, de su luz, de su gloria.

P. Jorge Gibert, OCSO



IV Domingo de Adviento


“Dile a mi siervo David: Así dice el Señor: ¿Eres tú quien me va a construir una casa para que habite en ella? Te haré grande y te daré una dinastía”. El rey David, después de vencer a sus enemigos, reunificar a Israel y establecer la capital en Jerusalén, deseaba construir un templo para el Señor, su Dios. Pero el Dios de Israel, que es nuestro Dios, no tiene necesidad de templos materiales, pues está presente en todo el universo. Nuestro Dios es el Dios del éxodo, de la salida de toda instalación que no esté cimentada en Dios. Nuestro Dios no puede aceptar iniciativas humanas que tiendan a servirse de Dios para sus propios fines en lugar de servir a Dios y cumplir con generosidad su voluntad.

El mensaje que contienen las palabras del profeta Natán a David continúa siendo válido para nosotros. Lo que interesa no es tratar de construir estructuras o ideologías, sean religiosas o socio-políticas. Lo que Dios quiere es una casa, una familia, un pueblo de hombres libres que vivan en la justicia, en el derecho y en la paz. Para realizar este proyecto, Dios promete a David una casa, una dinastía perpetua. Que esta promesa no se refería a un reino terreno lo demostró la historia, pues se hundió el estado fundado por David, permitiendo así al pueblo escogido y después a los cristianos ver en esta promesa el anuncio del Mesías, del Hijo de Dios hecho hombre, Jesús, el hijo de María, a quien confesamos Señor y Rey.

Pero Dios, en su obra salvadora, cuenta siempre y en todo lugar con la humanidad para que colabore libremente a su llamada. El evangelio de hoy ha recordado el anuncio del ángel a María, evocando cómo Dios pedía a toda la humanidad, representada por la doncella de Nazaret, su consentimiento a la obra de salvación. El amor, la plenitud y la fidelidad de Dios se encuentran con el amor, la humildad y la disponibilidad de María, haciendo posible la salvación, que, a decir verdad, aún no ha mostrado para todos toda su real dimensión.

María es imagen de la Iglesia, formada por todos los creyentes, la verdadera casa de Dios. Pero es necesario que también nosotros, como María, sepamos responder con un si generoso, hecho no sólo de palabras sino sobre todo de acción, de obra. Abrámonos a la solicitud de Dios, acojamos con la misma generosidad de María el misterio del Hijo de Dios hecho hombre, que el apóstol Pablo, en la segunda lectura ha definido revelación del designio divino, mantenido secreto durante siglos eternos y manifestado ahora para atraer a todas las naciones a la obediencia de la fe.

La cercana celebración de la Navidad del Señor, a la luz de la revelación cristiana, ha de hacernos sentir que somos en verdad casa de Dios y, a la vez ha de hacernos sensibles al valor de la dignidad de todos y cada uno de los hombres, que son en definitiva nuestros hermanos. La realidad del misterio de la Navidad ha de hacernos más humanos, y ha de romper las murallas que nos encierran en el reducto triste de nuestro egoísmo y nos impiden ver y amar en los hermanos a aquellos a quien Dios ama, y por los cuales ha querido ser el Emmanuel, el Dios con nosotros.

Un día nuestra existencia llegará a su fin y nos encontraremos cara a cara con Dios, principio y fin de nuestra existencia. Pero este encuentro no ha de ser motivo de temor o de angustia, precisamente porque, hace más de dos mil años, este mismo Dios quiso hacerse hombre, quiso participar de nuestro vivir, para ayudarnos a dar un sentido a nuestra existencia que pasa. Celebremos la Navidad ofreciéndonos a Dios como una casa abierta y acogedora, viviendo esta solemnidad como una anticipación de nuestro encuentro definitivo con Dios, con este Dios que, llevado por su amor, ha querido ser hombre como uno de nosotros. No quedaremos defraudados si decimos si como lo dijo María.

P. Jorge Gibert, OCSO


III Domingo de Adviento-Domingo "Gaudete" de la alegría porque se acerca la Navidad

 “Estad siempre alegres. Que el mismo Dios de la paz os consagre totalmente, hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo”. La liturgia lanza hoy una invitación la alegría, a pesar de las razones que existen para estar tristes y apesadumbrados. En efecto, ¿quién no tiene problemas de salud o de familia, quien no se angustia por las dificultades existentes a nivel económico, político o social en nuestra patria o en los demás países? Pero esta llamada a la alegría está fundamentada en la fuerza de la fe en Jesús, y es por esta razón que san Pablo exhorta a los cristianos de Tesalónica a la alegre confianza porque el Señor es fiel y cumplirá sus promesas.

            La fidelidad de Dios es totalmente gratuita, pero por mucho que Dios quiera salvar a la humanidad, no será posible si cada uno de nosotros no quiere dejarse salvar. De ahí la insistencia en preparar los caminos del Señor, en disponer las voluntades para poder acoger a Dios y a sus promesas. Por esto es necesario no apagar el espíritu, sino que conviene esforzarse en buscar lo que es bueno, evitando toda forma de maldad. San Pablo insiste afirmando que el Señor viene, que está cerca para salvarnos, para hacernos participar de su vida, y lo importante es atender a esta invitación amorosa, dándole una respuesta adecuada.

Hoy, el evangelio evoca de nuevo a Juan, el Bautista, el enviado por Dios para preparar a la humanidad a recibir Jesús. Su actividad suscitó curiosidad e inquietud entre los responsables religiosos de Israel. Sabemos que en el pueblo escogido existía la esperanza de una intervención de Dios por medio del Mesías. Esta esperanza mantenia viva la actitud espiritual del pueblo y de ahi la embajada de sacerdotes y levitas de que habla el evangelio de hoy.  “¿Tú quién eres? ¿Qué dices de ti mismo?”. Les interesaba saber a ciencia cierta si era o no el enviado esperado. Nadie ama vivir en la incertidumbre, y aquellos enviados necesitaban afirmaciones precisas.

 La respuesta del Bautista debió desilusionarlos, porque sus palabras dejan claras muy pocas cosas: que era consciente de no ser el Mesías, ni Elías ni un profeta, pero que al mismo tiempo de que estaba convencido de que se le ha confiado la misión concreta de preceder a este Mesías más o menos esperado, como heraldo que invita a disponerse debidamente. Y utilizando unas palabras del libro de Isaías, proclama: “Yo soy la voz que grita en el desierto: Allanad el camino del Señor”. Pero completa su mensaje afirmando: “En medio de vosotros hay uno que no conoceis, el que viene detrás de mí”. No soy yo, les dice, pero atentos que está ya entre vosotros, y, si no os disponéis debidamente, no lograréis conocerle, aceptarle.

 Desde esta perspectiva el mensaje del Bautista es válido también para las exigencias de nuestra época. Como en todos los momentos en que la fe pierde su vigor y se adormece, crece en el pueblo el hambre por todo lo extraordinario y maravilloso. Y Juan advierte que hay una sola cosa válida: la Palabra del Señor que está en la Escritura. En ella y solo en ella hemos de cimentarnos tanto para vivir el dia concreto como para proyectar el mañana que se acerca. Si queremos preparar el día del Señor, su llegada, hemos de escuchar humildes y abrazar con generosidad, como lo hizo María, lo que el Señor nos ha comunicado a través de la historia y está consignado en las Escrituras. Ojalá sepamos ser auténticos precursores del Señor creyendo, viviendo, anunciado esta Palabra que se nos ha confiado.

           Pero también es válida para nosotros la segunda indicación de Juan a los enviados de Jerusalén. Dios se ha hecho hombre en Jesús y está entre nosotros con su mensaje, con sus sacramentos, con su gracia, pero estamos lejos de haberle conocido. El hecho de vivir en el mundo de la tecnología y del bienestar, mientras millares sufren hambre, sed y toda clase de enfermedades y necesidades, muestra la verdad de la palabra de Juan que en medio de nosotros hay uno que no conocemos. La humanidad, y sobre todo los creyentes en Jesús hemos de hacer un esfuerzo sincero y decidido para descubrirle en su evangelio de justicia, paz y libertad, para creer en él, para vivirlo, predicarlo, y extenderlo entre los hombres, incluso hasta dar la vida como nos enseñó el Bautista.

P. Jorge Gibert, OCSO


II Domingo de Adviento

“Una voz grita en el desierto: Preparad el camino al Señor, allanad sus senderos”. Tanto el libro de Isaías como el evangelio de Marcos recuerdan hoy esa voz que grita en el desierto, invitando a preparar caminos. Para el mundo bíblico, el desierto, con todo lo que comporta, era una realidad cercana y fácil de comprender. Para nosotros, hombres del mundo técnico e industrializado, el concepto de desierto queda lejos. Pero si hacemos caso a los ecologistas, el peligro de desertización está amenazando nuestro mundo concreto. Pero además, existe una desertización que quema y agrieta la tierra de las relaciones humanas. Porque “desierto” es todo lugar en donde, si gritas, nadie te escucha, si yaces extenuado en tierra, nadie se te acerca; si estás alegre o triste, no tienes a nadie con quien compartir. Nuestros corazones pueden convertirse en desierto árido, sin esperanza, sin afectos, relleno de arena, que ahoga y mata.

Desde el desierto, Juan, el hijo de Zacarías e Isabel, invitaba a los hombres de su tiempo a convertirse y a bautizarse para obtener el perdón de los pecados. Su actividad profética anunciaba a alguien que debía venir después de él, superior a él mismo, que bautizaría con el Espíritu de Dios. Ese alguien, como enseñan los evangelios, era su pariente, Jesús, el hijo de María, que confesamos como Señor y Mesías, en cuyo nombre hemos sido bautizados. Jesús vino, anunció la buena nueva, el evangelio, invitó a los hombres a hacer posible la manifestación del Reino de Dios. Pero lo que proponía no era fácil, pues fastidiaba tener que convertirse, no solucionaba los problemas de cada día de manera inmediata y material. Por todos estos motivos, fue rechazado, escarnecido, martirizado y clavado en la Cruz. Pero resucitó de entre los muertos, anunciando que vendría de nuevo, una segunda venida, para el final de los tiempos, que colmaría las esperanzas humanas.

En los primeros tiempos de la iglesia, la esperanza en la segunda venida del Señor y el cumplimiento de sus promesas era viva y animó a aquellos hombres y mujeres a superar las dificultades inherentes al anuncio y difusión del Evangelio, en medio de un mundo pagano y vuelto de espaldas a Dios. Pero sobrevino el desencanto pues todo seguía más o menos igual. Nada de fundamental había cambiado. El fragmento de la segunda carta atribuida a san Pedro que se ha leído recordaba la necesidad de no dejarnos llevar por el desanimo. El Dios de las promesas que es nuestro Dios no dejará de cumplir lo que ha anunciado, vendrá y llevará a término cuanto ha prometido. Esperad y apresurad la venida del Señor, se nos decía, y mientras esperáis, procurad vivir en paz, inmaculados e irreprochables.

Sin embargo, la esperanza cristiana ha sido objeto de críticas. Ha sido llamada opio de los pueblos, ha sido presentada como evasión del compromiso del hombre en la vida real que continua a correr día tras día. Pero esperar, desde la perspectiva del Evangelio, no quiere decir sentarse cómodamente hasta que Dios resuelva sin esfuerzo nuestro los problemas. Ni aceptar sin más las injusticias actuales, confiando obtener un premio en el más allá. Jesús ha hecho sus promesas e invita esperar activamente. La esperanza no es un empeño genérico y abstracto, sino que ha de estar encarnado en la situación presente teniendo en cuenta las promesas de Dios, las necesidades del hombre y la realidad del mundo en que vivimos. La esperanza ha de ser comienzo de una transformación y, bajo la luz del Evangelio, ha de ser pasión, esfuerzo decidido y activo. Al invitarnos a la esperanza, Dios nos invita a asumir nuestros deberes y riesgos para construir un mundo más justo, más humano, aunque cueste. Propone una aventura, nos invita a trabajar para edificar una historia nueva. He aquí la tarea que el adviento del Señor nos propone, para que poco a poco pueda ser una realidad las ansias y deseos que Dios ha puesto en el corazón del hombre.


I Domingo de Adviento

            “Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento. Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa. Lo que os digo a vosotros lo digo a todos: Velad”. Con estas palabras del evangelio de san Marcos, la liturgia de la Iglesia romana inicia el llamdo tiempo de Adviento, que se acostumbra a presentar como una preparación a la celebración de la Navidad del Señor. Pero no se trata de una preparación más o menos folklorística de la fiesta popular que conocemos, ambientada con luces y regalos. El término “Adviento”, de una parte y, de otra, la referencia a la segunda venida de Jesús al final de la historia que el evangelio de este primer domingo se entretiene en recordar, muestran que nos hallamos ante el misterio cristiano del Dios que, por amor, se hace hombre. Naturalmente esta dimensión teológica del tiempo de Adviento solamente puede entenderse desde el ámbito de la fe, que, a su vez, reclama una respuesta, una actitud de acogida para convertir en vida lo que proclamamos con palabras.

            En efecto, para nosotros, cristianos, el tiempo de Adviento quiere recordarnos que nuestro Dios, en el que creemos, del que afirmamos que ha creado el cielo y la tierra, el universo entero con todas las maravillas que encierra, así como a la entera humanidad, ha querido hacerse hombre, y habitar entre nosotros, y esto para ofrecer a todos nada menos que la salvación definitiva, una promesa de vida que abre horizontes no sólo en este momento fugaz, sino también para el más allá nebuloso y difuminado que nos está reservado para cuando llegue el momento de cerrar estos ojos de carne, que son luz en nuestra vida. Desde esta perspectiva es fácil entender porque la liturgia de la Iglesia lanza este grito de advertencia a velar, a esperar, a mantener viva la esperanza, de modo que dejemos espacio en nuestra existencia para este Dios que quiere ser el Emanuel, el Dios con nosotros.

            La vigilancia, la esperanza que la Iglesia, que Jesús mismo pide, quiere referirse a toda nuestra existencia, para que podamos vivirla con plenitud. Pero dificilmente alguien vivirá abierto a la esperanza si, de hecho, se vive satisfecho por tener cubiertas sus necesidades más urgentes. Pero esta no es la situación real de nuestro mundo. Si miramos con atención alrededor nuestro, nos daremos cuenta de que los humanos sentimos nuestra precariedad, miramos con temor el futuro, tenemos la sensación de que todo puede escapársenos de las manos. Y es en este clima que puede enraizar y crecer la esperanza que Jesús nos invita a cultivar.

Esta misma realidad la deja entrever la primera lectura que se proclama hoy. Un antiguo profeta expresa de alguna manera la angustia que atenazaba al pueblo de Israel, en medio de las pruebas que soportaba, pero al constatar su fragilidad, no dejaba de abrirse a la esperanza confiando en un futuro mejor, que sabían que solo podían esperar de Dios: “Todos nos marchitábamos como follaje, nuestras culpas nos arrebataban como el viento... Y, sin embargo, Señor, tú eres nuestro padre”.

            El Señor sabe muy bien que corremos el peligro de dormirnos, sobre todo espiritualmente. Y quien duerme, ni ve, ni oye, ni espera. Vigilar, velar quiere decir esforzarnos por oir en la oscuridad del tiempo presente el eco de los pasos de Jesús que se avecinan. Vigilar es apaciguar el fragor de las tormentas que en nuestro interior levantan el egoismo, el orgullo, la ambición y todas las demás pasiones, para abrirnos a las necesidades de todos nuestros hermanos que comparten junto con nosotros el caminar sufrido de la vida. Vigilar es crear en nosotros un silencio capaz de acoger, como tierra abonada, la Palabra de Dios de modo que produzca frutos y no quede estéril. Vigilar es una actitud fundamental para que nuestra existencia sea de verdad humana, vital, no un simple pasar sin sentido.

            En este momento de la historia en que el hombre cree poder prescindir de Dios, a veces cuesta aceptar la invitación a esperar aún una venida del Señor. Ciertamente, el Señor no vendrá para resolver nuestros problemas y ahorrarnos así cualquier esfuerzo. El Señor vendrá, porque nos ama, para establecer con nosotros un diálogo portador de vida, de salvación. El anuncio de esta venida del Señor debe estimularnos a trabajar denodadamente para hacer más justo y humano el mundo en que vivimos. No cerremos pues nuestros oídos y ni nuestro corazón cuando el Señor repite: “Mirad, vigilad: pues no sabéis cuando es el momento”.

P. Jorge Gibert, OCSO


Solemnidad de Cristo Rey 2017

            “Cuando venga en su gloria el Hijo del Hombre, se sentará en el trono de su gloria y serán reunidas ante él todas las naciones”. La página del evangelio de Mateo que leemos hoy evoca a Jesús bajo un doble aspecto: el de pastor que agrupa su rebaño, separando ovejas y cabritos, y el de juez soberano que, desde la potencia de gloria, se dispone a dictar sentencia sobre todos los pueblos de la historia. La tradición cristiana ha entendido esta página como una alusión al juicio anunciado para el final de la historia, pero más fijarse en los rasgos del juicio que el evangelista utiliza en su descripción, conviene más bien tratar de entender el mensaje contenido en la misma.

            En efecto, el Hijo del Hombre, en el momento solemne en que se dispone a juzgar a las naciones, muestra una sola y única preocupación que es el comportamiento de cada uno de los mortales con relación a su prójimo. Mateo propone en esta escena el mismo mensaje que el evangelista Juan presenta como el testamento final de Jesús, momentos antes de ser entregado para ser crucificado: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; igual que yo os he amado”. Lo que Juan resume en un mandamiento nuevo, Mateo lo ilustra con situaciones sumamente concretas: “Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme”.

            Ciertamente, la lista no es exhaustiva, pero recubre puntos extremadamente significativos de la vida de los hombres y de las mujeres de todos los tiempos y lugares, y permiten entender la actitud fundamental que Jesús espera, no solamente de los creyentes, sino de toda la humanidad. Cumplir estos requisitos supone tener abierta la puerta para entrar en el Reino que Dios prepara para todos, mientras que dejarlos de lado, pasar indiferentes ante la necesidad de los hermanos, supone verse excluido de todo lo que entraña el anuncio y la promesa del Reino.

            Lo que más impresiona es constatar que estos requisitos que Jesús espera de los humanos no son simplemente una lista de buenas obras que deberían ser llevadas a cabo, sino que reclama estos gestos como algo que se ha hecho a él mismo: “Tuve hambre, tuve sed”. Por esto es muy comprensible el estupor tanto de los que los cumplieron como los que no lo hicieron: “¿Cuando te vimos necesitado y te asistimos o no te asistimos?”. Y la respuesta de Jesús es para hacer temblar al más seguro: “Os aseguro que cada vez que lo hicisteis o no lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis”. ¿Quien de nosotros, alguna que otra vez, hemos tenido en poca consideración a los hermanos que nos rodean, que se cruzan en nuestra vida, no solo a nuestros familiares, amigos, conocidos, compaisanos, si no a todos, y empezando por los más humildes, es decir los que menos títulos tienen para merecer nuestra atención y nuestro afecto?

            Fijémonos que el Señor, al juzgar a los pueblos, no pregunta cuantas veces que hemos escuchado su palabra, cuantas veces hemos frecuentado los lugares de culto para celebrar la liturgia, cuantas veces hemos profesado sin miedo nuestra fe, incluso ante peligro de muerte. Lo que pregunta, lo que le interesa es cómo nos hemos portado con nuestros hermanos, sobre todo con los más humildes, los más necesitados. O si damos la vuelta a las palabras del Señor, cuantas veces hemos sabido ver y servirle en la persona de los demás. Reto impresionante es el que el Señor propone.

 Ciertamente, el tema se prestaría para ridiculizar, a la luz de esta exigencia de Jesús, el mundo entero, la Iglesia, todo y todos. Comprendamos que, en el evangelio de hoy, Jesús invita a entrar en el camino de una mística sencilla, al alcande todos, pero no por eso menos sublime y profunda. Entremos en el santuario de nuestro corazón y propongámonos con sencillez y generosidad, trabajar para saber ver y servir a Jesús en todos y cada uno de los hermanos y hermanas que aparezcan junto a nosotros en nuestro caminar hacia Dios. “Lo hicisteis con uno de éstos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis”.

P. Jorge Gibert, OCSO



Domingo XXXIII del Tiempo Ordinario. Ciclo A

“Una mujer hacendosa, ¿quién la hallará? Vale mucho más que las perlas… Cantadle por el éxito de su trabajo, que sus obras la alaben en la plaza” (Pro 31,10.31). He ahí el principio y la conclusión de ese espléndido himno que encontramos en el libro de los Proverbios.

Algunos estudiosos sugieren que puede ser un himno a la sabiduría personificada. Gracias a ella, se mantiene en pie la familia y vive en armonía toda la sociedad. Pero la imagen empleada contiene un elogio a la mujer hacendosa. Sostiene su hogar con su trabajo, atiende a su familia y, además, se muestra compasiva con los pobres y los necesitados.

La imagen ideal de la familia reaparece en el salmo responsorial. Precisamente este salmo 128 (127) ha sido glosado por el papa Francisco en su exhortación Amoris laetitia.

En este penúltimo domingo del año litúrgico es muy oportuna la lectura en la que Pablo pide a los Tesalonicenses que vivan en la luz y estén siempre preparados para el “Día del Señor”, que llegará como un ladrón en la noche (1Tes 5,1-6).

 

EL ENCARGO Y EL JUICIO

 Como sabemos, en el capítulo 25 del evangelio de Mateo encontramos tres parábolas sobre la esperanza. Tras la parábola de las diez doncellas invitadas a la boda, se incluye la de los talentos que, antes de irse de viaje, un hombre entrega a sus siervos, con el encargo de que negocien con ellos (Mt 25,14-30).

• El primero recibe cinco talentos, negocia con ellos y gana otros cinco. Al regresar, su amo lo alaba, calificándolo como “siervo bueno y fiel”, y le promueve en su cargo.

• El segundo recibe dos talentos, con los que logra hacer negocio y ganar otros dos. También él es alabado por su amo, que le confía una importante responsabilidad.

• El tercero recibe un talento. Precisamente él, que presume de conocer bien a su amo, no secunda sus proyectos. Así que esconde bajo tierra el talento para devolverlo a su amo, que, en el juicio, lo condena por inútil, negligente y holgazán.

 

ESPERANZA RESPONSABLE

 Hemos meditado muchas veces esta parábola de los talentos. Y tantas otras veces hemos reflexionado sobre las lecciones que encierra para nosotros.

• En primer lugar nos complace ver que el amo confía en sus propios criados. Y agradecemos a Dios que también a nosotros nos haya confiado tantos tesoros de la naturaleza y de la gracia.

• Además, vemos que la espera de la venida del Señor no puede justificar nuestra pereza. Si creer es crear, esperar es operar. La esperanza no puede alejarnos de la tarea de trabajar por el progreso humano y por la extensión del Reino de Dios.

• Finalmente, descubrimos que el premio concedido a los que viven una esperanza activa y comprometida no consiste en algún bien material. El mayor premio es “entrar en el gozo de nuestro Señor” y el mayor castigo es ser alejados de él.

  Señor Jesús, sabemos y creemos que hemos de vivir esperando tu manifestación. Agradecemos los dones que nos has confiado. Y te pedimos que tu gracia nos ayude a vivir una esperanza gozosa y responsable. Amén.

P. José-Román Flecha Andrés

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Domingo XXXII del Tiempo Ordinario. Ciclo A

“No queremos que ignoréis la suerte de los difuntos para que no os aflijáis como los hombres sin esperanza. Pues si creemos que Jesús ha muerto y resucitado, del mismo modo a los que han muerto en Jesús, Dios los llevará con él”. Hoy, el apóstol San Pablo invita a renovar nuestra fe en el misterio pascual de Jesús, en su resurrección, que comporta como consecuencia la resurrección de todos los que creen en él. Los cristianos hemos de vivir con esta confianza, que permite superar cualquier temor o miedo, mientras esperamos que llegue nuestra participación plena en el misterio pascual, manteniendo nuestra relación con el Señor de tal manera que sea posible recibirle con alegría, cuando llegue el momento de nuestro encuentro con Él.

            Esta espera vigilante del Señor es el tema del evangelio que leemos en este domingo. Una vez más, Jesús se sirve de la imagen de las bodas para hablar acerca del Reino de los cielos. La parábola de las diez doncellas que esperan al esposo está inspirada en la celebración del matrimonio según las costumbres judías del tiempo de Jesús. Sin embargo Jesús no desarrolla en todos sus detalles el tema, sino que utiliza solamente aquellos elementos del mismo que sirven para proponer una actitud precisa en los creyentes que esperan participar un día en la fiesta nupcial de la vida eterna. Así, algunos aspectos - como la misma figura de la esposa, que no es otra que el pueblo elegido, la Iglesia - no aparecen en absoluto, otros son simplemente aludidos, mientras que otros reciben un desarrollo apropiado.

            El centro de la atención está ocupado por el esposo y, junto a él aparecen las doncellas que debían acompañar a la esposa. La espera gozosa del esposo y también su retraso, entran en las costumbres de la época. Jesús insiste en que la espera se prolonga excesivamente, adquiriendo de esta manera un carácter alegórico que culmina con la llegada que tiene lugar a media noche, alusión cargada de sentido. En efecto, la llegada del esposo señala el comienzo de la celebración nupcial, pero al mismo tiempo indica el término del tiempo adecuado para prepararse a la misma. Para aquellos que no se han dispuesto de modo conveniente se recuerda la imposibilidad de participar a la fiesta: “Os lo aseguro: no os conozco”. El que no ha sabido aprovechar el tiempo largo de espera no es digno de participar a la boda.

   Cinco de las doncellas eran sensatas, es decir, no sólo juiciosas y prudentes, sino llenas de aquella sabiduría que les permite comprender en el modo adecuado el misterio divino, las exigencias del Reino. Por esta razón se preparan, toman aceite junto con las lámparas, y así en el momento de la llegada, podrán acoger al esposo. Las otras cinco doncellas, necias, despreocupadas, superficiales, se pierden por falta de un cálculo adecuado acerca de la llegada del esposo, y si bien con prisas en el último momento tratan de hacer lo que era necesario, lo hacen fuera del tiempo y quedan excluidas de la fiesta nupcial. No se critica el hecho del sueño y del dormirse. La espera es en verdad larga y entra dentro de lo posible dormirse. Pero a pesar de todo, hay que preveer esta posibilidad y estar preparados: hay que prevenir las exigencias de lo que nos aguarda. La advertencia está dirigida a todos los miembros de la comunidad: la espera, aunque sea larga, ha de ser vigilante.

            La sabiduría demostrada por las doncellas sensatas es el tema expuesto en la primera lectura. El autor del libro de la Sabiduría expone como ésta se deja encontrar por los que la buscan, más aún, ella misma va en busca de los que son dignos de poseerla. Esperar no es una actitud pasiva, sino un esfuerzo para vivir en la sabiduría que Dios nos ha comunicado, de manera que no nos encuentre distraidos.

            No sabemos ni el día ni la hora, nos dice el Señor. Con estas palabras no quiere infundir miedo o inquietar los espíritus. En su amor quiere invitarnos a no perder nuestro tiempo, a dejarnos llevar por la sabiduría y a velar, para que cuando llegue el momento podamos salir al encuentro del Señor. Tengamos preparadas nuestras lámparas, tengamos aceite de repuesto y velemos para que el Señor, cuando venga, nos deje participar en el banquete de bodas.

P. Jorge Gibert, O.C.S.O.

Abadía de Viaceli

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